domingo, 26 de marzo de 2017

Cap 4_ El apareamiento del dragón










Capítulo 4: El justo castigo.

Moreth abrió los ojos lentamente encontrándose en su forma animal sobre el arenero. Asustado del cambio de locación trató de incorporarse, un fuerte dolor en su costado lo hizo quedarse quieto nuevamente.
— ¿Duele? — la pregunta del Señor Dragón hizo gemir al más joven. Ahora si estaba listo para morir.
—Solo un poco— respondió Moreth pasados unos segundos. Hacerse el muerto era infantil e inútil.
Baardok resopló dejando escapar una pequeña columna de fuego— Más te vale que te duela—, advirtió— porque lo que has hecho ha traído vergüenza a nuestra especie.
—Jamás pensé que esos campesinos inútiles se atrevieran a tenderme una trampa—, gruñó furioso Moreth— juró que me cobraré esta afrenta.
El rugido del Señor Dragón resonó en cada grieta de la montaña, los ojos rojos formaron dos ranuras delgadas.
—Lo que me propuso el humano lo creí sin proporciones—, habló a través  de sus dientes desnudos—pero veo que él ha visto lo que yo me negaba a aceptar. Te he cuidado desde que eras tan pequeño que te perdías en el arenero. Gasté mi tiempo tratando de mostrarte la verdadera sabiduría. Hoy solo  demuestras por que nuestra raza está perdida sin remedio.
A pesar del dolor en su costado, Moreth se puso sobre sus cuatro patas. Mirando incrédulo a su mentor espero alguna explicación, alguna cosa que le diera alguna pista de por que su mentor no estaba exigiendo venganza contra los humanos del poblado.
De la furia el Señor Dragón había pasado a la más profunda tristeza. Fue como si toda la energía vital del dragón hubiera sido extraída de cada fibra de su ser.
Moreth no pudo resistir más el tenso silencio.
—Me atraparon— se defendió todavía sin entender— Caí como un crédulo en una emboscada de humanos. Juró que no volverá a ocurrir. Les enseñaré a esos rastreros porque no es buena idea enfadarnos.
Con la cabeza gacha el enorme dragón negro se dirigió hasta la salida de la cueva donde dormía quien hasta ahora había sido su tesoro plateado.
—Cuidaré de ti hasta que te repongas—, habló sin dirigirle una segunda mirada a Moreth—luego te entregaré a la justicia de los humanos. La locura es un mal común entre los dragones, tenía la esperanza de que esta pasara lejos de nuestra guarida.
El impacto de las palabras de su señor dolió más que el golpe contra los árboles del bosque. Sabía que había sido parte de un nido antes de llegar con Baardok, podía recordar a sus progenitores, pero estos ya no eran más que una evocación lejana. El dragón negro era lo único que le quedaba y ahora este lo entregaba a sus enemigos.
La traición dolió como un hierro al rojo vivo empujado contra su corazón. Si antes sentía antipatía por los humanos, ahora les odiaba como jamás lo haría para con otro ser. Esas criaturas inferiores le habían quitado lo único que le quedaba. No tenía pasado, le quitaron su presente, en cuanto al futuro ese ni siquiera era una promesa para la raza de los dragones. Malditos fueran todos esos hijos de mujer.
Gracias a los recuerdos que guardaba de sus padres, Moreth sabía que era un dragón real, nobles entre los demás de su especie. Por eso levanto el rostro y se negó a dejarse morir. Podía ser que su corazón doliera, pero eso jamás nadie lo sabría.
A la mañana siguiente Moreth aceptó los alimentos traídos por su señor, comió sin mediar palabra. Por su parte Baardok tampoco hizo ningún intento de conversación, apenas dejó los trozos de carne  se marchó por donde había llegado.
Moreth le vio alejarse con fingida indiferencia, aunque no por eso dejó de notar la manera en que el dragón se movía sin la acostumbrada agilidad. Algo se había roto y el más joven no podía entender que estaba pasando.
Los días se sucedieron uno tras otro, el silencio se convirtió en costumbre. Al cabo de una semana el dragón blanco ya podía pasar de una forma a otra sin que las heridas dolieran demasiado. Batiendo las alas estuvo seguro de  que podría volar si era necesario.
El sonido de los pasos de Baardok alertó al animal plateado.
—Ya puedo levantar vuelo—, habló rompiendo el obligado mutismo— ya no hay razón para permanecer más tiempo aquí.
—Es bueno escuchar eso—, respondió el aludido mientras dejaba el desayuno frente al dragón real— las heridas en las alas siempre son de cuidado.
Si Moreth había tenido alguna esperanza de cambiar el rumbo de las cosas con su Señor Dragón, supo de inmediato que su destino estaba trazado. Baardok había tomado su decisión y no habría suplicas que lograran algún cambio.
En silencio esperó hasta escuchar como el mayor salía de las cuevas privadas dirigiéndose a la salida que daba al cielo despejado. Apenas estuvo seguro de estar complemente solo en la montaña, lloró como no lo hacía desde que era una cría de escamas suabes. Gruesas lágrimas rodaron por los costados de su hocico alargado, los ojos grises destilaron su amargura. Este sería el fin de la inocencia protegida que había sido su existencia hasta ahora.
Dos días más transcurrieron. Moreth extendió sus alas ejercitándolas, lo último que necesitaba era parecer débil frente a los humanos. Si iba a morir a manos de sus enemigos lo haría con dignidad. Estaba seguro que se llevaría a la otra vida a suficientes humanos como para que supieran lo que era halarle la cola a un dragón.
Baardok había llegado durante la mañana para notificarle que al día siguiente partirían hacia la aldea, que todo había sido acordado.
Aunque Moreth se moría de ganas por preguntar, se abstuvo. Con la cabeza en alto, con sus alas a los costados, escuchó con estoicismo sin rechistar.
El dragón más viejo le había mirado, como si esperara algo que nunca llegó. Girando se dirigió a la salida, el arrastre de sus patas susurraba contra el suelo de roca.
Apenas el sol nuevamente tocó la entrada de la cueva, la que daba a la saliente de aterrizaje, Moreth estaba allí esperando a Baardok. Estaba decidido, no le daría el gusto a nadie de saber cómo el miedo había echado raíces en su pecho.
Los pasos del dragón negro eran lentos, su peso se balanceaba de una pisada a la otra.
—Partamos ya—, avisó mientras abría las alas y se lanzaba al vació— nos esperan.
Moreth trató, pero al final fue en vano. Dándole una última mirada al conjunto de cuevas que llamó su hogar durante tanto tiempo, se despidió de todo aquello que una vez creyó seguro. Con las alas abiertas se entregó al poder del viento, era un condenado disfrutando de su último placer.
     El cielo mostraba su tono azul claro, pomposas nubes navegan perezosas arrastradas por un viento cálido. Las ágiles alas de Moreth todavía se sentían resentidas por el golpe de la anterior caída, pero aun así funcionaban bastante bien.
     Baardok mantuvo el curso hacía la aldea, o eso creyó Moreth que hacía su mentor. Esa mañana sería entregado a las criaturas rastreras. ¿Quién podría imaginarse los horrores a los que sería sometido? Si las cosas iban demasiado lejos estaba decidido a escapar, de todos modos el mundo era inmenso, podría ir a cualquier parte alejandose de su Señor Dragón.
     Con esa idea en mente siguió a Baardok hasta un campo abierto que había a menos de un kilómetro de la aldea. El lugar estaba bordeado por un espeso bosque oscuro. A la mayoría de humanos no les gustaba estar por allí.
     Aterrizando sobre sus cuatro patas Moreth imitó a su mentor. Juntos en medio del pequeño claro era un contraste digno de ser observado. El cuerpo grande del dragón negro, los siniestros ojos rojos; a su lado, el dragón mucho más pequeño de escamas plateadas y blancas  que veían el mundo a través de unos fríos ojos grises.
     Un movimiento entre los árboles atrajo la atención de los recién llegados. La figura de un humano conocido hizo que el mayor saludara con un gesto de cabeza mientras Moreth gruñó mostrando los dientes.
     — ¡Tú! — rugió más que hablar— Estas muerto… Pagarás la humillación.
     Antes de que Gael fuera consciente del peligro que corría al caminar tranquilamente por entre la hierba baja del pequeño prado, la enorme bestia abrió las alas, desnudó los dientes y preparó las garras, estaba listo para desmembrar a su oponente.
     Gael era el segundo hijo en una numerosa  familia, así que no solo el entrenamiento recibido en la casa de su padre por medios oficiales le había servido, si no que las constantes jugarretas de sus hermanos eran suficientes para mantener a un hombre consiente de lo que le rodeaba.
     Al sentir el cambio en el ambiente Gael levantó la vista para ver lo que se le venía encima. Aunque cargaba la filosa espada que había sido regalada por su padre Beirhar y hechizada por su madre Naryma, no la sacó de su funda para usarla contra la bella criatura blanca.
     En cambio el guerrero prefirió un rápido movimiento saltando varios metros encima del suelo cayendo sobre la cabeza y luego el dorso de la furiosa bestia que se había abalanzado a atacarlo. Cuando el animal se dio cuenta de la treta ya Gael se encontraba a salvo del otro lado.
     Moreth no se daría por vencido, usando su cola como arma la azoto contra el lugar donde estaba el arrogante humano que sonreía mostrando sus dientes. El estúpido se veía simplemente demasiado feliz para el gusto del dragón.
     Gael reacciono al ataque tirándose al suelo y rodando hasta quedar a dos metros del citio donde el dragón había lastimado la tierra. El golpe de haber acertado le habría arrancado la cabeza sin lugar a dudas. La lagartija alvina estaba muy, pero muy enfadada.
     —Quédate quieto— perdió la paciencia el dragón— Acepta como un hombre tu destino.
     —Y tú acepta como la dignidad de un dragón tu derrota— gritó en respuesta Gael. Realmente le estaba gustando ver las chispas que se encendía en los fríos ojos grises de la bestia. Después de todo en su casa familiar nadie nunca lo había acusado de ser un hombre prudente.
     —Voy a ensuciar mis garras con tú sangre— las palabras que salían del hocico de Moreth apenas si eran entendibles.
     Gael había notado que el dragón era rápido, aunque jamás se esperó que este extendiera sus alas para aplastarlo entre ellas desde ambas direcciones. El espacio para esquivar el ataque requería habilidades imposibles. Por puro instinto el hombre desenvainó la espada y la sostuvo en alto, no era su intención en un principio, pero si era necesario le mataría.
     Baardok era un dragón viejo y paciente, después de un rató de ver al par de jovenzuelos jugar al “corre que te atrapo”  creyó que ese era el momento ideal para parar la reyerta. Usando su pesó atacó por la espalda al más pequeño tirando al dragón blanco contra la hierba del prado.
     — ¡Alto!— fue la orden tajante del dragón negro— ¡Los juegos se acaban ahora!
     Gael bajó la espada al ver como Baardok sostenía con sus garras el cuerpo de Moreth manteniendolo con el pecho sobre la hierba, el  morro casi estaba enterrado en la tierra. Un gruñido bajo salía del humillado animal.
     —Déjame matarlo— suplicó a su mentor— Déjame emendar mi error. Jamás debí perdonarle la vida cuando se atrevió a tirar la red en mi contra.
     Baardok dejó salir su propio rugido que estremeció todas las terminaciones nerviosas de Gael. Por el escalofrío en el cuerpo más pequeño del dragón blanco se notaba que el humano no fue el único afectado.
     —Este será tu justo castigo—, sentenció el Señor Dragón— de ahora en adelante estarás bajo el mandato de Gael, hijo de Beirhar y de la hechiera Narima.
     Las palabras congelaron la sangre de Moreth, su corazón se saltó varios latidos. Lo que escuchaba no podía ser verdad. La rebeldía comenzó como una chispa en su pecho y ahora se convertía en una llamarada que le quemaba el alma.
     —Déjame solo con este humano y le mataré a la menor oportunidad. Jamás serviré a este hijo de hombre.
     Baardok como respuesta ignoró a su protegido, hablándole a Gael le explicó.
     —Este collar que colóco alrededor del cuello de Moreth tiene su contraparte en un brazalete que te entregaré— las palabras se vieron interrumpidas por una especie de neblina espesa que se desvaneció con la misma rapidez que llegó, dejando en lugar de los dos dragones a dos hombres en la misma posición que anteriormente tuvieran los animales.
     — ¿Qué hechicería es esta? — Levantó nuevamente la espada Gael— ¿A qué demonios están jugando?
     Baardok tenía muchos años de evitar tomar la forma humana. Así que el cambio le resultó bastante molesto, aunque en ningún momento descuido su postura sobre Moreth.
     Como humano el dragón negro tenía la apariencia de un hombre que llegaba a los cincuenta años, delgado y de canas entretejidas en un espeso cabello negro. Lo único que delataba su naturaleza dragonica era el color rojo zafiro de sus ojos. Con la transformación también Baardok invocó unas sencillas túnicas de algodón para ambos. La tela negra para el mayor y la blanca para su protegido.
     Moreth por su parte sintió como su cuerpo se empequeñecía hasta adquirir las formas y contornos de un joven en sus veinte años. Su cabello color plata le hizo cosquillas sobre sus hombros, sus brazos se vieron atrapados por las manos grandes del hombre que ahora era Baardok. Tan sorprendido estaba que no hizo ni el más mínimo intento para liberarse de tan incómoda posición contra la tierra del prado.
     —Dijiste que los humanos jamás deberían saber de nuestra capacidad de cambiar— acusó el joven— Dijiste que era una ley sagrada.
     —Ya no hay razón para acatarla—, la voz de Baardok todavía conservaba mucho del tono grave de su forma animal— no habrá más de nosotros para proteger con tal secreto. Estarás en las manos de Gael y él de un modo u otro terminaría por saberlo. Lo mejor esdejar las cosas claras de una vez.
     Gael recuperó el habla después de la impresión inicial, sin soltar la espada en dirección a los dos extraños seres que tenía frente suyo, interrumpió el diálogo entre los dragones— ¿Alguna otra cosa que me falte por saber?
     Sonriendo con algo de condescendencia el mayor de los presentes le respondió.—Esta apariencia no cambia nuestra naturaleza. Moreth sigue siendo un peligro para sí mismo y para todos. Temó que los dioses siempre tuvieron razón al condenarnos sin remedio.
     Con una fuerza no proporcional a su físico, Baardok levanto a Moreth del suelo dejándolo sobre sus piernas. El joven dragón quizo zafarse de su agarre, pero le fue imposible. Aunque lo intentó, sus músculos no respondieran a sus deseos.
     —Este brazalete te dará autoridad sobre Moreth a través del collar que luce en su cuello— el dragón negro le ofreció a Gael el objeto.
     A simple vista era  una amarra de cuero de unos cuatro centímetros de ancho con extraños gravados que jamás había visto antes. Nada que delatara su extraordinario poder.
     Moreth en ese momento lo sintió, tenía algo atado al cuello. Una vez había leído de algo como eso en un libro que Baardok no le permitió terminar de explorar. Ese amuleto de sumisión había sido condenado entre lo innombrable hacía tantos siglos que nadie recordaba  si realmente había existido en realidad.
     —Esto es algo que va más allá de lo que pedí en retribución— Gael guardó la espada— No puedo aceptar algo como eso. Mi madre me castraría si se entera de que acepte formar parte de este error. Nadie puede ser esclavizado de esa manera. Es demasiado.
     Baardok tiró al aire el brazalete obligando a Gael a apañarlo antes de que le diera de lleno en la cara. No hubo terminado de sostener el objeto cuando este por arte de magia apareció alrededor de su muñeca.
     —Solo te libraras de ese brazalete si Moreth muere o si yo vengo a pedirlo de regreso— fueron las palabras del mayor. Soltado al dragón más joven lo arrojó a los brazos del humano— Esta será una prueba para ambos.
     Con esas palabras Baardok regresó a su forma original. La criatura alzó vuelo emprendiendo el rumbo contrario a la montaña donde durante tanto tiempo vivió con su protegido.
     Gael se encontró asi mismo con los brazos llenos de un rubio de cuerpo esbelto que parecía estar tan sorprendido como él mismo. 


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No tienen idea de lo mucho que me han ayudado sus comentarios…
Cada uno me llega del blog directo al celular, los he leído uno por uno.
Infinitas gracias por las correcciones y los ánimos que me dan
con sus comentarios.

Estoy ansiosa de saber que opinan
de este capítulo.


Recuerden que si tienen alguna idea que deba tomar en cuenta

o algo que se deba arreglar, no duden en decírmelo. Yo
no tengo complejos raros que hagan que me molesten las
correcciones.
 

Con cariño:
Milagro Gabriel Evans