jueves, 1 de septiembre de 2016

La noche traviesa del conde -Capítulo 2 (Anne Scarlett)

Capítulo 2

Junio, 1817
A: Sir Colin Dandridge
Powfowlis Manor,
Selkirkshire, Escocia.


Mi querido Colin:

Los Lesseps de Faerie Manor estamos bien de salud, las lluvias primaverales trajeron consigo numerosos resfriados y hubo algunos criados enfermos; sin embargo, los niños rebozan vitalidad.
Estoy satisfecho con los servicios del preceptor que hiciste bien a enviarme. El señor Callum ha conseguido que los niños progresen en sus estudios y, aunque tenemos nuestras diferencias respecto a muchos temas del manejo de la casa (insiste en recordarme continuamente que Faerie Manor no es un regimiento militar), ha resultado ser una compañía agradable durante los días aburridos de lluvia que me condenan a permanecer recluido en el interior de la mansión. 
Faerie Manor es sobrecogedor, la locura de los antiguos condes me persigue, antes me ufanaba porque consideraba que era un hombre racional que poco creía en supersticiones, ahora comienzo a poner en duda esa capacidad, extraños acontecimientos han ocurrido desde que llegué. La mala suerte ha tocado a mi puerta desde hace algunas semanas y estoy cuestionando si los seres feéricos que habitan en los bosques que rodean la mansión me desprecian.
Comenzó con desorden en mi despacho, documentos que desaparecían y al otro día aparecían, en otro lugar. También algunos cuadros y libros de la biblioteca amanecían en otro orden. Al comienzo pensé que era alguna tontería de los niños, los traviesos suelen hurtar el diario para hacer barquillos de papel que ponen a flotar en el estanque. Sin embargo, el desorden se extendió a mis habitaciones. Un día cuando regresé de mi cabalgata matutina, al entrar a mi habitación la encontré patas arriba, pensando que fui víctima de un saqueo, ordené a Francis registrar todo, pero mis pertenencias no estaban perdidas. Excepto por la pequeña caja francesa que me obsequió la duquesa de Sussex, que, misteriosamente apareció: ¡En el jardín!
La razón me dice que se trata de algún vándalo contratado por esos Arden, para hacer de mi vida un infierno. Quiero creer que es de esa manera. Tierra en mis sábanas. Alimañas en mi tocador. Faltando pocos días para la exhibición ecuestre le cortaron la crin al caballo frisón y tuve que sacarlo de la competencia.   
Para empeorar la situación, mi tía, Lady Marian de Littleton ha llegado de visita y parece que quiere quedarse hasta que finalice el verano. Como siempre, cuando viaja la acompañan: sus tres perros terrier, su dama de compañía, su criada de confianza, y por supuesto mis queridas primas, Annelise y Christine. La novedad es que Theodore decidió unírseles en último minuto, así que al cortejo se sumaron, el ayuda de cámara y un cuidador.
Teniendo en cuenta estos acontecimientos, siento que es un deber prevenirte, estimado amigo, para que no vengas a visitarme, pues ya conoces el carácter déspota e intransigente de mi tía. Por nuestra amistad, que tanto valoro, deseo ahorraros la incomodidad causada con los ácidos comentarios de mi tía y la amargura de mi primo.
Saludos afectuosos a Miranda y dale a la señora Nerys McCallister y su hija los mejores deseos de prosperidad para toda la familia.   
Tu amigo, el que te recuerda con cariño durante las noches de insomnio,
Adam Terrance Lesseps, Conde de Carrington.





La caligrafía era firme y clara, las letras pequeñas y el espacio entre cada una era el justo para que fuera legible y al mismo tiempo no se desperdiciara el espacio. Por supuesto, no existían manchones de tinta ni palabras fuera de lugar. Lo primero que Hugh se preguntó al leer la carta, fue: ‹‹¿Cómo hace Carrington para escribir así de bonito?›› El pensamiento estaba cargado de envidia puesto que nunca fue bueno para escribir cartas y su madre tendía a criticarlo por eso.

Mientras sus ojos seguían cada una de las líneas, en su rostro danzaron muchas emociones: asintió cuando el conde mencionó la vitalidad de los sobrinos, sonrió cuando vio su nombre escrito, suspiró cuando mencionó las partidas de ajedrez, una mueca se dibujó en sus labios al leer todas sus quejas, apretó los dientes cuando vio el nombre de los Arden como principales sospechosos de los acontecimientos, bufó con la descripción de la insoportable Lady Marian de Littleton, y sintió alivio con el pedido de no ser visitado por Sir Colin.

Sir Colin conocía a Hugh Callum y si llegaba y encontraba a un impostor, todo su plan se iría por la borda.

El plan inicial de Hugh, era muy simple: aprovechando su estancia dentro de la mansión, buscaría algo escandaloso en la vida del conde, con lo que pudiera recordarle a la buena sociedad inglesa el peligro que representaba esa familia; de esta manera serían condenados al ostracismo, tratados como parias. Nadie querría mezclarse con Carrington, nadie querría tratar con él y de esa forma se marcharían muy lejos.

Pero Adam Terrance Lesseps, Conde de Carrington, no solo tenía una vida privada intachable, sino que hacía gala unos modales encantadores, muy dignos de su título y su única excentricidad consistía en un apego insano al orden que rayaba en la obsesión, era quisquilloso respecto a la limpieza, no toleraba que un objeto estuviera en un sitio que no correspondía; y, a nadie se le condena al ostracismo por ser tan limpio.

Hugh pensaba que era un tipo amargado, pero al recordar la amabilidad del conde cuando se conocieron y otros sucesos, Hugh ya no podía pensar igual.

Todo comenzó una tarde de lluvia, a comienzos de mayo, cuando Hugh jugaba al ajedrez con Zachary.

Zachary era un pésimo jugador de ajedrez, movía las piezas al azar, sin siquiera esforzarse por ganar el juego. Aquella tarde, la paciencia de Hugh estaba a punto de culminarse, harto de intentar que el chico se interesara por el juego.

―Zachary, si movieras el caballo…

―¿Para qué mover el caballo cuando puedo mover la torre? ―preguntó irreverente.

―Si movieras el caballo, sacarías del juego a mi reina, y tendrías el camino un poco más despejado para llegar al rey, entonces me podrías poner en jaque.

―Pero quiero mover la torre. Si muevo la torre sacaré a ese peón.

―Al mover la torre, sin duda moveré la reina y eliminaré tu alfil; entonces estaré un paso más cerca de ganar el juego ―dijo Hugh con tono de malgenio.

―¿Qué más da si gana este juego? Siempre los gana todos, señor Callum; así que moveré la torre y sacaré a su peón.

Hugh iba a decir algo, pero fue interrumpido por la voz tranquila de Lord Carrington:

―Temo, señor Callum, que la intención de Zachary no es ganar el juego, sino agotarle la paciencia. Si ha logrado el objetivo, entonces no importa si mueve la torre o cualquier otra pieza, el verdadero juego habrá concluido.

Hugh sintió que las mejillas se acaloraban. Clavó los ojos en el tablero blanco y negro, sintiéndose demasiado azorado por la intromisión del conde como para atreverse a mirarlo, sin embargo respondió:

―Supongo que Zachary es quien debe cultivar la virtud de la paciencia, mi lord, la mía está lejos de agotarse, puesto que mi objetivo no es aprovecharme de la inexperiencia de mi oponente, sino conseguir que aprenda una sana manera de entretenerse. “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”.

―San Pablo ―murmuró el conde.

―No, mi lord, Proverbios ―Corrigió Hugh con un dejo de arrogancia.

Zachary movió la torre con una sonrisa de satisfacción en la cara. Hugh abrió los ojos contrariado por la rebeldía del muchacho que se negaba a aprender la técnica adecuada para jugar al ajedrez, volvió la mirada hacia el conde, Carrington levantó los hombros, como si dijera: “Aquí no hay nada que hacer”.

Hugh movió la ficha y sin pizca de ánimo puso a Zachary en jaque. El juego terminó de una manera mecánica y fría. 

El conde ordenó al chico que fuera a buscar a los otros niños. Hugh desvió la mirada hacia la ventana del salón, no tenía ánimo para deleitarse con las pestañas espesas y el brillo despierto de esos ojos azules.

El conde tomó asiento en el lugar que antes ocupaba su sobrino y dijo:

―Me parece que el ajedrez no es su fuerte ―Usó un tono amistoso.

―En eso estamos de acuerdo, mi lord. Su sobrino carece de talento para un juego tan noble ―dijo con algo de malicia.

―No me refería al talento de Zachary, sino al suyo para enseñarle a jugar ―respondió con una sonrisa cándida que dejó a Hugh aturdido como un murciélago frente a una luz brillante―. No se sienta mal: “La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia”.

―Séneca.

―No, Sócrates ―Corrigió Carrington mirándolo a los ojos.

‹‹Mirada que apuñala›› Pensó Hugh perdido en esos ojos. En el hermoso contraste que formaban con aquel cabello negro y en la manera en que iluminaban su rostro. ‹‹Si Carrington no fuera Carrington…››

 ―¿Tiene ánimo para un encuentro con alguien menos inexperto?

Hugh le dirigió una mirada interrogante. La pregunta del lord lo pilló desprevenido, mandó sus pensamientos a un rincón y volvió a concentrarse en él. El conde tomó la pieza de marfil en la mano derecha y la colocó en el tablero de ajedrez: ―Estoy hablando de jugar, señor Callum.

―Sí, mi lord, hay tiempo para un juego más…

Mientras jugaban, Hugh tomó nota mental de cada gesto del conde. Encontró que la manera en que apoyaba la barbilla sobre los nudillos y fruncía el ceño, le daba un aire de seriedad que no iba a juego con sus labios entre abiertos y el color de sus ojos. ‹‹En verdad, el demonio toma formas tentadoras y la carne es débil›› Pensó Hugh.

El tiempo transcurrió rápidamente; para cuando acabaron el juego, la luz del sol estaba muriendo y Francis, el ayuda de cámara del lord, encendió  el fuego para calentar la habitación.

A Hugh no le agradaba la presencia de Francis, porque el hombre era vanidoso y arrogante con los criados olvidando que él era uno más de los sirvientes del conde.

Mientras Francis servía el coñac para el conde, Hugh lo observó detalladamente, la librea estaba impecable y el peluquín en su lugar, el uniforme color negro acentuaba la blancura de su tez y resaltaba unas cuantas pecas que tenía en la nariz. Su rostro no era particularmente atractivo, tenía forma ovalada y la nariz pronunciada, No era ni muy gordo, ni muy delgado, un poco más alto que Hugh. 

Francis le devolvió la mirada a Hugh y una mueca de desagrado se dibujó en su rostro. Hugh sonrió con malicia y dijo al conde:

―Mi lord, ha sido un gusto jugar con usted, el tiempo pasa volando cuando uno se divierte.

―El placer ha sido todo mío, señor Callum. ¿Le apetece otro juego después de la cena? ―preguntó con una sonrisa llena de cortesía― ¿O tiene otros planes?

―Sin duda voy a posponer la lectura del Decamerón para otro día, mi lord ―respondió Hugh colocando las piezas negras en el tablero.

Hugh se regañó por haber disfrutado de la partida de ajedrez, se supone que estaba ahí para desenmascarar al conde, no para hacerle compañía durante las tardes lluviosas y aburridas. Cuando salió de la habitación se encontró con Phillips.

―Lord Carrington desea que lo acompañe a cenar ―anunció el mayordomo con mucha seriedad.

Hugh asintió de manera tonta. Sintiendo cierta alegría por compartir la mesa del conde en lugar de ir al comedor de la servidumbre que despreciaba sus modales y tenían un pobre concepto de sí mismos. 

Y desde aquel día las partidas de ajedrez, las cenas, las horas de lecturas se hicieron más frecuentes, eran momentos frívolos e intelectuales, endulzados con unas gotas del placer que brinda la agradable compañía.

Pero esos agradables momentos no consiguieron que Hugh cesara en su empeño por sacar a los Lesseps del reino.

Quien iba a imaginar que la visita de Sir Mitford y otros vecinos proporcionarían a Hugh nuevas ideas para lograr su objetivo.

Hugh se encontraba en el aula de los niños explicando una lección de geografía cuando escuchó el sonido del carruaje entrando en la mansión. Marigold dejó lo que estaba haciendo y corrió hacia la ventana para observar.

―Es Sir Mitford ―susurró la pequeña.



Sir Mitford, era un caballero distinguido que vivía a unas cuantas millas de Faerie Manor, en Hildewood, su finca no era muy extensa, y por los chismes de los criados del conde, antes de ser nombrado caballero era un próspero comerciante que vivía cómodamente en Londres, pero escogió asentarse en el campo porque el aire puro hacía bien a su salud. La gente del pueblo apreciaba a sir Mitford por su fama bondadosa, pero no tenían la misma opinión de su esposa, Lady Mitford, a quien consideraban tacaña, entrometida y bulliciosa.

―Y vienen con la señorita Staunton…y con el hombre que ríe como cerdo, el señor ¿Cake?

―El que ríe como cerdo es el señor Whittaker ―respondió Lawrence a Marigold y acto seguido levantó la nariz con el dedo índice e imitó el sonido de un cerdo.

Marigold y Zachary soltaron una carcajada. Hugh apretó los labios intentando contener la risa. 

―Suficiente. Les he dicho varias veces que no es educado mofarse de las personas. Continuemos con la lección ―dijo Hugh tratando de imponer de nuevo el orden.

Marigold guardó silencio pero no se apartó de la ventana. Aunque el conde había advertido a Hugh que se mantuviera lejos de la chiquilla, era muy difícil lograrlo, puesto que la pequeña seguía a los niños por todas partes. Al comienzo le molestaba la presencia de la niña, porque revoloteaba distrayendo a los chicos, Hugh solucionó el problema asignándole un lugar para ella y alguna de sus muñecas sin cabeza que a veces llevaba consigo y entregándole acuarelas para que se distrajera pintando o dibujando garabatos ya que la chiquilla se negaba a aprender a escribir.

―Escriban en sus pizarras los nombres de las ciudades más importantes de Europa ―dijo a los niños, mientras con disimulo se acercaba a la ventana para curiosear. El carruaje de los Mitford se movió lentamente para ceder el paso a un faetón. Hugh susurró en voz baja―: ¿Quiénes son?

―Pues Hudson, el párroco ―respondió la niña con tono irreverente ante la obvia respuesta, después señaló con el dedo―. La mujer follada no sé quién es.

―¿Follada? ―Hugh levantó las cejas con asombro, no había escuchado a la niña decir esa palabra antes y debía corregir de inmediato semejante vulgaridad.

―Sí. Follada. Francis dice eso cada vez que ve a una señora con plumas en el sombrero, de esas que andan así…―Marigold agarró una hoja de papel y se abanicó, levantó a barbilla mirando a Lawrence y dijo―: ¿Qué pina de mi vestido, mi lorrrrd? ¡Costó muchas moneas!... Mary, trae la somblilla, hace sol y no quieremos que nuestro apreciado Lorrrd se queme la cara.

Los chicos soltaron otra carcajada al ver la imitación que Marigold hizo de Lady Mitford. Hugh sacudió la cabeza y volvió a insistir en que no estaba bien burlarse de los adultos. Le costó mantener la seriedad, porque Marigold remedó bastante a la señora.

―Francis dice que mi tío es pupular con las damas folladas ―recalcó Marigold.

―¡Emperifolladas, Marigold! Se dice emperifolladas ―corrigió Zachary. Marigold soltó una carcajada burlándose de la palabra, que para ella era una novedad, la repitió varias veces hasta que dejó de causarle gracia. Zachary dirigió una mirada a Hugh―. ¿Verdad, señor Callum que se dice emperifollada?

―Completamente, joven Zachary, la palabra correcta es emperifollada. Pero no es adecuado decirle eso a una dama. Es… descortés ―explicó Hugh con aire ceremonioso, apartándose de la ventana.

―¿Por qué no?... Cada vez que Francis ve a Lady Mitford dice: “Ahí viene esa emperifollada a fastidiar a mi Lord” ―dijo Lawrence.

―Francis no pertenece a nuestra clase social. Sus malos modales no deben ser imitados.

―¿Y qué es emperifollada? ―preguntó Marigold.

―Es cuando una mujer se viste con muchas ropas y joyas al mismo tiempo ―Hugh no encontró otra manera para describirlo sin faltar al tacto, puesto que estaba hablando con los niños. 

Marigold entre abrió los labios y asintió. Hugh paseó por el aula, leyendo el diario de la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural, que mencionaba las maravillas botánicas que unos expedicionarios hallaron en Nueva Gales del Sur. Aunque la lectura era fluida y nada aburrida, los pensamientos de Hugh estaban puestos en los visitantes. En cuando la doncella indicó que la merienda de los niños estaba lista, Hugh se escabulló para ir a husmear lo que ocurría.

―¡Qué afortunada, querida! No hay lugar como el hogar ―dijo Lady indiscreción a la dama desconocida―. Hiciste bien en regresar a Inglaterra, Alto Canadá no es seguro para una dama.

Oculto tras la columna Hugh observó a la dama en cuestión. Una mujer atractiva, con rostro en forma de corazón, cabello castaño claro y piel de alabastro. La forma de su peinado y el color del vestido indicaban que se trataba de una viuda que ha terminado su periodo de luto y retorna a la vida social. Hugh calculó que la mujer debía tener poco menos de treinta años.

―¿Se quedará mucho tiempo en Hildewood, señora Wight? ―preguntó Carrington desde la comodidad de su asiento.

―Tal vez lo que dure el verano, ―respondió la mujer ligeramente sonrojada.

―Mi prima se establecerá en Londres.

―¡Londres! ¡Qué horror! ¡Una ciudad atestada de gente, mugre y ruido! Lo único agradable de Londres es la temporada social, los bailes en Almack’s y los teatros ―respondió Lady Indiscreción―. No, la ciudad no es lugar seguro para ninguna dama en desgracia. ¡Ay! Mi querida señora Wight, la compadezco, usted sola, habiendo perdido todo en esa tierra de extraños… ¡Qué difícil debe ser que tenga que vivir de la caridad de sus parientes!

Sir Mitford carraspeó tratando de llamar la atención de su mujer. La señora Wight volvió a sonrojarse y rehuyó la mirada, molesta por el comentario.

―Estoy segura que la señora Wight ha sido bien recibida. La señora Hudson es un modelo de virtud y, si todos los parientes son tan buenos cristianos como el reverendo, estoy segura que ninguno le echará en cara su hospitalidad ―habló la señorita Staunton con voz tan seca y autoritaria.

―Cierto, pero como mujer acostumbrada a regentar su propia casa, no deja de ser una situación incómoda. Usted no lo entiende, señorita, porque nunca ha tenido marido ―respondió Lady Mitford a la defensiva. Ignorando cualquier respuesta volvió la mirada a la señora Wight―. No te preocupes, querida. Todavía eres una mujer joven, con una cara bonita y unos preciosos ojos celestes; estoy segura que con la adecuada presentación podrás desposarte nuevamente.

―Mi plan es ubicarme en Londres. Voy a trabajar como maestra en un internado para jovencitas.

―Es un desperdicio que una cara tan bonita tenga que internarse en una de esas escuelas. ¿No lo cree, mi lord? ―La pregunta tomó desprevenido al conde, quien simplemente movió la cabeza― ¿Lo ves, querida? ¡Además en Londres!... Ahora que recuerdo, ¿No estaba buscando, mi lord, una institutriz para la señorita Marigold?

Hugh sacudió la cabeza, Lady Mitford no era nada discreta cuando se proponía emparejar personas, al parecer la mujer pretendía meterle la viuda por los ojos al conde. Eso le pareció bajo.

―¡Divina providencia! ¡Mi lord necesita una institutriz y la señora Wight ha llegado como caída del cielo! ―Habló el reverendo.

Hugh puso los ojos en blanco, de verdad admiraba la cortesía del conde, si fuera por él hubiera echado a todos esos entrometidos a la calle por meter las narices en lo que no les importaba.

‹‹¿De verdad, Carrington está tan aburrido que necesitaba conversar de esas cursilerías con esa chusma?›› Pensó apretando los dientes. Después suspiró rendido, al escuchar la voz de Lady indiscreción una vez más:

―Esta es una buena casa, si obviamos las habladurías y las supersticiones de los chismosos. Además, trabajar para un conde tiene más estatus que trabajar en un internado… Y quién sabe, tal vez podría encontrar al hombre adecuado. Un soltero, educado, apuesto y digno de su mano… Hablando de hombres apuestos, hace días que no veo al señor Callum, ¿se ha marchado tan pronto?

―Querida, no molestes a mi Lord con esas preguntas tan tontas, es obvio que el señor Callum está ocupado con los niños ―respondió Sir Mitford con seriedad, tratando de cortarle el rollo a su mujer. El pobre hombre lucía visiblemente avergonzado.

―Tienes que conocer al señor Callum, es un hombre soltero, bien parecido, con los pies bien puestos sobre la tierra…

Hugh apretó los puños. Por supuesto, Lady Mitford era consciente de que el estatus del conde le impedía tomar por esposa a una viuda de dudoso pasado, mujer necia, continuaba empeñada en emparejarlo a él con la señora Wight.

―Mi lord, estamos agradecidas por haber sido recibidas en su casa sin invitación. Nos complace saber que tomará cartas con el asunto del molino y que hará algo respecto a los Ford. No se preocupe por la señora Doolitle, la encontraremos y obligaremos a su hija a hacerse responsable de esa anciana ―habló la señorita Staunton manteniendo su imperturbable tono rígido.

―La señora Doolitle no es una molestia. No le hace daño a nadie, si ella quiere quedarse en los bosques de Faerie Mannor tiene mi permiso, además en estos días, ¿Quién va a creer en hadas? ―respondió el conde con una sonrisa en los labios y un brillo lleno de afecto en la mirada.

Todos estuvieron de acuerdo, el reverendo aseveró que daría un sermón sobre las malas creencias paganas en contra de las leyes de Dios. Lady Mitford alabó su buen juicio.

―Mi lord, hace bien en no prestar atención a esas historias, son puros cuentos infantiles ―dijo Whittaker después de que su nariz emitiera el típico sonido de un cerdo.

―¿Qué tipo de historias son? ―preguntó la señora Wight con mucho interés.

―Bueno, la historia remonta a mi tataratatarabuela, un día estaba paseando por el bosque y se encontró con una niña que tenía el cabello tan largo que se arrastraba por el suelo a su alrededor. Tal era el largo de su pelo que estaba enredado en un espino, así que le pidió ayuda a la condesa, que en aquellos años era una joven debutante. Ella no quiso prestar ayuda porque no quería ensuciarse, así que la niña la maldijo. 
Le dijo: “Te enamorarás de un hombre apuesto con una gran fortuna, pero tu marido amará más esta tierra de lo que te amará a ti; no verás ninguna joya adornar tu cuello, ni habrá sedas para cubrir tu piel, todo su oro se convertirá en mármol. Amamantarás a tus hijos con lágrimas, y tus descendientes jamás serán felices”… 
Y mi antepasada, se enamoró del lord de este condado. Poco tiempo después comenzó la construcción de Faerie Mannor. Se dice que el conde quería vivir junto al bosque para cazar cuando quisiera; quería construir una mansión como ninguna otra en su tiempo y gastó toda su fortuna en el mármol del piso sobre el que ahora están parados. Mi tatarabuela ciertamente no fue feliz ―contó Carrington de manera jocosa.

―¿Entonces la maldición es cierta? ―preguntó la señora.

―¡Pura superstición, se los aseguro! ―respondió el conde―. Mi tía me dijo una vez que posiblemente nuestra tatarabuela se inventó la historia para justificar la obsesión del conde por la caza.

―En Hidelwood se rumora que si el conde Carrington, no es del agrado de las hadas de los bosques de Faerie Mannor, ellas no dudarán en hacerle la vida imposible hasta agotarle la paciencia y echarlo del condado. Por supuesto, como dice, mi lord, es pura superstición de personas maliciosas ―dijo Sir Mitford.

―No quiero ofender, mi lord, pero, si no me equivoco, hubo un conde Carrington que no puso un pie en Faerie Mannor.

―Así es, señorita Staunton, mi bisabuelo… Él prefirió vivir en Londres y pasó la mayor parte de su vida viajando por el continente. Decía que no estaba hecho para el campo ―respondió el conde.

―Toma con mucho humor todo este asunto, mi lord ―dijo Whittaker.

―Es algo muy jocoso. Tal vez ponga un aviso en la entrada de mi propiedad: “¡Cuidado, hadas furiosas!”

Y mientras todos reían en el salón, Hugh tuvo una idea: hacer realidad la superstición. No estaría mal agotar su paciencia hasta que se hartara y se largara del condado. Y como los Lesseps no son bienvenidos en la buena sociedad porque son unos lunáticos, el conde no tendría a donde ir y se marcharía muy lejos. De esa manera todos serían felices.

No había hecho tantas travesuras desde que era niño. Antes del amanecer se levantaba muy temprano y se lanzaba al ataque.

Aquella noche encontró la carta del conde sobre el escritorio. No era la primera vez que se colaba en el despacho del conde para remover las cosas y seguir buscando evidencias para desenmascarar a Lord Carrington. Al comienzo se divirtió bastante, el lord se exaltaba cuando encontraba las cosas fuera de su sitio, estuvo tan furioso que hasta puso a un par de sirvientes a vigilar, pero Hugh se las arregló para colarse por la ventana sin que nadie lo viera. Además como cada noche jugaba ajedrez con el conde, se enteraba fácilmente de sus planes para capturar al hada y podía sabotearlos fácilmente.

Su mayor travesura y al mismo tiempo la que más lamentó fue la del caballo frisón. Cuando motiló la crin del equino le pareció divertido, pero cuando vio la tristeza en los ojos del conde al ver al imponente caballo negro despojado de su famosa belleza, se sintió terriblemente culpable.

Ahora que leía de nuevo la carta, volvía a sentir un peso en su corazón, pero nada podía hacer, aunque Carrington le agradara, seguía siendo un Lesseps, y por tanto no era digno de su compasión. Por el contrario, debería agradecer que quisiera sacarlo del país, bien podría pagar a unos maleantes para que lo ejecutaran.

El estado de ánimo del conde decayó bastante con lo del caballo frisón. Las siguientes noches no hubo juegos de  ajedrez, ni discusiones filosóficas o políticas en el saloncito privado. Cesaron las invitaciones a cenar en la mesa del conde y Hugh volvió a la monotonía.

Días después del asunto del frisón, la señora Wight llegó para quedarse; ahora era la nueva institutriz de la señorita Marigold. Hugh pensó que era bueno para la niña, quien necesitaba con urgencia un modelo femenino.

Pero la llegada de la señora Wight empeoró su situación, pues la mujer parecía estar vigilándolo a él. Aparecía de pronto, en la biblioteca, en el salón, en el recibidor, en la escalinata, en el aula de los niños. Era una discreta acosadora que siempre tenía un pretexto para tropezar con él en los lugares menos inesperados. Motivo por el cual Hugh tuvo que mermar un poco sus incursiones nocturnas para hacerle fechorías al conde, temía que la mujer lo sorprendiera entrando por la ventana al despacho del conde.

La primera vez que escuchó hablar de Lady Marian fue el primer día de junio, cuando Hugh se unió al resto del servicio para tomar su desayuno.

―¿Entonces es muy importante esa dama? ―preguntó la señora Wight mientras ponía mantequilla en una de las tostadas.

―Muy importante. El Conde de Carrington tiene un afecto especial por Lady Marian de Littleton ―respondió Francis atrayendo las miradas hacia él―. En su último viaje a Londres nos quedamos en su casa, es una residencia preciosa en la mejor zona de Mayfair. ¡Ah! Y cuando el ama de llaves tiene que ir al mercado, mi Lady ordena que la lleven en uno de sus cabriolés.

―Es lo menos que puede hacer por su ama de llaves ―dijo la señora Hart.

―Eso dice mucho de una persona. Debe tratarse de una mujer muy generosa ―afirmó la señora Wight y después de un suspiro añadió―. No ha llegado y ya es digna de mi más ferviente admiración.

―Hace bien señora Wight, todos aprecian a Lady Marian de Littleton. Además ella quiere mucho al conde, el año pasado, para su cumpleaños le obsequió el caballo frisón... Mi Lady va a sorprenderse cuando vea lo que le hicieron a ese pobre animal ―dijo Francis bajando la voz.

El resto de la servidumbre asintió.

―Me parece bien que Lady Marian de Littleton haya decidido viajar desde el Distrito de los lagos, para visitar al conde. Todos saben que esta casa necesita la supervisión de una señora, una Lady Carrington, para ser exactos, y, mientras el conde busca a la mujer indicada, nadie mejor que Lady Marian de Littleton para ocuparse de esos asuntos.

―Esta casa ya tiene una mujer a cargo, ¿piensas acaso que estoy pintada, Francis? ―respondió molesta la señora Hart ―Cuidado con esa lengua, una palabra más y te dejaré sin cena.

―No me refería a eso, señora Hart. Todos saben que el conde de Carrington necesita una esposa, que tenga su mismo estatus ―Francis dirigió una mirada de desdén a la señora Wight y Hugh supo a lo que se refería el ayuda de cámara, el hombre continuó con su discurso―. El conde no se casará con alguien inferior, todas las condesas de Carrington han sido damas aristócratas. Lady Marian de Littleton no permitirá que él caiga en las garras de una oportunista sin linaje alguno.

―¿Quién es esta Lady Marian de Littleton de la que tanto hablan? ―preguntó Hugh temiendo que la dama tuviera planes para casarse con el conde.

―¿No lo sabe, señor Callum? ―Francis hizo la pregunta usando un tono sardónico y continuó hablando―. Me sorprende que el hombre que jugaba al ajedrez con el conde no lo sepa, o tal vez es porque no es tan allegado a él como pretendía serlo, y mi lord no vio la necesidad de hablarle de sus asuntos y, teniendo en cuenta que ha sido desterrado de la mesa del conde desde hace ocho días…

Hugh le dirigió una mirada de furia. Sabía que Francis le hablaba de esa manera porque creía que estaba tratando con un criado más de la casa. 

―Lady Marian de Littleton es la tía de Lord Carrington, ―El señor Phillips interrumpió el monólogo de Francis con voz muy seria―. Envió una nota informando su visita, debe llegar muy pronto… Y si no nos damos prisa, estará en Faery Manor antes de lo que canta un gallo.

No se dijo más hasta que todos terminaron de desayunar y fueron retirándose a sus quehaceres. Hugh se quedó un poco más tranquilo al saber que la visitante anunciada era la tía del conde, por alguna razón le molestaba si la mujer alabada por Francis fuera la próxima señora de Faerie Manor.

No queríaa una Lady Carrington, fuera quien fuera, de pronto comenzó a pensar que ningún tipo de mujer podía hacer buena pareja con Lord Carrington. Imaginaba que el conde se iba a aburrir si no tenía a su lado a alguien con quien conversar de sus libros, jugar al ajedrez y cabalgar. Además, las mujeres jóvenes de la alta sociedad querían vivir temporadas sociales en Londres y comprar vestidos a la moda, no radicarse en una mansión campestre.

Esa misma tarde llegó Lady Marian de Littleton.

―No tiene que preocuparse, ella nunca habla con la servidumbre ―dijo Francis a la institutriz.

―En ese caso, usted está a salvo, Francis ―respondió Hugh observando a la dama y sus acompañantes; después dirigió una mirada al conde, se veía atractivo con la levita azul y una pieza de marfil sujetando su corbata. Hugh desvió la mirada a los niños, esperando que se comportaran de manera apropiada.

Lord Carrington saludó a las damas con apropiados modales, los niños hicieron lo mismo. Marigold fue la primera en escabullirse hacia el interior de la casa y tras ella la señora Wight, quien decidió correr para evitar la mirada de reproche que le dirigió Lady Marian.

Hugh no quería saber nada de los parientes del conde. Pero al ver la manera en que lord Carrington tomó del brazo a una de las acompañantes de su tía, una joven cuyo rostro agradable exhibía una linda sonrisa. El preceptor no pudo evitar preguntar quién era.

―Es la señorita Christine, la hija de Lady Marian, ―respondió Phillips en voz baja, después de que los invitados entraron en la casa―. Todos esperan que se convierta en la futura señora de Faerie Manor…

Eso no le agradó a Hugh.

Leer la carta que el conde escribió a Sir Colin no resultó tranquilizador en ese aspecto, pues las líneas escritas no decían nada de los sentimientos del conde hacia la señorita Christine, pero sin duda el favoritismo del conde hacia la joven no podía negarse. Los había visto pasear juntos, uno al lado del otro conversando en voz baja y ella siempre estaba sonriendo.

Echó un último vistazo a la carta, allí sobre el escritorio y suspiró.

Silenciosamente salió del despacho del conde, y caminó de puntitas por el corredor. Entonces escuchó el llanto y los gritos de Marigold. A Hugh se le aceleró el corazón y corrió a ocultarse tras una de las columnas.

La niña estaba gritando, de pie, junto a la escalinata principal. La señora Wight se apresuró a atenderla, pero cualquier intento por tocarla solo empeoraba la situación. El salón se iluminó con la lámpara de la señora Hart que pasó corriendo hacia la escalera. La luz iluminó el rostro de Marigold que respondió con un chillido.

―¡Estas pataletas! ¡Haga algo, señora Wight!

―Hago lo que puedo. Pero si me acerco comienza a gritar más fuerte y si la agarro por la fuerza temo que nos vayamos las dos rodando por la escalera. Ayúdeme a sujetar sus pies, mientras le agarro los brazos…

―¡AAAAAAAAAAAH! ¡NOOOOOOOOOOO! ¡AAAAAAAAAAAH!

―¡Dios santo, chilla como si la estuvieran matando! ―dijo la señora Hart intentando agarrar a Marigold, pero la niña pataleaba.

―¿Y me lo dice a mí, que tengo que soportar esto todo el tiempo? ―se quejó la institutriz―. Ahora entiendo por qué las otras se marcharon.

―Antes sus berrinches no eran tan frecuentes como ahora. ¿Está segura que no se apagó la lámpara? La niña Marigold no puede dormir sin luz.

―Está muy malcriada.

Hugh oyó la voz varonil del conde y las quejas de Lady Marian respecto al horrible comportamiento de la niña:

―Deberías enviarla a un internado. Hay uno religioso en Escocia, sin duda las monjas corregirán con severidad su salvaje comportamiento. Toma tu cinturón y dale un par de azotes a esta niña para que deje la pataleta.

―Tía, mientras esté a cargo no voy a golpear a Marigold. Ve a descansar, me ocuparé de esto enseguida.

―Un conde no se ocupa de los deberes de una institutriz. Lo que necesitas es una esposa que se encargue de estos chicos y que además te mantenga ocupado en otros menesteres. Haz caso, dale una zurra a esta niña y deja que la señora Wight se haga cargo, que para eso la has contratado,  

―Mientras estés en mi casa, te pido que no interfieras en la educación de mis sobrinos, tía, ―dijo el conde de manera autoritaria. Con voz fría ordenó a la señora Hart que acompañara a Lady Marian a la habitación y mandó a la señora Wight a dormir.

Se sentó en la escalinata junto a Marigold, susurrándole palabras tranquilizadoras hasta que el llanto cesó. Hugh escuchó al conde decirle a la niña que el hombre malo no volvería a molestarla porque estaban a salvo en Faerie Manor.

―Y si sigues gritando, vas a despertar a las hadas guardianas que viven en la mansión.

―No me importan las hadas ―dijo la niña sollozando―. Las hadas son malas, le cortaron el pelo al caballito. Ya no las quiero. Además te hacen cosas malas…

―Eso fue porque se enojaron conmigo; dije que eran tontas y a las hadas no les gusta que les digan que son tontas. Pero eres una niña buena y las hadas te cuidarán.

―¿Ellas alejan al hombre malo, tío?

―Sí, ellas no permitirán que el hombre malo se acerque a Faerie Manor, nunca…

Hugh se recostó contra la columna, deslizándose hasta caer en el suelo y se abrazó. Viendo al conde consolar a la pequeña se preguntó si no estaba exagerando con vengarse de los Lesseps en nombre de quienes ya no estaban.

Carrington mostró un carácter fuerte a su tía, callando sus quejas; pero con Marigold se mostró dulce. Con ternura la acunó en sus brazos y hasta silbó una alegre melodía para tranquilizarla. Ese gesto desconcertó aún más a Hugh quien comenzó a cuestionar si alguien como Carrington merecía ser el objeto de su ira.

Cuando el conde se marchó con Marigold, Hugh suspiró aliviado, pues podría regresar a su habitación con tranquilidad. Sin embargo escuchó la voz de la señora Hart hablando de nuevo con la señora Wight. Si lo encontraban andando por el salón tendría mucho que explicar, pues su habitación estaba en un ala diferente, lejos de las habitaciones familiares de los Lesseps. Para evitarlas, Hugh decidió regresar dando la vuelta por los pasillos que conducen a la biblioteca, pasando por una de las galerías y un comedor para invitados. Era un camino más largo, pero más seguro.

Tardó un poco, buscando a tientas el pasillo indicado, pues estaba muy oscuro y temía tropezar, sin embargo, encontró la puerta de la biblioteca y caminó a tientas siguiendo su instinto.

De pronto la luz de una lámpara iluminó su rostro y escuchó la voz firme del conde preguntando

―¿Qué está haciendo ahí, señor Callum?

NOTA: Muchas gracias por los comentarios del capitulo 1, realmente es grato poder compartir esta historia con todos los lectores del blog de Milagros.


20 comentarios:

  1. Puxa...lo pillaron...jojojoji..que le de una buena zurra...jojojoj..tu ya sabes...bss..me gustó el capítulo...

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    1. Muchas gracias por comentar.
      Genial que te haya entretenido este capítulo,

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  2. Puxa...lo pillaron...jojojoji..que le de una buena zurra...jojojoj..tu ya sabes...bss..me gustó el capítulo...

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  3. me partí de la risa con "follada" en lugar de emperifollada jajaja
    mil gracias por el capi, besosss

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    1. Gracias por comentar.
      Como siempre, los niños Lesseps fabricando tormentas en vasos de agua.
      Me alegra muchísimo que te haya gustado esta alocada historia

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  4. Holaaaa me encantooo!!!!! jajajaja y oh ohhh creo que lo agarraronnn ajaja!! quiero leer mas!!! gracias gracias!!!!

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    1. Saludos.
      Hugh debería aprender de sus... Oh! No, a quién engaño? Es más divertido cuando Hugh se mete en problemas.
      Gracias por comentar, lamento tardar con los capítulos, ha sido un momento difícil para mi, pero gracias por el apoyo

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  5. Me ha encantado. Y me ha dejado con ganas de mucho más. Deseando saber cómo hace para salir de haber sido pillado. Muchas gracias.

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    1. Gracias por comentar.
      Si he conseguido hacer que sonrías leyendo este capítulo me doy por bien servida.
      En cuanto a Hugh, oh, no te preocupes por él... todavía

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  6. Anne muchas gracias por este capitulo me encanto.
    Que tengas bonito fin de semana.
    Saludos

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    1. Gracias por los buenos deseos, apenas tengo el tiempo para responder.
      Me da un gusto enorme saber que les ha gustado esta historia

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  7. Muchas gracias, esta muy bien escrito. Estoy deseando leer mas.
    un saludo

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    1. Gracias por comentar, ha sido complicado actualizar pero aquí estoy sin falta

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  8. gracias por el capitulo impaciente por mas ,lo has dejado muy interesante.
    Besos y hasta pronto

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    1. Muchísimas gracias por la lectura, por el comentario y por el apoyo

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  9. parece que hugh se ha metido en un pequeño lio, espero que el conde no lo despida, es bueno en su trabajo, aunque se ha pasado un poco con su extraña venganza, cortarle el pelo al pobre caballo, eso es cruel.

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    1. Gracias por comentar. Hugh es impulsivo, pero ya se las arreglará para salir de los líos en los que se mete.

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  10. Milagros... te extraño y extraño TUS libros :(
    Espero estes bien.

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  11. Hola milagros me gustaria saber si seguiras con la historia del tigre y sus dos problemas? Realmente me gusta esa serie y me he leido los dos libros anteriores sin parar y estoy muy ansiosa por continuar con el tercero :) me gustan mucho tus historias pero mis ansias son enormes por la continuación de la serie de los tigres ^^ espero puedas continuarla, mucha suerte en todo lo que haces. Saludos ♥

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  12. Bueno, ¡¡enganchadísima me he quedado!! Muy entretenido y un placer de lectura. ¡Sigue así!

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