domingo, 17 de julio de 2016

"Entre tonos anaranjados y rosas" (Nina Küdell)

Qué tal amigas (os)
Les quiero compartir un relato que escribí hace un tiempo atrás para un concurso, en donde se me asignaron imágenes, y de acuerdo con ellas debía hacer una historia.
Espero sea de su agrado.


"Entre tonos anaranjados y rosas"




―Si pudiera regalarte el océano completo, ¡sería mil y más veces tuyo!

―Tu amor es suficiente, Lucas. ―Le abracé besando su tierna mejilla―. Tú, nuestra playa y, ¡pasteles de fresa con mucha crema!

―¿Cómo decir lo contrario, bella dama? ―Ahora él me abrazaba para dejarme tendida sobre la arena―. Te amo, Pas. Hoy y siempre.

―También yo, mi amor. ―Puse mis manos sobre su rostro―. ¡Me faltan palabras y un libro de poesía completo para decir cuánto te amo!

Nuestros labios se fundieron con dulzura y entrega.


Sus besos sabían a caramelo y a canela. Al principio eran tímidos, casi tanteando el camino, para luego profundizarlo con suaves mordiscos los que me producían cosquillas.
Mi risa era inaguantable, cortando muchas veces toda la pasión del momento. Recordaba todo aquello, ¡y sus ojos! Su complicidad en ellos, esos que ahorraban las palabras galantes o promesas que quizás, difícilmente pudieran llegar a cumplirse.


Me dejé caer sobre la arena aún caliente. Comencé a dibujar ondas sobre ellas. Sin pensar, escribía su nombre.

―Lucas, mi amor...

De pronto, la brisa marina empezaba a jugar con mis cabellos envolviéndome el rostro como una caricia. Era casi sentir las manos de mi amor sobre mis ojos cada vez que nos juntábamos para esperar la puesta de sol. Mis recuerdos afloraban con fuerza.

―Adoro los colores que el cielo pinta en cada puesta de sol, ¡son tan hermosos! ¿Verdad?

―No tanto como tú, Pas. ―Lucas me besaba la frente―. Tu cabello castaño hace contraste con los tonos naranjas y rosas del firmamento.

―¡Te hablo en serio! ―dije con seriedad―. Tantos colores juntos, ¿te das cuenta que es difícil describirlos? ¡Todos son únicos en su propia magnificencia!

―Así eres tú, mi Pas. ―Acarició mi cuello con suavidad―. Eres un tono más que adorna esta bella creación.

Los ojos de Lucas lucían cabizbajos. Parecían ausentes y sin mayor brillo, tratando de ocultar su letargo.

―Amor, ¿estás cansado? ―pregunté con cautela―. Esperamos el alba sin pensar en tu descanso. Ya sabes que...

―¿Sabes lo maravilloso que pierden las personas durmiendo? ―interrumpió.

Me cogió de la mano para luego estirarnos como dos gatos somnolientos mirando el cielo.

―Es verdad ―afirmé girando mi cabeza para contemplarle―. Ni los mejores efectos especiales podrían lograr un panorama como este.

―Prométeme que siempre en tus memorias aparecerá el amanecer. ―Lucas pasó su dedo índice sobre mi pecho.

Le detuve en seco.

―¿A qué te refieres, Luc? ―consulté lastimera―. Yo...no entiendo.

―Que me recuerdes así, junto a ti, entre los colores y el aroma salado del mar.

―No quiero hablar de eso...

―¿Por qué no, Pas? ―Sus ojos azulados ahora tomaban brillo―. ¡Es la mejor manera de permanecer en tu corazón!

Me levanté molesta, mirándole con amargura.

―Eso, ¡eso me hace daño! ―vociferé, lanzándole un puñado de arena sobre su pecho―. ¡No puedes dejarme!

―¡No lo haré! ―Se levantó tomándome de la cintura haciendo que quedáramos de frente―. Las personas mueren, pero el verdadero amor, ¡jamás!

Comencé a llorar.

―Te amo, Lucas, yo, ¡no quiero que te vayas! ―Mi llanto salió a borbotones―. ¿Qué hay de nosotros?

Sus manos subieron hacia mi cabeza, comenzado a entrelazar sus dedos en mis cabellos.

―Adoro la suavidad de tus rizos, Pas. ―Ahora sentía su respiración y sus labios en mi cabeza―. Podría estar eternamente de esta manera.

―Y yo... ―confirmé con un hilo de voz―. No me sueltes nunca...

Lucas descendió hasta llegar a mi boca, dibujando con su dedo sobre el contorno de ésta, lo que me hizo temblar.

―Nunca, mi amor. Jamás te soltaré...

La entrada del sol, más el desfile de colores que simulaban una epopeya de pinturas, fueron testigos de nuestra más pura entrega. Éramos dos almas con el tiempo a medias, sin saber lo que pasaría la mañana siguiente. La desesperación y la pasión por poseernos era evidente, y no solo en el vibrar de nuestros cuerpos, sino, en la necesidad de sellar nuestro amor.

Le amé como nunca, y el tiempo se detuvo. Nos fundimos en un solo ser bajo juramentos de un amor eterno, un amor sin muerte.

―No quiero despertar, Luc ―exclamé acariciando su mentón―. No me dejes...

Sentí su fuerza en su abrazo.

―Nunca, ¡mi vida! ―Me besó largo y tendido―. Siempre recuerda que mis brazos tienen la medida exacta de tu cuerpo.

Le besé con imprudencia y sin decoro. Necesitaba unirme a su sabor, a su tacto y a su piel, que sabía, a la larga, me sería arrancada.

―Tranquila, mi corazón. ―Pasaba su rostro sobre mis mejillas aún calientes―. ¿Sientes el canto de los pájaros?

―¡Sí! ―chirrié con alegría―. El sol ya empieza a entibiar...

Lucas me sonrió pícaro levantándose de sopetón, sacándose lo que quedaba de sus ropas dejando solo sus shorts.

―¡Vamos, preciosa! ―Indicó hacia el mar que de a poco cobraba fuerza―. ¡No hay nada más delicioso que un baño purificador!

―¡¿Estás bromeando?!

―¡Claro que no, Pascale! ¡Anda!

―¡Te puede hacer daño, Luc!

―¡Daño me haría no poder disfrutar de los placeres que me da la vida!

―Luc...

No podía negarle algo tan simple, como agradable, a quien yo amaba con locura. Su mirada, aún de niño, me calaba en lo más profundo de mi ser, lo que siempre, a fin de cuentas, me unía a sus deseos.

―¡Bueno, está bien! ―contesté riendo―. Pero me prometes que al llegar a casa te darás una ducha caliente y beberás tu leche, ¿de acuerdo?

Me tendió la mano con un aire campechano.

―¡Es un trato!

Me desnudé rápido y tomé su mano con seguridad. Ambos corrimos entre risas y gritos hacia el mar.

―¡Luc! ―grité al sentir que me tomaba en sus brazos―. ¡Nos podemos caer!

―¡Jamás! ―Se detuvo mirándome con determinación―. Nunca lo haría.

Me sostuve con fuerza alrededor de su cuello, propinándole un beso muy casto.

―¡Oh! ―berreó entre carcajadas―. ¡Está fría!

Me aferré a su cuerpo besando su barbilla.

Me solté y comencé a nadar a su alrededor, lo que le instó hacer lo mismo. Empezamos con el juego del gato y del ratón, persiguiéndonos, sumergiéndonos en las gélidas y cristalinas aguas, que gracias a nuestro revoloteo cada vez se hacía más cálida. Lucas empezó a nadar contra la corriente para luego desaparecer.

―¿Lucas? ¿Mi amor? ¡¿Dónde estás?!

Entré en desesperación. Nadando hacia la nada, sin rastros de él.

―Me pareció ver a una linda sirena. ―Luc apareció jalando de mis pies.

―¡¿Cómo te atreves?! ―bramé chapoteando―. ¡Casi muero de susto!

Él solo reía, entretanto se acercaba para besarme.

―No te asustes, estamos jugando.

Ahora yo me separaba de él, invitándole a que me siguiera en mi nado.

―Quiero ir más profundo, ¿te atreves? ―Le tomé de la mano.

―Contigo, a todas partes, cariño.

Descendimos en las profundidades como si fuéramos otros peces dentro de ese gran mundo submarino.

Me sentí libre, sin la verdad latente que nos separaría en un tiempo que podría ser tan cercano como lejano. Mi cuerpo solo se moldeaba en ese pequeño acuario que solo Lucas y yo podíamos disfrutar. El turquesa de las aguas más los tonos del cielo que aún permanecían bajo el manto anaranjado y rosáceo, lograba que se formarán burbujas gracias a nuestra respiración. Estas parecían púrpuras, obsequiándonos un bello arcoiris subacuático.

Perdí la noción del tiempo entre nuestros besos y caricias, además de abrazarnos mientras nuestras piernas se enroscaban como un solo espiral al vaivén de nuestra danza. Lucas me estrechaba con desenfreno, casi como si tuviera temor que algo o alguien me despojara de sus brazos.

Me sostuve con vigor, pero sus brazos ya no me sujetaban como hacía un instante. Empezamos a bajar con rapidez, dándome cuenta que Lucas permanecía con sus ojos cerrados y con su cuerpo lánguido.

Atiné a sujetarle con vehemencia, nadando hacia la superficie con velocidad.

―¡¿Lucas?! ¡Amor! ¡Vamos, despierta!

Estaba recostada sobre el agua, tratando de sostener su cuerpo sobre el mío. Sentía que perdía las fuerzas.

Entre movimientos y pequeños golpes en sus pómulos, de a poco, volvió en sí.

―¿Pascale? ―susurró apenas―. ¿Qué...ocurre?

―¡Te desmayaste! ―vociferé con desesperación―. ¡¿Estás bien, Luc?!

Abrió sus preciosos ojos, sonriéndome.

―Lo estoy... ―ratificó dando un largo suspiro―. Pensé que había muerto y una bella angelita me había recibido.

―¡¡¡Lucas!!! ―Me aparté de él con disgusto―. ¡No juegues con eso! ¡¿Acaso no te das cuenta que pudimos morir?!

―Lo siento, cariño ―se disculpó agachando la mirada―. Tranquila, nademos hacia la orilla.

Nadamos sin decir palabra alguna. Lucas sufría de un mal congénito al miocardio. Era algo que había estado en su familia desde siempre. Algunos habían muerto como otros habían logrado esquivar el fatídico final que no respetaba ni edades ni cuidados por más se tuviera.

Mi amado Luc era el único de sus hermanos que había heredado la enfermedad, por lo cual sus cuidados estaban a la orden del día por parte de sus padres y entorno. Pero él había logrado hacer una vida común y corriente como cualquier chiquillo de dieciocho años. Su amor a la vida y de no temerle a la muerte era algo que admiraba en él, pues decía que la muerte era parte de la vida, que iban unidas como dos hermanas, sin importar nuestras afecciones. La muerte se presentaba a quien esta estuviera dispuesta a visitar, independiente de enfermedades, como la vida que se hacía presente cuando un nuevo ser debía nacer. Era algo fácil de entender, trataba de explicar. Simplemente había que agradecer por cada respiración, por cada amanecer y anochecer, y lamentaba que el común del ser humano no percibiera el regalo de la vida, despilfarrándola en cualquier banalidad y cero cuidados.

―Ya estamos, preciosa. ―Salió ágil del agua para luego ayudarme―. Todo está bien, ¿ves?

Lo rechacé con furia.

―Vete a casa, Lucas. ―Empecé a recoger mis pertenencias sin dirigirle la mirada―. Tus padres deben estar preocupados.

―No te enfades, te lo pido. ―Me atajó depositando sus manos en mi cintura―. Lo lamento, no quise asustarte.

―Por favor, Luc. ―Le abracé besando su pecho―. Debes cuidarte, por ti, por tu familia, ¡y por mí!

―¿Sabes? ―consultó con confianza―. Presiento que todo irá bien.

―¿En serio? ―comenté con duda―. Amor, ¡te desmayaste!

―Solo me relajé. ―Se dio de golpes en su pecho―. Nada qué temer.

Intuí que me ocultaba algo o que solo no quería asustarme.

―Muy bien, te creo. ―Le besé la punta de la nariz.

―¿Qué hora es? ―preguntó preocupado.

―Son casi las nueve.

―¡Cielos! ―gritó mientras se vestía raudo―. Hoy llega la abuela, ya sabes...

―¡Auch! ―Le hice cosquillas en su vientre―. ¡Paciencia!

―No seas mala. ―Rio―. Sabes que ella te quiere.

―¡Oh, sí! ¡Mucho!

―Pascale... ―Ahora su rostro cambió a uno abstraído.

―¡¿Te sientes mal?! ¡¿Lucas?!

―No, cariño... ―Buscó en uno de sus bolsillos lo que parecía ser una llave―. Quiero que tengas esto.

―¿Una llave? ―inquirí dubitativa.

―Sí ―corroboró―. Cuando yo no esté...

Le interrumpí.

―¡No, no la quiero! ―Cerré mis ojos esquivándole―. La tendrás por mucho tiempo, ¡te lo aseguro!

Lucas me contempló con resignación.

―Entonces, ¿podrías guardarla por mí? ―Pidió esperanzado―. Ya sabes que soy algo olvidadizo.

―Está bien, Luc. ―La recibí observándola con detención―. Parece muy antigua, ¿para qué sirve?

―Pertenece a un baúl que tiene más años que los que tienen nuestros abuelos. ―Se rio, pasando su mano sobre su cabeza―. Es...una herencia.

―¿De verdad? ―La examiné con más prolijidad―. ¡Debe ser hermoso!

―¡Lo es! ―declaró con soltura―. A pesar de los años, ha estado muy bien cuidado. Su madera está intacta y sus colores no han cambiado. Es lo que dice la abuela.

―Y ese baúl, ¿esconde algún secreto? ―dije en tono meloso.

―Eso lo sabrás, ¡algún día!

―¡Lucas! ¡Vamos! ―voceé haciendo pucheros―. ¿De veras que no me vas a decir?

―Son recuerdos, mi Pas. ―Me abrazó, acariciando mi espalda―. Algún día te los mostraré.

―Eso, deseo que tú mismo me los muestres.

―¡La abuela! ¡Ya debo irme! ―Me besó con pasión, cobijándome nuevamente entre sus brazos―. Te amo, Pas, siempre, ¡siempre! ¡No lo olvides ni por un segundo!

―¡Ve con cuida...do! ―Lucas corrió tan veloz como si fuera un perro en busca de su amo―. ¡Nos vemos mañana!

Pensé que no me oiría, pero de pronto se dio la media vuelta, formando un corazón con sus dedos pulgares e índices.

―Y yo a ti...mi amor.

Caminé con relajo hacia mi hogar, reviviendo todo lo que había sucedido. Mi sonrisa se dibujaba sola en mi cara, ya pensando en verle, nuevamente en el alba.

Pero no fue así.

Recibí un mensaje en el cual me avisaba que quería verme cuanto antes.

Sabía que él pensaba sincerarse con sus padres, y decirles que nuestra relación era seria y que pretendíamos casarnos. No queríamos formalidades ni nada que pudiera entorpecer nuestro noviazgo. Solo nos dedicaríamos a terminar nuestros estudios para luego, agrandar nuestra familia.

El solo hecho de imaginar un hijo nacido de nuestro amor, hacía acariciar mi vientre, riendo como una tonta.

Me dispuse ir lo más pronto que pude, pues al recibir su mensaje traté de llamarle, pero su móvil parecía estar apagado.

―¿Qué rayos pasará? ―Apresuré mi paso, divisando la gran casona de la familia de Lucas que estaba entre los cerros―. Conociendo a Luc, ¡estoy segura que me tiene una sorpresa!

Avisté una gran cantidad de autos y personas que entraban y salían. Unas entre lágrimas y otras con rostros trémulos.

―No... ―Una estocada fulminante sentí atravesar mi corazón―. ¡¿Luc?! ¡¿Mi amor?!

Cientos de ojos se clavaron en mi persona, siendo uno de ellos los de su niñera de crianza, que había decidido quedarse a cuidarle hasta que llegase el momento.

―Señorita Pascale, lo siento mucho. ―La mujer comenzaba a gimotear―. El joven Lucas...

―¡No, Helena! ―grité con todas mis fuerzas―. ¡Hace menos de quince minutos que Luc me envió un mensaje para que viniese!

―Lo siento, Pascale. ―Manu se acercó con lentitud para abrazarme―. Lucas... ya se ha ido.

―¡No, aléjate! ―chillé empujándole―. ¡El solo duerme! ¡El solo está dormido!

Manu, su hermano mayor, insistió, obstaculizando mi paso hacia donde yacía Lucas. Solo pude divisar a su padre que lo sostenía como a un bebé, apretándole contra sí mismo. Desde la puerta de su cuarto, pude ver sus lágrimas que caían sin reparos. Luego, el grito ahogado de su madre, me hizo estremecer.

Salí corriendo sin mirar atrás. El viento se apoderó de mi rostro como una capa tratando de detener mi respiración que ya se hacía paulatina y dificultosa. Las lágrimas me nublaban los ojos, pero esto no era un impedimento para llegar hacia mi destino.

Mi boca se curvó en un sonrisa amarga al divisar nuestra playa. Esa que Lucas me regaló en nuestro primer año de noviazgo.

Pasaron tres meses en los cuales no paré de llorar. El dolor de ya no tenerle me carcomía, y la hiel no me dejaba tragar nada. Hasta llegar al punto de desmayarme. Los vómitos continuos de los siguientes días me hicieron ir a la farmacia y comprar un test de embarazo.

―Estoy...estoy... ¡estoy embarazada! ―Mis lágrimas rodaron por mis mejillas pero de alegría.

Salí corriendo hacia su casa. Un poco con temor pues al buscar sencillo para poder pagar el taxi, me encontré con la llave que Lucas me había entregado. Esa que me presentaría sus secretos. Llegué con cautela, recibiéndome Helena.

―Por fin decidió venir, señorita Pascale. ―Me indicaba el baúl que estaba sobre la mesa de centro.

―Gracias, Helena. ―Me acerqué con prudencia, sacando la llave y procediendo a abrir lo que contenía.Había un cuadro, pintado por él mismo de nosotros dos bajo la puesta de sol, y una carta que al abrirla decía: "Este cuadro simboliza mi amor por ti, y para que le enseñes a nuestro hijo el hermoso tono anaranjado y rosa que hace juego con tu hermoso cabello castaño".


FIN



5 comentarios:

  1. cómo lo sabía?? eso fue lo primero que me pregunté!!

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  2. Holaaaaaa ahhhh me encantoo Nina!!! muchas gracias por compartirloo!!!!! me gusta como escribes! besotes!!!

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  3. Nina muchas gracias por compartir este relato con nosotr@s me encanto.
    Saludos.

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  4. bien poetico tus relatos me encantan son algo diferente de lo usual gracias por compartilas

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  5. Fina. Hola que todos pasen un lindo fin de semana, besos

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