sábado, 13 de agosto de 2016

La noche traviesa del conde -Capitulo 1 (Anne Scarlett)

Capítulo 1

Marzo, 1817
A: Lord Adam Terrance, Conde de    Carringtong
Faerie Manor,
Northumeberland, Inglaterra.


Apreciado Lord:
Todos estamos bien, gracias al buen Dios. La bella Helena tuvo algo de fiebre porque le están saliendo los dientes; el pequeño Colin ha comenzado a asistir a la escuela y ya se ganó su primer cardenal por no cumplir con sus deberes escolares, Duncan está mejorando cada día en esgrima y si me descuido me sobrepasará más pronto de lo que creí posible, tiene mucha tenacidad.
Miranda te envía saludos, dijo que si vuelves a escribir otra tontería el que terminará atado vas a ser tú, y no precisamente a la pata de la cama. Estuvo preocupara por ti, insistiendo en que empacáramos la valija por si llegabas a necesitarnos, cuando se enteró que dejarías Londres para residir en Faerie Manor mencionó que le parecía sensato de tu parte, aunque sea una pena que te pierdas la temporada social porque está convencida que con tu cara de zorra desvalida e inocentona vas a tener a todo Londres comiendo de la palma de tu mano.
La tía Nerys ha estado preguntando por ti. Ha confundido tu amabilidad con otro tipo de interés y se ha empeñado en regar por  todo el pueblo la noticia de que estás prendado de la prima Kirsty, en cuanto a la muchacha, Miranda ya la convenció para que se olvide de vos diciéndole que estabas comprometido con otra, que sois un pésimo partido y que posiblemente no volverías hasta que se reanude la temporada de caza. Kirsty está bien, aún es joven y vamos a buscar un buen hombre para ella; la que no quiere olvidarte es la tía Nerys, para ella ninguno es digno de su hija, excepto vos.    
Pasando a temas menos polémicos, ayer tu Avalon dio cría, un macho precioso, color caramelo como su madre y tiene una mancha blanca en la frente como su abuelo. Tiene las patas fuertes y los rasgos pura sangre de su padre. Quería nombrarlo A.T. en tu honor, pero Miranda dijo que no insultara al caballo usando vuestras iniciales y decidió nombrarlo Capitán Ter, intenté persuadirla, sería vergonzoso que alguien relacionara el nombre del potro con el vuestro, pero sabes que cuando algo se le mete en la cabeza a Miranda es difícil hacer que cambie de opinión.
Por el problema con las institutrices no te preocupes, conozco un preceptor muy bueno, estricto y preparado que puede convertir a tus traviesos sobrinos en verdaderos caballeros. Su origen es humilde, pero fue educado personalmente por la duquesa de Starbrooke, quien, al no tener a ninguno de sus nietos cerca, le tomó mucho cariño y quiso que se hiciera cargo de la vicaría, el problema es que el hombre carece de aptitud para el ministerio religioso y prefirió hacerse maestro. Su nombre es Hugh Callum; lo conocí cuando estuvo a cargo de los hijos de sir Garwood, y ahora que ha terminado su labor con esa familia tuve la ocurrencia de enviarlo directamente a verte en Northumeberland; sé que no te molestará en absoluto que sea medio escocés y algo excéntrico pero puedo dar fe que es un hombre de bien.
Sobre del caso de Leonel Ross, lo último que supe es que ese bribón, hijo de ramera, huyó a Estados Unidos de Norteamérica. Mi sangre hierve porque al parecer ese canalla ha desaparecido de nuestras vidas dejando pendientes las deudas. Miranda ora cada noche para que se caiga de su caballo y se rompa la cadera para que quede inválido y así no vuelva a perjudicar a ninguna señorita.
Gracias por el brandy, pensaba beber la botella entera yo solito,  pero Miranda la ha ocultado en alguna parte para cuando vengas a visitarnos. ¡Cómo si el licor escaseara en esta casa o no tuviéramos monedas en los bolsillos para comprar una fina botella que descorchar para brindar a tu salud! ¡Es una mujer tacaña!
Las palabras de tu carta hicieron que mi cara enrojeciera demasiado, tanto que Miranda estuvo toda la mañana sin parar de reír y gastarme bromas con eso de “Mi loco enamorado”. No escribas esas cosas, es peligroso y cursi.
 Tu amigo,
Colin Dandridge



Mayo de 1817
Northumberland, Inglaterra.


Un mensajero enviado con anticipación entregó una nota al señor Phillips, mayordomo de la exquisita y perfecta mansión de estilo palatino conocida como Faerie Manor, con inmediatez, el hombre se dispuso a dar las órdenes pertinentes para el recibimiento de su señor.

Lo que puso a correr a Phillips fue el tema de la limpieza, porque mantener semejante monstruosidad de casa en condiciones de limpieza absoluta, como exigía el Conde de Carrington, era una tarea que exigía la completa concentración y habilidad del mayordomo para coordinar a todos los sirvientes como si fueran un batallón.

Phillips estaba de pie, en el centro de la casa, dando indicaciones como todo un general, mientras que un criado encaramado en una escalera se encargaba de limpiar la gran araña que iluminaba el vestíbulo y las mujeres pasaban el trapeador por la escalinata en forma de caracol.

Oculto, tras una de las columnas de la lujosa mansión, un hombre que no pasaba veinticinco años observaba con atención lo que ocurría, intentaba no perder un solo detalle, especialmente si tenía que ver con lord Adam Terrance Lesseps, quinceavo Conde de Carrington.

―Por lo visto Su Señoría viene en camino. Ya era hora. Las cosas en el condado van a ponerse interesantes. ¿No lo cree, señor Callum?

Cuando Lady Mitford habló, él se llevó un susto de muerte. La bendita mujer tenía la osadía de aparecer en cualquier parte de la casa y meterse en la vida de todo el mundo llevándose por delante a cualquiera que se atravesara en su camino. En ese momento, Lady Indiscreción, como comenzó a llamarla en su mente, lo sorprendió espiando en la galería principal de la casa y su voz chillona le provocó escalofríos. 

―Es un hombre quisquilloso y excéntrico, como sus predecesores, aunque un poco más sociable que su padre y su atractivo tiene a las madres de todos los alrededores alerta, aunque es un conde muchas se lo piensan dos veces ―Lady indiscreción bajó la voz y susurró al oído de Hugh―: será joven, rico, apuesto, soltero, pero por sus venas corre la sangre lunática de los anteriores condes… como dice el dicho: hijo de tigre nace con rayas. ¿Sabía eso cuando vino a esta casa, señor Callum?

―Solo vine a educar a los niños, no a conocer los chismes de Su Señoría ―respondió con acidez.

―Los chismes es lo que menos preocupan a la gente pequeña. Es una pena que no sea amigo cercano del Conde de Carrington. Una referencia suya podría ser de mucha ayuda en el caso de la señorita Hill. Sus padres no están dispuestos a que la chiquilla se case con un don nadie. ―Los últimos días, la entrometida señora lo había convertido en su causa y estaba resuelta a buscarle una esposa entre las jóvenes casaderas de la región y arreglarle la vida a su acomodo y lo  último que él necesitaba era precisamente eso. La mujer continuó parloteando―: Por supuesto, va a necesitar una casa y un trabajo más estable. Si fuera amigo de Carrington podría pedirle ayuda para que le den el puesto de maestro en la escuela local. Eso alegraría a los Hill una vez los dos estén casados. He pensado que pueden alquilar la casita adjunta a la vicaría, la del maestro actual es vieja y el tejado se cae a pedazos.

―No voy a casarme con la señorita Hill. ―Miró con enojo a la mujer antes de dirigir una cortés despedida y dirigirse al aula de los niños.

―¿Por qué no? Ella es muy dulce, es cierto que no es tan agraciada como su hermana, pero tiene grandes caderas apropiadas para parir y su padre es comerciante así que tiene una buena dote.

Lady Mitford lo siguió caminando a prisa, jadeando por el esfuerzo físico y al tiempo exaltaba las virtudes de la joven con la que deseaba verlo casado. Él apretó los puños y respiró profundo tratando de mantener la calma. Apretó el puño y oró pidiendo a Dios paciencia, porque tenía que mostrarse caballeroso y gentil si no quería echar a perder el plan que tenía en mente.

―No ha respondido señor Callum.

―Tengo deberes que atender, milady.

―¡Oh, vamos! No hay necesidad de que sea tan frío conmigo. Solo dígame por qué no es apropiada la señorita Hill y veremos qué podemos hacer. La menor de los Senfield cumplirá diecisiete la semana que viene y aunque es joven podría ser una buena esposa: sabe cocinar.

―Lady Mitford, no estoy interesado en casarme. Por favor no insista.

―Es un desperdicio que un hombre tan guapo y educado como usted se quede soltero. ¿Qué hay de sus padres? Su madre se sentirá satisfecha cuando vea que es cuidado por una esposa cándida y amorosa. Y los niños, son una bendición que…

Lady Mitford dejó de hablar y movió su aristocrática nariz.

―¿No le parece que huele a quemado, señor Callum?

Él olfateó el ambiente imitando a un sabueso, entonces abrió los ojos como platos antes de pegar un gritó que atrajo la atención del tropel de criados: ¡LOS NIÑOS!

Derribó la puerta del aula con una patada. Lady Mitford se asomó curiosa y se abanicó sonrojándose de manera escandalosa mientras el educado profesor profería insultos que ninguna dama culta debería escuchar en su vida. Las criadas se miraron entre ellas asustadas y el impertérrito señor Phillips se acercó a paso rápido pero elegante por el pasillo.

Lo primero que salió fue el olor a telas chamuscadas y humo. Phillips, temiendo lo peor, ordenó a las criadas que se apuraran en traer cubos de agua. Callum entró y dejó escapar un suspiro de alivio cuando vio a los niños a salvo. Después dirigió la mirada al centro de la salita, donde los chiquillos se las arreglaron para crear una pequeña pira en la que ardía una muñeca de fina porcelana.

―Es Juana de Arco. Está ardiendo por brujería. Y ese de ahí es el Cardenal con sus ministros. ―Explicó la pequeña niña señalando a la víctima que ardía indefensa y a otro grupo de muñecos apilados sobre una mesa como si observaran la hoguera.

Un corpulento lacayo entró corriendo y arrojó el agua sobre el fuego. Los niños exhalaron con desilusión.

―¡Les dije que no hicieran travesuras! ―gritó el maestro con rabia mirando a los niños.

―Nos dijo que estudiáramos historia y eso hacíamos ―dijo uno de los niños señalando una ilustración en su libro de historia mientras el otro niño comenzaba a leer―: El treinta de mayo de 1431 vestida con una túnica y escoltada por hombres del ejército inglés, Juana de Arco de fue llevada a la hoguera donde leyeron la sentencia y…

―¡Sentencia es lo que les voy a leer antes de castigarles como se merecen! ―interrumpió el señor Callum tratando de dominar la furia que llegó después del susto que pasó al pensar que esos mocosos hubieran muerto calcinados―. ¿No les enseñaron que el fuego es peligroso? ¡Podrían haber quemado la casa entera!

―Teníamos el fuego bajo control ―dijo el niño mayor, Zachary Lesseps, un chiquillo demasiado alto y fornido para los once años que aseguraba tener. Señaló la exquisita alfombra y con gesto prepotente afirmó―: Anegamos la alfombra con agua fría alrededor de la hoguera antes de prender el fuego. ¡Tsk! No somos tan brutos como cree, señor Callum.

―¡Oh! ¡Olvidaba que son unos genios! ―respondió el joven maestro sin disimular el sarcasmo―. Son tan inteligentes que seguramente ya saben qué le van a explicar a su tío, el Conde de Carrington, cuando llegue esta tarde y reciba un detallado informe de sus avances académicos.

Lady Mitford suspiró desde la entrada de al aula y el maestro se puso tenso. Malvada mujer, si continuaba persiguiéndolo de esa manera todo el mundo iba a comenzar a murmurar cosas inapropiadas.

―Es tan apuesto como valiente, gentil, amable y paciente con los niños. Victory va a perder la cabeza por usted. ―Ella desplegó el abanico para ocultar una risita fingida que provocó que él se estremeciera mientras pensaba que la “paciencia” no ocupaba lugar en su impetuoso temperamento, preguntándose en qué estaría pensando ahora esa mujer, miró a los niños que centraron su atención en ella con cara de: “¿Qué le está pasando a la vieja loca?”

―¿Y quién es esa tal Victory de la que está hablando? ―Arqueó una ceja interrogante mirando fijamente los grandes ojos azul celeste que embellecían la cara regordeta de Lady Mitford.

―La chica Senfield. Es bonita pero eso usted ya lo sabe porque seguramente le ha echado el ojo durante el servicio religioso. No lo niegue. Todos los caballeros se pierden en sus grandes ojos. Será nuestro secreto. ―Le obsequió un guiño de complicidad y con agilidad dio la vuelta para marcharse.

―¿De qué está hablando la vecina loca? ―Preguntó la niña a sus hermanos.

―De la novia del señor Callum ―respondió Zachary en un susurro.

―No sabía que el señor Callum tuviera novia ―dijo Lawrence mirando a su maestro con curiosidad.

―Claro que no, tonto, ni siquiera él lo sabía. ―susurró Zachary, quien también había fijado su atención en el rostro perplejo del señor Callum.

―¿Va a casarse, señor Callum? ―preguntó la niña con franqueza.

―¡Cielos! ¡No! Ahora… ¿En qué estábamos?… Así, en el castigo que van a recibir cuando el conde se entere –Su dedo índice apuntó hacia la evidencia del incendio.

―¡No! Por lo que más quiera no le cuente al tío Adam. Por favor, por favor, por favor… Haremos la tarea, no nos quejaremos de las multiplicaciones con números grandes, pero no le diga nada.

―Hacer la tarea y las multiplicaciones no es algo con lo que puedan negociar, puesto que es la obligación de todo muchacho ―dijo con seriedad, aunque pensando en que acababa de sonar como su padre.

―Le daremos dinero para que compre un nuevo sombrero. Tenemos ahorros ―respondió Lawrence, un muchacho de nueve años demasiado bajo para su edad.

―¿Estás loco? No vamos a gastar los ahorros pagándole al señor Callum. ―Zachary le dirigió a su hermano una mirada de enojo.

―Mejor perder el dinero que enfrentar la furia del tío Adam. ¿Recuerdas la última vez? ―Lawrence puso cara de tragedia.

El señor Callum levantó la ceja derecha, interrogante, dirigió una mirada a los niños. Al parecer le tenían miedo a su tío y tutor. No era raro, con la fama de violentos y locos que tenían los Lesseps cualquier cosa se podía esperar de ellos. Pobres niños, sin padres y víctimas de la ira ciega del Conde Loco, ellos necesitaban comprensión, afecto, y tal vez un poco de… ¿A quién engañaba? Iba a aceptar el soborno.

No. No. Mejor aún: los delataría indicándole al conde todas las travesuras, tal vez añadiría unas cuantas cosas más a la larga lista. Después de todo confraternizar con esos mocosos nunca fue parte del plan. Si quería acabar con los Lesseps nada mejor que arrojar una piedra al avispero y sentarse a mirar; después de todo, la venganza no es para los débiles de corazón.

―¡Volvamos con la lección de historia! ―dijo autoritario, abriendo el libro e ignorando cualquier intento de soborno por parte del par de pilluelos.

La niña se había acercado a las cenizas y estaba recogiendo lo que quedaba de la muñeca. El señor Callum se le quedó mirando. No era una niña fea, pero tampoco era bonita. Su apariencia siempre andaba descuidada, de alguna manera se las ingeniaba para andar sucia casi a toda hora, sus hermanos la apodaban “sanguijuela” porque pasaba todo el tiempo siguiéndolos por todas partes. Ella se pasó las manos por la cara ensuciándose todavía más, en ese momento Callum cayó en la cuenta de que no tenía zapatos, su cabello rubio estaba más revuelto que la paja del gallinero y vestía en camisón de ir a la cama pese a que ya pasaba el medio día.  

―Marigold. ―La llamó de manera gentil y ella levantó la cara sucia y lo miró con sus penetrantes ojos azules―. ¿Dónde está la señorita Brooks?

―Dijo que no quería seguir perdiendo el tiempo con una niña tonta y se marchó ―respondió la niña volviendo la mirada a las cenizas, hurgando para recoger lo que quedó del vestido de la muñeca.

Callum bufó, no era la primera institutriz que se marchaba dejando a esa niña a la deriva. Si las cosas continuaban de esa manera esa pobre muchachita no encajaría jamás en sociedad y por tanto no podría casarse, si es que su idiotez no era impedimento para conseguir marido. En las familias acomodadas se acostumbraba a comprar un marido a las mujeres imbéciles o feas, por una buena dote e ingreso a la aristocracia los cazafortuna eran capaces de eso y mucho más. Apartó la mirada de la niña, ese no era asunto suyo. Él estaba ahí para sacar a los Lesseps del país, o mejor aún, del continente.

―Dejemos historia por ahora. Pasaremos a la lección de matemáticas ―dijo en tono demandante y se dirigió al pizarrón para escribir un par de multiplicaciones de tres cifras.

―Veinticinco mil ochocientos. Treinta y tres mil quinientos. Catorce mil doscientos setenta y tres… No. Catorce mil doscientos setenta y cinco ―dijo Marigold mirando los números perpleja.

―¿Qué dices, Marigold? ―Preguntó el señor Hugh mirándola con curiosidad.

―Los números. El tío Adam me enseñó a multiplicar ―respondió ella mirando la pizarra―. Y ya puedo contar hasta un millón.

―No sabes contar hasta un millón. ―Acusó Lawrence rojo de malgenio pues las matemáticas no eran precisamente su fuerte.

―Sí se contar hasta un millón. ―Le enseñó la lengua.

Hugh resolvió las multiplicaciones realizando el cálculo de manera cuidadosa, sus elegantes números quedaron plasmados en la pizarra y al terminar comprobó que Marigold no había errado en su cálculo.

―¡Asombroso!

―Sería más asombroso si aprendiera el alfabeto y a escribir su nombre ―La voz de Zachary estaba cargada de irreverencia, claramente celoso de la habilidad de Marigold.

Escucharon el sonido de los cascos de los caballos y Marigold corrió a la ventana.

―¡Es el tío Adam!
Y antes de que Callum pudiera decir palabra, la chiquilla salió despavorida del aula gritando: ¡Tío Adam!¡Tío Adam!

Los otros dos niños se quedaron mirando a Callum, con los ojitos brillando, llenitos de esperanza. Zachary preguntó con tono inocentón, mirando a su maestro―: ¿Entonces no hay trato?

―Por supuesto que no.



Callum se paró muy rígido y elegante al lado del mayordomo y observó la manera en que el carruaje se detuvo para que uno de los lacayos bajara cargando una pequeña valija.

Los dos niños se miraron entre ellos con grandes sonrisas en sus caras como si celebraran haberse librado del castigo.

―Solo es Francis ―susurró Marigold, con tono de decepción, al ver al hombre caminar hacia ellos.

―¡Oh! ¡No esperaba un recibimiento tan formal! ―Se burló el recién llegado mirándolos en la entrada de la casa.

―La servidumbre debe entrar por la puerta de atrás. ―Le recordó el señor Phillis cortándole el paso al hombre―. Esa regla se aplica para todos sin excepción, incluido el ayuda de cámara del lord.

―Entonces tendrá que explicarle a milord por qué su equipaje tardó en estar desempacado. ―Y sin obedecer a las objeciones de Phillips continuó su camino hacia la entrada principal. Era obvio que ese par no se llevaban bien. Se detuvo un momento para evaluar a Hugh, mirándolo de arriba abajo con gesto arrogante ―¿Y este es?

―El señor Hugh Callum, es el preceptor de los sobrinos de milord. ―El ama de llaves se encargó de las presentaciones.

―No se encariñe con él, señora Hart, ya sabe que a esos chiquillos no los aguanta nadie. ―Aseguró el ayuda de cámara mirando a Hugh con gesto despectivo―. No durara más de dos semanas.

―Para su información llevo educando a los niños Lesspes desde hace dos meses. ―Aclaró dirigiéndole una mirada amenazante. Ningún ayuda de cámara iba a hablarle con ese tonito―. Por regla general el ayuda de cámara no debe meterse en lo que no le importa, así que dedíquese a lustrar botas y desempolvar abrigos.

Encaminó a los niños para que regresaran al aula de clase. Giró mirando al ama de llaves y de manera arrogante señaló a Marigold:

―Señora Hart, haga que alguien bañe, vista y peine a esa niña.

―Todas las criadas están ocupadas. El conde está por llegar y…

―No creo que a milord le cause gracia encontrar a su sobrina tendida en la escalinata principal vestida como una harapienta. ―Realmente estaba enojado. Primero ese insolente ayuda de cámara y ahora un ama de llaves rebelde. Era tan difícil encontrar buena servidumbre en estos tiempos. Si estuviera en su casa los habría echado a la calle, sin recomendaciones y ni un penique, solo por atreverse a mirarlo con ese aire de superioridad. Noto que la mujer estaba a punto de protestar, así que la miró arqueando una ceja―: No puedo hacer todo solo. Si me encargo de asear a la señorita corremos el riesgo de que este par vuelvan a causar otro incendio.

―Totalmente de acuerdo, señor Callum. En seguida dispondré de tres criadas para que se ocupen de la niña Marigold. ―Phillips miró su reloj de bolsillo y dirigió una discreta mirada a la señora Hart ―Sabes que tiene razón. Milord odia la suciedad y cuando vea a su sobrina nos acusará de incompetentes.

―¿De dónde salió el arrogante bufón? ―Preguntó Francis en voz alta con toda intención de ser escuchado por Hugh quien iba arrastrando a los niños de regreso al aula.

El maestro apretó los dientes al tiempo que escuchaba a Phillips hablar:

―Ciertamente es pedante y arrogante, pero sus modales y conocimientos de las maneras aristocráticas son invaluables. Puede que su comportamiento a veces resulte excéntrico, pero es el único capaz de poner en cintura a los endemoniados sobrinos de milord, además es recomendado de Sir Colin Dandridge.

 Hugh sonrió con una mueca altiva al tiempo que empujaba a los niños en el saloncito. Tuvo el presentimiento que ese Francis podría obstaculizar sus planes en contra de los Lesseps.

―Si mete las narices en mis asuntos tendré que sacarlo del camino.

Cerró la puerta del aula y mirando con seriedad a sus dos pupilos antes de continuar con la lección de matemáticas mientras pensaba en su siguiente movimiento.



Hugh esperó con impaciencia encontrarse cara a cara con el conde durante toda la semana, pero el señor de la casa no se presentó. Los días continuaron transcurriendo en Faerie Manor con la misma lentitud y monotonía como las nubes que pasan en el cielo. Esa semana llovió con frecuencia y él estuvo reacio a salir al campo, así que mantuvo a los chiquillos ocupados en el cuarto de estudio.

Por eso no fue extraño que cuando los niños Lesseps asistieron al servicio religioso, estuvieron más inquietos que de costumbre y mientras el sacerdote anglicano recitaba el sermón, Lawrence sacó de su bolsillo un frasco que contenía en su interior una rana. Estuvo a punto de destapar el frasco, pero Hugh fue más rápido y logró arrebatárselo de las manos antes de que la rana quedara en libertad para hacer de las suyas.

A Hugh desde pequeño, su madre le enseñó que los Lesseps estaban chiflados, por eso no le parecía extraño que los niños tuvieran ciertas maneras de actuar tan diferentes de los niños “normales”, por ejemplo Marigold, a sus siete años, no solo era torpe para lectoescritura, sino que no soportaba que la tocaran personas que no fueran sus hermanos, si alguien llegaba a colocar una mano en su hombro, la pequeña de inmediato abría la boca para gritar tan fuerte que cualquiera podía quedar sordo, de ahí que ninguna criada quería ocuparse de ella y por eso, no tenía nana o institutriz como las señoritas de su clase. En ocasiones despertaba en medio de la noche gritando como posesa y ponía a todos los de la mansión a correr como locos tratando de calmarla.

Hugh escuchó a la última institutriz decir que a esa mocosa deberían encerrarla en un auspicio. Él no estaba tan seguro, sobre todo después de descubrir la sorprendente habilidad de la niña para hacer sumas y multiplicaciones con números de tres y cuatro cifras sin usar el ábaco o la pizarra. De todos modos, Marigold seguía siendo un enigma, y mientras Hugh ocultaba el frasco con la rana debajo de la solapa de su casaca, agradecía a Dios que la chiquilla nunca asistiera al servicio religioso debido a su peculiar manera de evitar el contacto con extraños.

Zachary, no se quedaba atrás, a veces se detenía, perplejo, observando a la gente. No solía hablar en presencia de extraños, y eso confundía a las personas que pensaban que era un chico antipático e indiferente ya que no respondía siquiera al saludo más básico que por cortesía se debía a los demás. A Hugh le tomó dos semanas escuchar un buenos días de sus labios, solo entonces descubrió que el chico no era tímido sino que lo estaba examinando antes de decidirse a hacer un ligero acercamiento social e incluirlo en sus conversaciones. Lady Indiscreción conocía a los niños desde mucho antes, pero no lograba sacarle más que monosílabos a Zachary Lesseps, finalmente, la dama se rindió y prefería ignorarlo. Zachary representaba un reto para cualquier preceptor, pues su nivel académico estaba demasiado atrasado para los niños de su edad, además pronto cumpliría doce años y el conde deseaba que su sobrino ingresara en un prestigioso internado, motivo por el cual Carrington pagaba una cantidad nada despreciable al tutor académico de los chicos.

Por último, Lawrence, el polo opuesto de Zachary, inquieto, ruidoso y charlatán. No se interesaba por entablar amistad con otros chicos de su edad, sino que se dedicaba a coleccionar animales raros e insectos a los que trataba de entrenar para convertirlos en mascotas con muy malos resultados. Los bautizaba poniéndoles nombres que sacaba al azar del diccionario enciclopédico de la biblioteca, por ejemplo su pony se llamaba: Vituperio y, al perro lo bautizó: Contubernio. Su sueño era que el conde le obsequiara para su cumpleaños: un cocodrilo, al que bautizaría Concupiscencia. Hugh pensaba que Lawrence podía llegar a ser un gran naturalista debido a la curiosidad y pasión que mostraba por todo aquello que tuviera muchas patas o se arrastrara por el suelo, sin embargo aquello resultaba peligroso, porque el chico se las arreglaba para recoger toda clase de bichos, incluso aquellos cuya picadura podía causar enfermedad. Pero eso no paraba ahí, al igual que sus hermanos, tendía a comportarse de manera extraña frente a los adultos e intentaba acaparar la atención a toda costa, por eso era frecuente que se metiera en medio de las conversaciones ajenas o hiciera comentarios inapropiados frente a las visitas.

Hugh dejó de pensar en las peculiaridades de los niños y  quedó atónito cuando escuchó a la rana croar mientras todos los asistentes al servicio religioso cantaban, miró a un lado y después a otro, esperando que nadie hubiera escuchado la canción del batracio que custodiaba. Lawrence estuvo a punto de soltar una pequeña carcajada, pero Zachary le dio un pequeño coscorrón y con un gesto le indicó que se quedara quieto.

―Señor Callum, Señor Callum…

Llamó Lady Mitford varias veces, cuando todos dejaban la capilla. Hugh estuvo a punto de ignorar su voz estridente y hacer el tonto mientras empujaba a los chiquillos al carruaje para regresar de inmediato a la mansión.

―No sea tímido, señor Callum ―La dama se plantó frente a él arrastrando de la mano a una jovencita cuyas mejillas estaban tan rojas como una manzana―. Le presento a la señorita Victory Sendfield.

La joven le saludó con apropiados modales que Hugh tuvo que corresponder con la elegancia de un caballero. Mientras, Lady Mitford, se esforzaba por lograr que el maestro aceptara alguna de sus invitaciones a fin de que la pareja pudiera conocerse mejor.

―Está muy fea para ser la novia del señor Callum, era mejor la otra, la que llevó a nuestra casa: Susan Hill ―dijo Lawrence en voz alta. Los ojos de Lady Mitford se pusieron como dos lunas llenas y apretó los dientes con algo de enojo. Victory se abanicó tratando de ocultar la vergüenza en su rostro, pese a las caras descompuestas de los adultos el niño continuó hablando―: De verdad está muy fea. Tan flaquita que parece que se va a desbaratar.

Hugh tuvo que esforzarse para contener la carcajada al ver que los planes de la casamentera se vinieron abajo. Se excusó con las enojadas damas y apuró a los chicos para que se metieran en el coche. Durante el camino se encargó de regañar a Lawrence por entrometerse en los asuntos de los adultos, aunque sus pensamientos estaban llenos de gratitud.

La vida de un maestro para niños aristócratas es tan triste y aburrida, pensó Hugh, debería estar divirtiéndose con sus amigos en el selecto club de caballeros, pero sentía la necesidad de vengar a Eleanor. Para él no era justo que el Conde de Carrington y su lunática familia vivieran tranquilamente, mientras el nombre de su hermana mayor y la pena de su madre seguían en boca de todos afectando la intachable reputación de su familia.

Por eso, cuando el destino le presentó la oportunidad de meterse en la casa de Carrington y vengarse de los Lesseps, él dejó atrás todo para cumplir con ese objetivo. Miró a Lawrence quien llevaba entre sus manos la rana.

Fue lo último que hizo cuando escuchó el crack y el carruaje rodó.

―¿Están bien? ―preguntó a los niños pateando la puerta para buscar una salida antes de que el carro se hundiera en riachuelo.

―¡Eh! ¡Señor Callum! ¡Pequeños! ¿Están bien? ―preguntó el anciano cochero asomando la cabeza por la portezuela.

―Solo algo magullados. ¿Qué ha sucedido, señor Forbes?

―Ha sido la rueda, señor Callum. Se ha quebrado el eje cuando giramos a la derecha. ―Forbes extendió la mano y ayudó a Zachary a salir del coche―. Afortunadamente estáis todos bien. El riachuelo no es profundo y hay pocas probabilidades de que un adulto se ahogue en esta zona.

‹‹Pero acabo de arruinar un par de botas››. Pensó Hugh, a quien el agua le llegaba a la cintura.

―No encuentro a Forúnculo, se ha perdido. ―Chilló Lawrence negándose a salir del coche.

―No está perdido, solo decidió marcharse a nadar con sus amigos. Ahora toma la mano del señor Forbes y sal del coche ―dijo Hugh apelando a la poca paciencia que le quedaba.

Hugh suspiró aliviado cuando sus pies tocaron tierra firme y se desplomó a un lado del camino. Zachary estornudó un par de veces y Lawrence continuaba llamando a Forúnculo.

―Será mejor que lleve al joven de inmediato a la mansión. Si pesca un resfrío, Su Señoría va a montar en cólera ―dijo el viejo cochero sacando los caballos del agua.

―Bien. Monte usted en una de las bestias con Zachary y Lawrence montará conmigo en la otra.

Parecía un plan bien orquestado, excepto porque los caballos no tenían silla y cuando el viejo cochero se adelantó llevando a Zachary en la grupa, Lawrence espoleó la otra montura y partió al galope imitando a un salvaje de las praderas.

―¡Nos vemos en la merienda, señor Callum! ―gritó intentando controlar al caballo.

―¡Bribón! ―respondió Hugh viendo la polvareda de los caballos.

El hombre bufó y comenzó a caminar. Y por cada paso que dio un improperio salió de su boca. Su mente ideó la manera de castigar a Lawrence por haberlo abandonado de esa manera. Cuando el sol de mediodía calentó su cara,  colocó la chaqueta sobre la cabeza para cubrir su rostro del sol y recordó que su elegante sombrero se hundió junto con la mitad del carruaje volcado. Observó el camino recorrido y chasqueó la lengua. ‹‹¿Acaso nadie transita por aquí?››, pensó mirando las grandes extensiones de avena verde y cebada. ‹‹No hay rastro de campesinos o granjas cercanas, solo cultivos y cultivos. Necesito un caballo, una carreta. Extraño pasear en faetón. Lo que necesito en realidad es: un milagro.››

Y el milagro se presentó en la forma de un hombre alto, moreno y fornido. Un verdadero pecado andante que dejó a Hugh atontado, pese a que su caballo estuvo a punto de arroyarlo provocando que cayera rodando en una zanja.

―¿Está bien? ―preguntó el apuesto jinete.

―No gracias a usted ―respondió con habitual altanería trepando para regresar al camino.

―Disculpe hombre, pero eso le pasa por caminar justo por la mitad del camino; si se hubiera hecho a un lado…

―Tiene razón ―respondió cortante, sacudiendo el polvo que se pegó al pantalón húmedo―. Llevo horas caminando hacia Faerie Manor en este solitario paraje, no pasó por mi cabeza que un caballo de carreras fuera a pasarme por encima.

―Este es un magnífico ejemplar, aunque no es un caballo apto para carreras. ―Presumió el desconocido sonriendo, después miró a Hugh con sus ojos de color celeste―. ¿Y qué asunto tiene en Faerie Manor que lo ha obligado a caminar en este paraje solitario?

―Trabajo en la casa del Conde de Carrington ―respondió examinando al jinete.

Un hombre no mayor de treinta, cabello negro agitado por el viento, ojos brillantes de intenso mirar, mandíbula cuadrada. No era el hombre de rasgos delicados, pero tampoco tenía cara de maleante aunque sus ropas dijeran lo contrario.

Estaba en camisa, dejando parte de su pecho al descubierto como los piratas de las novelas de aventuras ilustradas que leía cuando niño. El pantalón algo sucio por el polvo del camino y las botas manchadas de fango, como si hubiera pasado por una porqueriza.

―Nos dirigimos a un mismo destino. Si no le molesta puedo llevarlo en la grupa ―dijo con amabilidad.

Hugh asintió aceptando la oferta del jinete. Ni que fuera tonto para desperdiciar la oportunidad de andar a caballo próximo a su sueño húmedo andante. Cerró los ojos y no le importó la incomodidad al andar en la parte trasera del caballo, por el contrario se concentró en la espalda ancha y en la fina cintura de la que tuvo que agarrarse para evitar una caída. Ninguno de sus anteriores amantes podía igualar a este hombre tan guapo.

Podría tratarse de un bandido o un secuestrador, pero eso no le importó. Estaba embelesado con el atractivo del jinete, su mente voló imaginando cada parte de ese cuerpo macizo sin ningún tipo de prenda de vestir, solo para él y sus caricias traviesas. Era fuerte, podía notarlo en la manera en que los muslos apretaban el caballo, en el antebrazo rígido que sujetaba la fusta del caballo.

‹‹¡Ah! Quién fuera caballo para ser apresado por esos muslos, quién fuera agua para acariciar su piel o viento para envolver su desnudez››

Cuando llegaron a la mansión, lamentó que el paseo hubiera sido tan corto. El jinete desmontó dejando el caballo junto a la caballeriza y se dirigió a la puerta principal.

Hugh se apresuró a colocar la mano sobre su hombro para ahorrarle la vergüenza de una indiscreción.

―La servidumbre entra por la puerta trasera ―dijo recordando las quisquillosas normas de Phillips.

―Ya lo sé. Es una norma que impuse para poner orden en mi casa ―respondió sonriendo amablemente.

Hugh palideció. Su sueño húmedo acababa de convertirse en una odiosa pesadilla.

―No nos conocemos. Mi nombre es…

‹‹No digas una palabra más, no quiero escucharlo››. Hugh luchó contra el impulso de cubrir sus oídos para no escuchar las palabras del jinete. Se quedó enmudecido tras haber fantaseado todo el camino con el enemigo.

―… Conde de Carrington. ¿Y usted?

―Hugh… ―musitó intentando recuperar el control de sus pensamientos.

―Hugh ¿qué?

―Hugh de A… Hugh Callum, me llamo Hugh Callum ―dijo volviendo a su papel, mirando el rostro amable del hombre que había venido a destruir.

Hugh siempre pensó que la venganza no era para los débiles de corazón, pero nunca se le ocurrió que tampoco era para aquellos que siempre terminaban enredados en una tórrida pasión en la cama equivocada. El Conde de Carrington resultó ser un bocadito tentador al que deseaba hincarle el diente en vez de golpearlo con el peso de su revancha.

Suspiró observando la manera en que el conde era recibido por el resto de los criados y solo entonces un pensamiento atravesó su mente:

‹‹Malditos sean todos los Lesseps››


NOTA: Gracias por el recibimiento y el apoyo tanto al que le han dado a la historia, como el que me han dado para continuarla. Feliz fin de semana


13 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho, esta muy bien escrita. un saludo

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  2. Anne, la historia esta más que genial!!! Muchas gracias por compartirla, esperando con ansias el próximo capítulo, lindo día!

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  3. Como prende de a poquito...enganchante...jijiji...esta súper entretenida... Buen capítulo inicial..bss..

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  4. Como prende de a poquito...enganchante...jijiji...esta súper entretenida... Buen capítulo inicial..bss..

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  5. Me ha enganchado. Tiene mucha intriga. Gracias!.

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  6. Fina. Hola que todos pasen una maravillosa semana, besos.
    Esta muy bueno el capitulo, gracias por compartir, besos

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  7. Muy entretenida, me encantan las historias de aristócratas. Muchas gracias por el placer <3

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  8. Para cuando las escenas cachondas de verdad? OSea, menudo timo

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  9. Holaaaaaa!!!!! me encantoo!! que buenoo!! estoy con ganas de leer maas!! muchas gracias!!

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  10. OMG!!! Es demaciado genial, me encantó XDD. Hugh se cree el gran señorito pero de verdad en sus pensamientos es un irreverente, jajajaja. Se nota que es igual de necio que los niños, creyéndose por ser el adulto a cargo, jajaja. Es adorable aunque es obvio que viene con planes vengativos, pero que bien que el conde no se la va a poner fácil con esos ojos de ensueño, una par de sonrisas y el pobre Hugh va a estar desmayándose como colegiala por él, jajajajaja. Lady indescreción es muy graciosa por darle lata, es bueno que a su manera le ponga las cosas dificiles al pobre. Mi impresiona la pequeña Marigold, tan inteligente que es, estoy segura que aún demostrara mas sorpresas más delante.
    Espero poder leer muy pronto la continuación de la historia, que ha empesado excelente! Haz hecho un convinacion de lo más fina y deliciosa, una novela romantica victoriana pero con dos hombres que terminaran enredados, jajaja. No me la perderé por nada. Saludos y gracias por compartir!

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  11. hola me ha gustado mucho el primer capitulo impaciente por mas
    Gracias por dejarnos leela.
    Besos

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  12. Fina. hola Anne, esta muy interesante, gracias por compartir.
    Milagro deseando estes bien de salud, besos.
    hola que todos pasen un lindo fin de semana, besos

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