lunes, 3 de octubre de 2016

La noche traviesa del conde -Capitulo 3 (Anne Scarlett)



Muchas gracias por el apoyo que me han brindado para continuar escribiendo esta novela:


Capítulo 3

Junio, 1817
A: Lord Elliot Grave
Número 20 de la calle Saint James,
Richmond, Londres.


Amigo mío:

Recibí tu nota. Para tu tranquilidad, adjunto a esta misiva una corta carta que puedes entregarle a mi madre, dile a la condesa que no tiene nada de qué preocuparse porque me encuentro en disfrutando del paisaje irlandés y volveré en cuanto me aburra de la paz de sus verdes campos. Ni se te ocurra mencionar que tengo trato con Los Lesseps, no quiero que a Lady Arden le de una apoplejía si llegara a enterarse del lugar en donde estoy viviendo.

Es posible que tarde un poco más de lo que acordamos, el plan se echó a perder, pero no desistiré en mi empeño por lograr que los echen muy lejos.

El verano en esta parte del reino ha sido refrescante, pero por desgracia no ha sido nada tranquilo. Faerie Manor está lleno de visitas que planean quedarse hasta el final de la estación. En su mayoría son parientes de Carrington: Una anciana tía, su hijo tullido y dos hijas solteronas, tres perros falderos y un montón de criados. Son los típicos parientes cansinos y entrometidos, especialmente la tía: Lady Marian de Littleton, la mujer vive metiendo las narices en todo.

Lady Littleton me invitó a tomar el té y me miró con sus ojos de cuervo, hizo preguntas, muchas, y cuando mencioné el nombre de Sir Dandridge, arrugó su encorvada nariz y dijo con tono despectivo: “Ese vulgar escocés arribista, espero que usted, señor Callum, sepa cuál es el lugar que le corresponde” A lo que Lord Carrington le ha dicho: “Tía, el señor Callum no tiene la culpa de ser haber nacido en Escocia y su comportamiento, a mí vista, ha sido intachable”. Opino que Carrington es un hombre justo, pero su tía es un grano en el culo. Ella siempre me mira con clara desaprobación, apuesto a que si supiera quien soy le daría un soponcio. Ayer tuvo la osadía de cuestionar mi manera de enseñar a los muchachos, pero Lord Carrington la ha puesto en su lugar diciéndole que no interfiera en la educación de sus sobrinos y me deje realizar el trabajo para el que me ha contratado. Cuando habla de esa manera, me estremezco y siento un poquito de remordimiento por las cosas malvadas que he hecho. Quizá el actual conde Carrington no es un mal tipo, debo reconocer que me trata bastante bien, hemos conversado mucho últimamente. ¿Sabes? También cree que Keats es un melancólico, aunque prefiere sus sonetos a los de Byron, estuvimos discutiendo sobre poesía casi todas las noches, antes de que su entrometida tía llegara de visita y acaparara todo el tiempo del conde con sus ridiculeces. Ahora solo podemos conversar a solas muy de vez en cuando.

Me alegra saber que el verdadero señor Callum se ha recuperado completamente y que ha aceptado tan conveniente acuerdo, asegúrate de entregarle las quinientas libras que ha pedido y que tome el barco rumbo a Norteamérica. Es un hombre de palabra, si cumplimos nuestra parte, el cumplirá la suya.

Es grato saber que cuento con vuestra amistad incondicional.

Sinceramente,

Lord Hugh Collingwood; Vizconde Arden.




Hugh se apresuró a sellar con lacre la carta y salió a toda prisa por la puerta de empleados de Faerie Manor. Ya era muy tarde cuando llegó el chico de los recados que su amigo, lord Grave, siempre enviaba para que entregara su correspondencia más privada.

El chico no tenía más de dieciséis, y aunque un poco enclenque hacía bien los encargos de Grave, envuelto en una capa oscura, esperaba recostado contra el postigo de la entrada trasera. Hugh le entregó el paquetito con las cartas, además de entregarle dos monedas para que el chico pudiera pasar la noche en alguna posada y una bolsita con queso y pan.

―Gracia mi lor ―dijo el muchacho en voz baja.

Hugh apretó los labios y frunció las cejas: ―¡Shiiiii! ¡Qué nadie escuche!

―Como u’te quiera, mi lor.

Hugh entornó la mirada, esperando que nadie hubiera escuchado la conversación. Antes de que se levantara alguna sospecha se apresuró a despedirse para que el chico se fuera y regresó con rapidez a su habitación donde respiró con un poco más de alivio pues si por casualidad el conde volviera a encontrarlo fuera de lugar dudaba de tener a mano una explicación tan convincente como la de la otra noche.

Sonrió. Algo dentro de él le decía que encontrarse de nuevo con el conde a mitad de la noche sería bastante complaciente. Se tendió en la cama y recordó complacido el rostro de Carrington iluminado con la luz tenue de la lámpara que sostenía en la mano y el murmullo suave de su voz cuando le preguntó con un toque de severidad: ―¿Qué está haciendo ahí, señor Callum?

Hugh casi se queda sin voz, pero pronto se apresuró a decir: ―No podía dormir, así que decidí dirigirme a la biblioteca para buscar algo que leer, si mal no recuerdo usted dijo que podía disponer de los libros que hay aquí, pero si le he ofendido, mi lord, le pido me disculpe...

Sí, era una tonta excusa, pero debido a los alaridos de Marigold no era extraño que muchos de los visitantes y criados de la casa hubieran despertado. Lord Carrington sacudió la cabeza y se apartó para invitarlo con el gesto a pasar a la biblioteca: ―No tiene que disculparse, ha sido una noche difícil para todos.

Hugh suspiró, la luz de la vela proyectando sombras siniestras en la habitación, sombras que trajeron a su mente el recuerdo de la sombra del conde Carrington que se proyectó en los estantes de la biblioteca.

No conversaron mucho. Hugh se limitó a tomar una copia de Inventione de Cicerón y la colocó bajo su brazo, observando de reojo la manera en que el conde se dirigía hacia la ventana, con el rostro meditabundo y sus ojos ligeramente apagados, como si estuvieran cubiertos por un manto de preocupación.

―¿Piensa que soy un idiota sentimentalista, señor Callum? ―Preguntó de pronto, con la mirada perdida en la oscuridad de la noche que se divisaba desde el cristal.

―¿Eh? ¿Mmm? ―Hugh se congeló y parpadeó con perplejidad, ordenó los pensamientos en su mente y respondió suavemente―. No me parece que sea un sentimentalista, mi lord, tal vez solo está un poco… cansado.

―No me hagas caso, creo que estoy divagando. Llevo varias noches en vela… el hombre que revuelve mis pertenencias y hurga en los cajones de mi escritorio sigue causando dolores de cabeza, y ahora, Marigold… ―Suspiró, bajó la cabeza y cerró los ojos, como si se hubiera quedado dormido recostado contra el marco de la ventana.

Hugh volvió a sentir una punzada de culpa. Bajó la mirada avergonzado, frente a él estaba el hombre que consideraba enemigo de su familia, mostrándose taciturno y cansando; no como el conde prepotente, orgulloso y huraño que pensaba que era, que le dijeron que era, que le enseñaron a odiar. No, frente a él estaba un hombre apuesto a punto de derrumbarse y lo peor, es que al parecer confiaba lo suficiente en él para preguntar algo sobre su persona. Hugh tensó la mandíbula y volvió la mirada hacia la pared, la sombra de los dos hombres se proyectaba sobre el cuadro de una escena bucólica del siglo pasado, pero él no se fijó en esos detalles, porque sus pensamientos zumbaban como un enjambre enfurecido y no conseguía acallar la voz de su conciencia. Cuando finalmente quiso decir algo se quedó mirando la espalda recta del conde y las palabras no salieron de su boca.

Carrington se apartó de la ventana, su postura volvió a la rigidez habitual que caracterizaba a los hombres de su estatus. Hugh lo observaba con atención sin hacer un solo movimiento, seguía frente a la estantería con el libro bajo el brazo y una mano apoyada en el lomo de otro libro. El conde asintió con la cabeza, y habló con una suavidad que contrastaba con la rigidez de su expresión: ―Que tenga una buena noche, señor Callum.

Hugh tragó saliva y sin perder de vista cada detalle del rostro del conde, respondió en voz baja: ―Igualmente, mi lord.

Entonces se volvió hacia el estante y fijó la mirada en los libros que tenía frente a él. Incapaz de decidir cuál tomaría, deslizó los dedos por los lomos cuyo título estaban tenuemente iluminados por la luz de la lámpara que el conde dejó en la mesita junto a la ventana. Con rigidez tomó el Opticks de Isaac Newton, un ejemplar original que databa de 1704, perfectamente conservado. Hugh respiraba con fingida tranquilidad. El conde aún no había abandonado la biblioteca, pese a que ya le había dado las buenas noches y su presencia silenciosa despertó en él una ansiedad que no podía comprender.

―Extraño mucho nuestras conversaciones en el salón de caballeros, los juegos de ajedrez y nuestras discusiones a la luz de la chimenea. En cuanto mi tía se marche, desearía que retomáramos esa rutina, señor Callum.

―Será un placer, mi lord ―respondió azorado como un colegial que es invitado a su primera cita de amor. Mantuvo la mirada en el libro de Isaac Newton, y solo cuando escuchó el sonido de la puerta cerrándose, suspiró aliviado porque la tensión había llegado a su fin.

A partir de entonces Hugh recordaba ese pequeño encuentro una y otra vez, ansiaba que el verano terminara y las visitas se marcharan para poder encontrarse con Carrington de manera más personal.




Hugh abrió el libro e intentó concentrarse en la lectura. Zachary y Lawrence se encontraban jugando junto a la fuente con barcos de papel, que seguramente habían elaborado usando las páginas del periódico. Era un día de verano bastante agradable y por eso decidió dar a los chicos un descanso, y de paso tomar algo de tiempo para sí. Su lectura fue interrumpida por los gritos de Marigold quien corrió hacia donde ellos se encontraban seguida por una furiosa señora Wight y una de las doncellas.

―¡Señor Callum! ¡Atrape a esa niña! ―gritó la señora Wight, pero Hugh optó por ignorarla.

La mujer se acercó a él casi sin aliento y colocó las manos en su cintura mientras veía la manera en que la chiquilla se las arreglaba para seguir corriendo rumbo a los establos.

―¡Gracias, señor Callum! ¡Es usted taaaaaaaan caballeroso!

Hugh levantó una ceja, miró a la mujer con un poco de desdén y volvió a posar su mirada en la página del libro antes de decir.

―Gracias, siempre es bueno escuchar halagos de vez en cuando. 

―¿No entiende el sarcasmo, verdad?... ¿Por qué no me ayudó a atrapar a esa niña? ¡Y no se excuse diciendo que no escuchó lo que le estaba gritando! ¿No me diga que teme que una niña pequeña lo muerda?

―La rabia se contagia con la mordedura de un perro, no sabemos si la excentricidad de los Lesseps también ―respondió pasando la página del libro.

La señora Wight frunció el entrecejo, le quitó el libro de las manos y le dio la vuelta, dejándolo de nuevo en las manos de Hugh: ―Creo que así es más fácil de leer.

―Ya lo sé, pero es menos entretenido ―dijo para irritar a la mujer, volviendo a poner el libro del lado contrario, como si quisiera leerlo con las letras de cabeza. Hizo una mueca a la mujer cuya expresiva boca no tardó en mostrarle mayor enojo del que ya tenía; para recordarle que se marchara, añadió―. ¿No irá a perseguir a Marigold?

―No, ha ido a esconderse en los establos, donde posiblemente están ellos y no quiero hacer el ridículo yendo a buscar a una niña que posiblemente no voy a encontrar. ¡Cielos! ¡Van a pensar que solo he ido a husmear!... La vida de una institutriz es tan difícil, ¿no lo cree usted, señor Callum?... Soportar mujeres agrias, como Lady Marian de Littleton, criticando todo lo que una hace; si no fuera porque necesito el dinero... ¿Cree que ellos salgan a pasear otra vez?

―Si está interesada en saberlo diríjase al establo y déjeme leer en paz ―dijo Hugh sin ocultar su exasperación. Estaba harto de las habladurías de todos los sirvientes que insistían en que cuando acabara el verano, el conde anunciara su compromiso con la señorita Christine.

―¡Ay! Pero qué sensible está hoy, señor Callum. ¿Acaso no siente curiosidad?

―¿Por  qué he de sentirla?... No estoy interesado en atrapar un marido con título de nobleza.

―Por supuesto que no, pero ¿qué sucedería si no fuera del agrado de la nueva condesa de Carrington? ―Ella se sentó junto a él y fijó su mirada en el camino que conducía a los establos―. Cuando un hombre se casa, las reglas del juego cambian… Si por ejemplo, usted no fuera del agrado de la nueva condesa, ya no será invitado a cenar con el conde, por supuesto, ella querrá tener sus propios hijos y no tardará en enviar a los sobrinos de Carrington a un internado. Lo dijo esa vieja agria: “Hay un internado en Escocia”.

―El conde ya tiene planeado enviar a sus sobrinos a un internado, ¿por qué cree que me ha contratado? ―Hugh dejó de mirar la página para darle una mirada desafiante―. Además no soy mujer, así que la mujer que se case con Carrington no tiene motivos para sospechar de mí. En cambio si fuera una viuda, joven, sola…

―¡Ay, Callum! Usted tiene mucha imaginación. Por supuesto me preocupa quedarme sin trabajo, pero no estoy interesada en el conde. Basta ver la manera en que sus ojos brillan para reconocer que está enamorado, y no hay nada manera más efectiva para atraer la desdicha que metiéndose con un hombre que quiere a otra. No, no estoy interesada en él. Además Lady Mitford me contó que las riquezas del conde no son tan grandes, posiblemente está arruinado y necesita casarse con una mujer rica, no con una pobre institutriz ―Suspiró y llevó la mirada al cielo despejado―. Es una pena… Carrington es un hombre muy guapo… Si se comprometen, ¿cree que haya boda pronto?... ¿eh?... ¿Señor Callum?... ¿Me está escuchando?

―¿Dice que el conde está enamorado? ―preguntó sorprendido, sintiendo que algo se arremolinaba dentro de su vientre y que las palpitaciones de su corazón se aceleraban―. ¿Está segura?

―Una persona enamorada reconoce a otra con solo echar un vistazo. Hay ciertas… señales. ¿Se ha enamorado alguna vez, señor Callum? ―preguntó, pero después de una pausa sin que Hugh pronunciara respuesta, continuó diciendo―. Obviamente no, por eso está soltero y no entiende estas cosas… De todos modos, nuestro amable conde está enamorado, pero no de la señorita Christine.

―¿Cómo sabe que no está enamorado de señorita Christine?

―Por la distancia física entre ellos, por la forma en que la mira y el trato que dispensa, que no es muy diferente a la deferencia que muestra con su otra prima, el trata a las dos damas como si fueran sus hermanas. No, el Conde Carrington está enamorado de otra persona. Pobre señorita Christine si se casa con un hombre que no la ama. Será una persona desdichada, como casi todas las esposas de conveniencia. Debe creerme, sé mucho de esas cosas.

―Y… ¿De quién está enamorado? ―preguntó Hugh con mucho interés.


―No lo sé, pero de que está enamorado, está enamorado. Hace tres días, por la mañana, cuando me lo encontré en el pasillo que lleva a la biblioteca estaba tarareando Greensleeves, me dijo: “Tenga usted un buen día”, estaba tan distraído que entró a la biblioteca a dejar un libro y olvidó su guante sobre el sillón, y al rato regresó y se sentó sobre este mientras registraba el pequeño escritorio, ordenó los papeles y los cajones antes de marcharse, pero no habían pasado cinco minutos cuando regresó e hizo lo mismo nuevamente, hasta que me atreví a preguntar qué estaba buscando, cuando me lo dijo, le indiqué que me parecía haberlo visto sobre la silla en la que estaba sentado, entonces me dijo: “¿Está segura, señora Wight? Siempre tengo cuidado en colocar los guantes en esta equina del escritorio”

―Un olvido lo tiene cualquiera.

―Él no. Es demasiado organizado y meticuloso. Tiene un horario fijo para cada actividad y rara vez rompe sus hábitos, además de asignar un lugar para cada cosa y siempre se disgusta cuando le  mueven los objetos de lugar. Ya sabes, no tolera ni una sola mota de polvo en la mansión y el señor Phillips ha destinado dos lacayos que se dedican exclusivamente a limpiar una y otra vez las estancias predilectas del conde para evitar que la más mínima mota de mugre le provoque un desmayo. Pobre señor Phillips, a veces no sé cómo aguanta las manías del Conde Carrington, si yo tuviera un patrón revisando tres veces al día que no haya una mota de polvo en el alfeizar que acabo de limpiar, me volvería loca… ―Miró a un lado y otro y bajando la voz añadió―: Está mal alegrarse por las desgracias ajenas, lo sé, pero me da gustito que el sujeto que le ha hecho esas bromas desordenando todo, le está dando su merecido. ¿Sabe qué creo? Que es alguien que lo conoce lo suficiente para saber que ese es su talón de Aquiles.

―Sí, ha dado en su talón de Aquiles. ―dijo Hugh bajando la mirada, sintiendo de nuevo la carga de la culpa.

La señora Wight le dedicó una sonrisa antes de seguir hablando de las manías del conde. Y aunque tenía mucho que decir sobre las ocasiones en que lo vio limpiando con un pañuelo blanco los cubiertos antes de llevarse un bocado a la boca, o el número de veces en que lo había visto sacudiéndose pelusas “imaginarias” de su casaca, Hugh no le prestó atención, el gusanillo de la curiosidad se instaló en su mente y solo tenía cabeza para preguntarse: ¿Quién era aquella persona de la que estaba enamorado al conde? ¿Cómo sería? ¿Cuándo la conocería?

Y ese pensamiento se instaló en él de manera permanente. Los siguientes días, cada vez que veía al conde no podía evitar pensar en la identidad de ese alguien, cosa que lo ponía de un humor irritante, entonces cediendo a sus impulsos, recordaba que su deber era hacerle la vida imposible a Carrington y no dejaba escapar oportunidad para recordarle cuánto lo odiaban “las hadas de Faerie Manor”.

Evitó algunos sitios de la casa donde pudiera encontrarse con el conde, se refugiaba en su habitación o en el aula de estudios. Dejó de buscar libros en la biblioteca de la mansión, abandonó los paseos por el jardín y de vez en cuando se unía a las actividades de los niños, tales como la pesca o vagabundear por el condado. Prefería soportar las historias sin sentido de Lawrence y los silencios prolongados de Zachary a encontrarse a solas con el conde y ver en la cara las señales que había mencionado la señora Wight.

Una mañana, después del servicio religioso, Hugh se dirigió al salón de música de la mansión. Se trataba de una sala espaciosa con espacio suficiente para un pequeño concierto familiar. Las paredes estaban decoradas con cuadros de damas tocando instrumentos o escenas de baile, igual que otras dependencias de la mansión, la luz entraba por los amplios ventanales que daban al jardín. Hugh las recorrió rápidamente con la mirada. Era la segunda vez que entraba en ese sitio, normalmente permanecía con las puertas cerradas, y no había capturado por completo su atención hasta ese día, cuando escuchó durante el desayuno, que la noche anterior, el conde había tocado un trocito de uno de los conciertos para piano de Mozart a petición de su tía.

A Hugh le gustaba tocar el piano, era uno de los pocos placeres que se permitía de vez en cuando. No era un pianista virtuoso y cuando era un chiquillo el maestro había dicho que su habilidad no tenía nada notable, pero cuando sus dedos recorrían las teclas blancas y negras sentía como si la música entrara por cada poro de su cuerpo haciéndolo vibrar.

Se acercó al piano y levantó con cuidado la tapa del teclado, acarició algunas teclas y dejando a un lado la amargura que le acompañó durante la semana, sonrió relajadamente. Se sentó en el banco y cerró los ojos para tocar algunas notas que había aprendido de memoria. Cometió algunos errores, pero la música fluyó bastante bien, cuando dejó de tocar mordió su labio inferior y pensó en Carrington.

No tenía idea de que ese hombre supiera tocar el piano porque su madre siempre le dijo que los Lesseps no habían recibido una adecuada educación. Especialmente después de que la condesa de Carrington se quitara la vida y los chicos quedaran a merced de un padre descuidado.

Un pequeño aplauso puso fin a los pensamientos de Hugh. Levantó la mirada y vio a la señorita Annelise junto a la puerta, sonriendo complacida. Él no pudo menos que saludarla con un gesto, pero mantuvo la mandíbula apretada, estaba seguro de haber escuchado que Carrington y sus visitantes no estaban en casa.

―¡Qué bonito toca, usted! ―Ella atravesó la sala y se acercó a Hugh―. ¿Podría volver a tocar?

―No soy muy hábil, señorita Watkins.

―No diga esas cosas, acabo de escucharlo y su melodía me ha gustado mucho. ¿Es un reel, verdad?

―Un pobre intento de reel… ¿Toca el piano, señorita? ―Hugh quería preguntar qué hacía ella en ese lugar, pero prefirió mantener el rumbo de la conversación.

―Nunca fui buena para el piano, no tengo la gracia, ni el talento de Christine. Así que mi tía, Lady Marian, me permitió tomar lecciones de harpa, es lo que mejor se me da. Ella dice que toda dama bien educada debe saber tocar un instrumento musical ―La señorita Watkins tomó asiento y asintió, dando su consentimiento para que Hugh continuara tocando el piano.

Hugh tomó una de las partituras y comenzó a tocar una pieza sencilla. De vez en cuando echaba un vistazo a la mujer y recordaba lo que la señora Hart había dicho de ella, que era hija de la hermana fallecida del conde y que la crio Lady Littleton, Phillips mencionó que su padre fue un próspero comerciante  y que murió joven a causa de las fiebres de verano, que la señorita  Annelise Watkins, quien rondaba los treinta y cinco años,  nunca se casó aunque tuvo un pretendiente al que quiso mucho, pero murió en la guerra y desde entonces viste atuendos de color negro, como si fuera una viuda. 

Hugh no tenía queja de la señorita Watkins, solo podía decir que era una mujer amable, de maneras apropiadas y un carácter bondadoso. Francis, en cambio decía que era una mujer testaruda y con cierta tendencia a hacer comentarios ácidos, sin embargo, en la opinión del ayuda de cámara del conde, ella era la prima favorita de Carrington.

Al verla ahí, Hugh se preguntó si ella era la destinataria de los afectos del conde, y en caso afirmativo, ¿Qué podía ser lo que él veía en ella? Obviamente no belleza física, porque la señorita Annelise no era precisamente una mujer atractiva, con su piel blanca como la leche, los ojos pequeñitos de color castaño, el cabello oscuro sujeto siempre con un moño tan tirante que dejaba la frente al descubierto sin ninguno de los rizos que estaban tan de moda, la nariz pequeña y torcida, como si en algún momento se la hubiera roto, y la boca pequeña. Ella no acostumbraba a reír y cuando lo hacía tendía a cubrirse la boca con la mano. Francis decía que era porque tenía los dientes disparejos y una sonrisa fea.

―¿Así que aquí estabas, Annelise? ―lord Carrington entró al salón de música acompañado de su prima.

―Me atrajo el sonido de la música. No nos contaste que el maestro de tus niños tocaba el piano.

―No sabía que supiera hacerlo ―dijo el conde levantando su mirada hacia el instrumento. Saludó a Hugh con un movimiento de cabeza y le sonrió con amabilidad―. Será un placer escucharlo tocar…

―Sinceramente no soy bueno yo…

―Le gusta fingir modestia ―interrumpió la señorita Annelise mirando a su primo―. Acabo de escucharlo tocar y lo hizo bastante bien.

―En ese caso, hay que escuchar al señor Callum tocar alguna pieza ―sugirió Christine abanicándose―. ¿Estará bien si despierto a mamá para que no se pierda el concierto?

―No está bien despertar a Lady Marian, cuando no toma su siesta completa se levanta con un humor de perros. Mejor que quede entre nosotros, será más, personal e íntimo ―dijo Carrington sentándose junto a Annelise, pero manteniendo la mirada en el rostro de Hugh.

―Por si no lo notó, acabo de apuñalar a Bach, señorita Watkins. Pero si insiste en que hacer llorar al piano y sangrar oídos es una habilidad notable, pues adelante, tocaré una pequeña pieza musical ―Hugh se acomodó en el banco y colocó las manos sobre las teclas.

Nunca antes había tocado tan mal en su vida, posiblemente su viejo maestro de música estaría revolcándose en su tumba. No lo hizo a propósito, simplemente fallo porque no podía soportar la mirada del conde y haber comprobado lo que dijo la institutriz, que Carrington estaba enamorado y sus ojos azules brillaban como los de un pájaro feliz.

Cuando terminó de tocar la melodía observó los rostros de los presentes. La señorita Annelise sonreía de manera traviesa, la señorita Christine tenía la expresión de quien acababa de presenciar un horrendo crimen y el conde lo estaba mirando boquiabierto.

Hubo un aplauso que atrajo la atención de los presentes, cubierta de polvo, atraída por la música, Marigold salió de uno de sus escondites y sonriendo corrió por la sala de música sacudiendo el polvo de su vestidito por doquier. Carrington miró a la niña con la misma expresión que Christine usara segundos antes y Annelise se apresuró a dejar el asiento.

―No te preocupes, ya me hago cargo.

Ordenó a Christine que abriera la ventana y llamó a Phillips para que vinieran a limpiar las huellas de Marigold, después, haciendo uso de su dulzura convenció a la niña para que la siguiera. Christine estaba abanicando al conde quien se puso pálido.

Hugh no supo que hacer y mientras observaba el desaguisado, prometió no volver a entrar en la sala de música de Faerie Manor.



Los días de la semana pasaron rápidamente, Hugh se metió de lleno en sus actividades habituales. El clima del norte durante el verano era maravilloso, lo suficientemente cálido para alejar el frío y lo suficientemente fresco para no cocinarse al salir a pasear por el campo.

Los chicos llevaron cañas de pescar y fueron al lago. Hugh por su parte decidió cabalgar un poco para despejar su mente y pensar en el siguiente movimiento para fastidiar a Carrington.

La cabalgata terminó en una colina desde donde podía divisar parte del condado y por supuesto, la fastuosidad de Faerie Manor, comprobando de nuevo aquella herencia que los anteriores condes dejaron a sus descendientes, un lugar tan bello que costó una fortuna, después de todo, las deudas acumuladas por los Carrington habían valido la pena solo por la vista que ofrecía la fría e imponente mansión.

Francis decía que a lord Carrington no le importaba mucho terminar la obra y había decidido dejar la mansión tal cual la heredó. Hugh estaba de acuerdo con eso, al parecer el conde no era ningún tonto, y sabía que terminar las modificaciones del conde anterior solo traería más ruina al condado, además Carrington no tenía dinero suficiente para una obra de tal envergadura, el chisme de la quiebra de los Lesseps era real, o eso confirmó la noche anterior cuando estuvo husmeando las cartas del conde y leyó algunas misivas de los acreedores.

Posiblemente Faerie Manor corría el riesgo de ser embargada, pero Hugh no había podido confirmarlo y no había podido sacarle información al recio mayordomo respecto a ese tema.

Contempló aquella tierra y suspiró preguntándose si cuando su misión estuviera completa y se marchara extrañaría todo aquello.

El caballo relinchó y Hugh tiró de la rienda para dar la vuelta y regresar por donde vino. Cuando llegó a la mansión vio en la entrada principal a la señorita Christine y a Lady Marian dando la bienvenida a una pareja que descendía de un coche.

Hugh desmontó y corrió a zancadas rodeando el jardín para poder espiar más de cerca aquella escena.

Se trataba de un hombre y una dama que fueron rápidamente atendidos.

La mujer era alta y el color lavanda del vestido de muselina podía apreciarse bajo su chaqueta corte Spencer color azul celeste, por el modo de vestir Hugh dedujo varias cosas, que la dama era soltera y además joven, pues eran colores propios de una debutante. No pudo ver bien el rostro de la chica porque el sombrero emplumado no se lo permitió, entonces no pudo juzgar si su rostro era bello.

El caballero también vestía bastante bien y no tardó en quitarse el sombrero de copa para tomar la mano de la señorita Christine y besar el delicado dorso. La prima del conde se ruborizó.

―Señor Barrett, no se quede ahí, entre, hay zumo de lima ―habló Lady Marian con voz autoritaria.

Christine tomó el brazo del hombre y caminó con él hacia la escalinata del pórtico. Entonces Hugh reconoció al recién llegado: Richard Stanton.

Hugh maldijo en voz baja durante su corta caminata hacia la puerta trasera de la mansión y cruzó los dedos esperando que la visita de Stanton no se prologara, pero al día siguiente se enteró que Richard Stanton era el prometido de la señorita Christine, que pronto se casarían y que el caballero y su medio hermana se quedarían en Faerie Manor hasta que Lady Marian se marchara. Las habladurías de los sirvientes de la casa iban y venían, dispuestos a no perder un solo detalle sobre los recién llegados, especialmente ahora que sabían que la señorita Christine no iba a casarse con el conde.

Para Hugh esas fueron pésimas noticias. A Stanton lo conoció cuando recién terminó los estudios, y aunque no eran amigos muy cercanos, lo que recordaba por lo que era: un pícaro dado a las apuestas, la bebida y las entretenciones frívolas. Además su aspecto varonil y su carácter alegre atraían a las mujeres de la misma forma que la miel atraía a las abejas. La última vez que Hugh lo vio, Stanton estaba pidiendo dinero prestado para dirigirse a Irlanda y escapar de los balazos que un furioso marido prometió darle si lo volvía a ver, lo siguiente que supo de él fue que se había enlistado en el ejército para poner fin a una deuda de honor que tenía pendiente con un caballero londinense; aunque en el Club de caballeros, se llegó a mencionar que se había desposado con la hija de un coronel y que se marchó a Bath.

Pero tras escuchar todos los chismes de los criados de Faerie Manor, Hugh comprobó que las habladurías carecían de veracidad, pues Stanton no lucía la casaca roja, tampoco estaba casado y por lo visto le iba muy bien.

‹‹Tengo que  marcharme hasta que el verano termine y Stanton se marche››, pensó dando vueltas por el salón de clase de los chicos, ‹‹pero si me marcho, no habrá modo de continuar aburriendo a Carrington para que se largue y adivinarán que he sido el culpable››. Se quedó contemplando el globo terráqueo que había sobre una de las mesas y el atlas de hojas amarillentas donde diversas líneas indicaban los nombres de los continentes.

―Tal vez pueda seguir evadiendo cualquier posibilidad de encontrarnos frente a frente ―dijo tomando asiento antes de recostar la cabeza sobre la tela blanca del mantel―. Mi madre tiene razón, Hugh debes pensar antes de actuar…

Suspiró agotado, las opciones se estaban agotando y todavía no encontraba nada que pudiera precipitar la salida de los Lesseps. Quizá debiera replantear su plan… ¿Qué había dicho la condesa? “Ojalá Carrington se cayera del caballo y se matara; ojalá que le cayera un rayo encima”. Si su padre no fuera un hombre de carácter débil y sumiso habría escrito a otros lores para pedir al Regente que declarara a Carrington persona non grata y fuera expulsado de la buena sociedad, eso era más de lo que los Lesseps merecían después de haber causado tanto daño.

Hugh levantó la cabeza y su cuerpo se puso rígido cuando la puerta se abrió con brusquedad y vio a Marigold corriendo hacia el interior del lugar, buscando con la mirada un lugar para esconderse. La niña palideció cuando lo vio, pero corrió hacia él. Hugh dio un salto hacia atrás sorprendido por la osadía de la niña que solo tenía puestos los calzones blancos cuyo encaje le cubría las rodillas y la cara cubierta con el pelo despeinado. Ella se metió bajo la mesa del globo terráqueo, y levantó parte del mantel para mirarlo suplicante, llevó el dedo a sus pequeños labios y susurró: shiiiiiiiiii

Hugh no pudo evitar sonreír y asentir, después de todo, Marigold era responsabilidad de la señora Wight, no suya. Y el conde había pedido expresamente que él mantuviera su distancia de la niña.

―Señor Callum, ¿Ha visto a la niña Marigold? ―preguntó una de las mucamas dirigiéndose al aula de los chicos.

―No, no la he visto ―respondió con rigidez.

La muchacha asintió y regresó al corredor. Se escuchó el cuchicheo de algunas voces femeninas, la señora Hart ordenando a las mucamas que buscaran en el jardín, en el patio trasero, en cada corredor y habitación. 

―¿Ya se fueron? ―preguntó la niña susurrando sin salir de su escondite.

―Siguen buscando. ¿Qué ocurre? ¿Hora del baño? ¿Hora de un cambio de atuendo? ¿Volvieron a encontrarte piojos en la cabeza? ―preguntó burlonamente abriendo un libro de aritmética para preparar la lección de la tarde, cuando los chicos regresaran de la lección de equitación.

―Vino una modista…

―¡Oh! Eso es bueno, significa que van a coser vestidos nuevos y lindos. A todas las niñas les gusta estrenar ropas bonitas ―dijo Hugh animadamente, recordando a sus vanidosas hermanas que siempre peleaban por ser la primera en ir con la modista.

―Me gustan mis vestidos. No necesito más.

―El amarillo te queda chico, el rosa se rompió anteayer cuando trepaste al árbol, el azul se manchó con tinta negra, el verde está rasgado y el negro desapareció misteriosamente. La señora Wight dijo que nunca antes había visto a una niña acabar con vestidos en un santiamén como lo haces tú ―dijo recordando las quejas de la institutriz.

―Todavía me queda mi vestido de ovejita.

―¿Ovejita?

―El que trajo mi tío, es blanco como copo de nieve y mucho muy suave, con muchísimas capas de encaje, cuando doy vueltas la falda se levanta, es mi vestidito preferido en todo el mundo… La señora Wight no me deja usarlo, dice que no es apropiado para el campo. La señora Wight es aburrida y regañona, me da miedo cuando grita.

―La señora Wight no tendría que regañarte si no huyeras por cualquier cosa ―Hugh dejó el libro de aritmética y fue al otro extremo del salón de clase.

Con un solo movimiento apartó una sábana que cubría un baúl y sacudió la tela amarillenta varias veces para quitar la capa de polvo que se había acumulado desde la última vez que la movió. Levantó la tapa del baúl y miró los vasos redondeados de vidrio, los embudos de decantación, los globos de cristal con ganchos, diferentes tipos de vasos cuyo cristal amarillento delataba el paso de los años, también una serie de tubos de cristal de diferentes tamaños y formas y un microscopio Nachet del siglo XVIII. Hugh no había dado a los Lesseps la oportunidad de usar todos los elementos de aquel maravilloso juego de química, temía que Lawrence hiciera volar la casa, pero ya habían realizado algunos experimentos sencillos usando los lentes y espejuelos, pero por ahora nada de químicos. Después de hacer un inventario visual de las piezas cerró la tapa del baúl y continuó sacudiendo la tela.

―¡Señor Callum! ¿Ha visto a la pequeña Marigold? ―preguntó la señora Wight entrando al aula de clase luego de golpear tres veces la puerta.

Hugh entornó la mirada de manera juguetona y fijó los ojos en la parte inferior de la mesa, donde las manitos de Marigold eran visibles bajo el mantel. Sonrió socarronamente y dijo:

―Por enésima vez: no. No la he visto.

―¡Esa niña!... ―La institutriz se sentó en el banco de uno de los chicos y suspiró―. No sé qué hacer con ella… Es la primera vez que conozco una niña tan rebelde, hostil y malcriada. ¡Me mordió!

―Lave la mordedura con whisky, mi nana solía decir que de esa manera se evita que la gangrena se extienda por el brazo. Aunque a estas alturas no le garantizo que no pierda la mano.

―¡Señor Callum! ¡Qué antipático es usted! ―Ella sacudió la cabeza y le dirigió una mirada de enojo―. No quiero darme por vencida tan pronto. Francis dice que a las otras institutrices no les fue mejor y que tarde o temprano terminaré por desistir y huir.

―Francis dice muchas necedades, pero no está del todo errado. A la que había antes que usted los Lesseps le llenaron la cama con orugas ―Hugh sintió placer al ver el rostro de la mujer palidecer, dispuesto a ampliar la información, añadió―: Usaron las enaguas de la señorita como lienzo para pintar con acuarelas, y a la que estuvo antes, le cortaron el cabello. Hubo otra, le pusieron pegamento en la falda…

―¡Cielos! ¡Qué chicos tan traviesos! Creo que he sido afortunada porque no han hecho nada en contra mía.

―Los Lesseps no hacen nada cuando el conde está en casa ―dijo viendo la manera en que ella apretaba el mentón y agitaba las manos. Gozó asustándola de esa manera―. Pero cuando el conde sale… ¡Uh! Como decía mi nana: “Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta”.

―No han hecho nada contra usted, señor Callum.

―Voy un paso delante de ellos. Un día tuve su edad, no es tan difícil… ―Sonrió socarronamente―. En mi experiencia, los niños Lesseps son como los caballos: No hay que tirar mucho de la rienda, ni tampoco dejarla completamente suelta.

―Lo tendré en cuenta… ¿Tiene idea de a dónde ha ido Marigold?

―A veces aparece de polvo hasta las narices, claro indicador de que se oculta en el ático o en la bodega del sótano ―respondió.

―¡Uf! ¡A seguir buscando! ¡Cuando la encuentre me va a escuchar! ¡Voy a castigarla!

La señora Wight alisó su falda y agradeciendo con un gesto se dirigió a la puerta del aula.

―Cuando la encuentre no la grite: Tiene miedo de las personas que gritan demasiado ―dijo Hugh llevando nuevamente la mirada a las manitos de la niña, allí bajo la mesa.

La institutriz levantó los hombros, hizo un gesto lleno de presunción. Entonces, respondió:  ―No le digo como castigar a Lawrence y Zachary, no se meta en cómo debo disciplinar a Marigold.

 Hugh se encogió de hombros y volvió a sacudir la sábana en sus manos. Después se dirigió al gabinete y se agachó para escarbar en los cajones, estaba seguro que había guardado la cuerda que confiscó a Zachary el día anterior y la había guardado junto a las tizas. Escuchó que tocaban a la puerta tres veces.

―Señora Wight, ya le dije que Marigold no está aquí y es posible que esté en el ático…

―Ordené que cerraran la puerta del ático y la señora Hart me aseguró que dejó la llave en un sitio donde Marigold no la encontrará.

Hugh se enderezó de inmediato. Miró al conde, quien estaba saludando con un ademán.

―¿Así que no ha visto a mi sobrina? ―Él movió la cabeza echando un vistazo al salón, ignorando el gesto de Hugh―. Ha cambiado mucho, cuando era niño era más oscuro, al señor Marlowe no le gustaba abrir las cortinas, solía decir que el ambiente exterior nos distraería. ―Guardó silencio un momento y después sonrió a Hugh―. ¿Mis sobrinos?

―Con los caballos. Volverán al aula de clases después del almuerzo.

―Entiendo… ―El conde colocó el dedo en el globo terráqueo y lo hizo girar, tras una pausa de segundos que pareció una infinidad dijo―: ¿Tiene todo lo necesario para educar a los chicos? ¿Necesita más… tizas?

―Faerie Manor tiene un aula muy bien equipada ―Hugh se acercó a la mesita y con disimulo dejó caer la tela blanca y le dio una patada con el pie derecho para que Marigold la tomara. Tomó el atlas como si quisiera ponerlo en su sitio, pero lo dejó caer ―¡Oh! ¡Qué descuidado!

Se agachó y susurró a Marigold con suavidad un “Ponte eso”, acompañado con un gesto severo. La niña agarró la sábana y asintió. Hugh tomó el atlas y se incorporó. Palideció cuando el conde lo miró con el ceño fruncido.

Carrington agarró el mantel, dispuesto a levantarlo para descubrir a Marigold, pero Hugh siguiendo sus impulsos, colocó la mano sobre la del conde y la sujetó con firmeza. El conde levantó las dos cejas y Hugh agitó la cabeza. Solo entonces cayó en cuenta de lo impropio que fue aquel movimiento. Tragó saliva al sentir que su rostro ardía y apartó la mano con rapidez. Entonces se apresuró a decir:

―Dicen que la mejor manera de atrapar un hada es engañándola.

Carrington sonrió y señaló con el dedo índice la mesa. Hugh asintió y dirigió al conde una mirada traviesa.

―Depende del hada. Dicen que hay unas que son verdaderamente listas y nunca caen en las trampas. ¿Me presta su ábaco, señor Callum?... Tengo un problema con una multiplicación, verá, le he dicho a la señora Hart que treinta y cinco veces cuarenta es mil quinientos, pero ella insiste en que es mil cien. ―Carrington siguió jugando con el globo, haciéndolo girar sobre su eje. Dirigió una sonrisa socarrona a Hugh.

―Temo mi lord que debo contradecirlo, treinta y cinco veces cuarenta es mil seiscientos, no mil quinientos ―respondió Hugh siguiéndole la corriente.

―¿Está seguro, señor Callum? No creo haberme equivocado con una operación tan simple.

―¡Segurísimo, mi lord! Treinta y cinco veces cuarenta, es igual a mil trescientos.

―¡Es mil cuatrocientos! ―dijo Marigold saliendo de su escondite, con la sábana sobre la cabeza como si fuera un fantasma―. Treinta y cinco veces cuarenta es igual a mil cuatrocientos, tío conde.

―¡Ah! ―El conde levantó la sábana y vio que su sobrina estaba desnuda, volvió a cubrirla con rapidez y dirigió a Hugh una mirada de enojo―. Fue impropio de parte suya no decirle a la señora Wight…

Carrington levantó en sus brazos a la niña se la llevó mientras decía severamente: ―Ningún caballero debe quedarse a solas con una niña sin vestir, es indecoroso.

―¡Más indecente es el hecho de que esa niña corra vistiendo solo calzones por toda la mansión! ―Gritó Hugh.

El conde se detuvo en el pasillo y giró para mirarlo a la cara.

―Hablaremos de esto más tarde…

Hugh apretó los dientes, para él los comentarios del conde resultaron exagerados.

Después de la hora del té, Phillips le comunicó que el conde quería verlo en su sala privada.

Hugh bufó, pensando en el horrendo mal entendido. Sin decir una palabra se apresuró a ver al conde, pues solía pensar en el refrán: “Al mal paso, darle prisa”. Cuando cruzó el vestíbulo se encontró cara a cara con Richard Stanton.

―Es un placer volver a verlo, mi lord ―saludó Stanton con cortesía―. ¿Se encuentra bien su señor padre? ¿Su madre, la condesa, y sus hermanas continúan en Bath?

―Sí, todos están muy bien. Continúan en Bath a ellas les agrada pasar el verano allí.

―Hace tanto tiempo que no lo veía, mi lord. ¿Qué fue de lord Crandall? ¿Y del señor Lewis? ¿Sabía que el hermano mayor de lord de Grey falleció? Ahora, él es el nuevo marqués…

Hugh apenas si prestaba atención, tantos nombres de viejos conocidos con los que solía salir a divertirse, ahora sus rostros estaban algo borrosos, excepto por lord Alastair de Grey, quien le escribió una larga misiva tras la muerte de su hermano, realmente le afectó la pérdida de su idolatrado hermano, palabras llenas de dolor en las que le pedía regresar a su lado, pero Hugh no cedió. Cuando decidió dejarlo para siempre y romper todo nexo que los uniera, lo hizo para siempre. Él tomaba decisiones de esa manera, lo suyo con Alastair de Grey no iba a ninguna parte, no beneficiaba a ninguno de los dos, por eso puso punto final.

―Estuve en su boda. Fue en Brighton, no hace menos de tres meses. Se casó con la hermana de lord Whisthire, ¿lo recuerda?... Era el hombre a quien lord Crandall llamaba: lord enano, el que siempre ganaba jugando al whist.

―Lo recuerdo ―respondió Hugh de manera taciturna. Aunque sabía que Alastair eventualmente se casaría, nunca pensó que lo hiciera tan pronto.

―Supongo que viene a ver a Carrington. ¡Eso sí que sorprende! ¿Ya ha perdonado la condesa a esta familia? ―preguntó con notable interés en voz muy baja―. Ella no se cansaba de pregonar abiertamente que lord Carrington y todos los Lesseps podían ir pensando en irse a vivir al culo del mundo, donde no hicieran daño a nadie y… ¡Oh! ¡Lo siento! Fui brusco al hablar así de su señora madre. No quiero ser imprudente, pero… ¿Este conde consiguió que ella cambiara de opinión?

―Lo dudo ―respondió a secas.

―¡Señor Callum! ―lo llamó la señora Wight cuyo tono de voz delataba su enojo―. ¿Cómo se atreve a mentir? ―Al ver al caballero, ella se ruborizó y moderó el tono de su voz, sin embargo se acercó a Hugh para preguntar por qué no le dijo dónde estaba oculta Marigold.

―Ya se lo dije, la niña le tiene miedo y preferí mentir a sufrir su venganza. Todavía no estoy listo para compartir mi lecho con orugas ―dijo con el entrecejo fruncido.

―¡Usted es un cobarde, señor Callum! ―la mujer hizo una ligera reverencia y se marchó de mal humor.

―¿Señor Callum?... ¡Usted! ¿El señor Hugh Callum del que tanto me hablaron es usted? ―Stanton lo miró boquiabierto y parpadeó un par de veces. Sus sagaces ojos verdes brillaron cuando dijo―: Supongo que nadie sabe que usted es lord Collingwood.

―Es una larga historia.

―No diga más, no haré preguntas, tampoco diré una sola palabra, por nuestra vieja amistad, su secreto estará a salvo conmigo. Además, aunque pronto me casaré con Lady Christine de Littleton espero no tener mucho que ver con sus parientes los locos Lesseps, he venido a este lugar solo por corresponder a la cortesía de mi futura suegra, no porque Carrignton me caiga bien, es demasiado… excéntrico.

―Sí, demasiado excéntrico. ―Hugh asintió y después observó la gran puerta del despacho del conde. Llamó dos veces, y escuchó la voz recia de Carrington. Se despidió de Stanton y entró.

Carrington estaba sentado al escritorio, revisando algunos documentos. Marigold estaba a su lado jugando con el ábaco. Cuando lo vio la niña sonrió y después murmuró: ―Mira mi vestido de ovejita.

Hugh no pudo evitar sonreír. Aunque decía que no sentía afecto por los niños Lesseps, no podía evitar sentir un asomo de ternura cada vez que Marigold conversaba con él y hacia alguna travesura, mientras no lo involucrara.

―¿Podrías salir, bella florecita? ―dijo el conde a su sobrina.

Marigold asintió y se marchó abrazando el ábaco.

Hugh volvió a sonreír. El vestido le quedaba algo grande para su estatura y colgaba por doquier, cuando la niña corría se bamboleaba, haciendo que la falda se viera abultada gracias al encaje, como una oveja a la que le ha crecido mucha lana. Hugh soltó una carcajada y después apretó los labios al ver la mirada severa del conde.

―Si la escena de hoy vuelve a repetirse, me veré obligado a pedirle que se marche de Faerie Manor ―dijo con dureza el conde―. Es el maestro de los varones, pero en lo que respecta a Marigold, manténgase lejos. Es todo.

Hugh apretó el puño y no dudó en decir lo que pensaba:

―¡No es mi culpa que su sobrina esté loca como una cabra! ¡No es mi culpa que la niña quiere jugar a Lady Godiva!... ¡En vez de retarme debería enseñarle a no clavarle los dientes a las doncellas cuando van a vestirla! ¡Explíquele que debe dejar de gritar como endemoniada cada vez que la señora Wight la toca! ¡Sus pataletas hacen que cualquiera pierda la cabeza!

―¿Cómo se atreve?... Retírese antes de que pierda la cabeza y las cosas entre nosotros se salgan de control.

―Si tanto aprecia a su sobrina, en vez de pelear conmigo debería castigarla. ¿Sabe usted, mi lord, que la señora Wight se queja porque esa niña se niega a aprender a escribir?... No, nadie se lo ha dicho, es imposible que se entere porque nadie presta atención a esas cosas. La señora Wight intenta con toda su paciencia y buen talante enseñarle, pero Marigold no duda en clavar los dientes. Debería ver el brazo de esa maestra, lo tiene lleno de marcas. No creo que dure mucho en esta casa.

La expresión del conde cambió de la rabia a la vergüenza. Respiró profundamente y dijo:

―Parece que es muy amigo de la señora Wight, ¿tiene serias intenciones con ella?... No es que quiera inmiscuirme, pero como su patrón tengo que cuidar que su reputación no se arruine dentro de mi casa.

―No tengo ninguna intención de cortejarla, ni interés romántico por ella. Mi lord. ―Hugh sacudió la cabeza y de pronto volvió sonreír.

―No sonría de esa manera. Mi advertencia sobre el trato alcahueta que dispensa a mi sobrina sigue en pie.

―Tiene una rara manera de cambiar de tema, mi lord.

Carrington abrió los ojos y lo miró desafiante: ―Salga de mi despacho…

Hugh obedeció.

El resto de la tarde lo pasó de buen humor, dejó de preocuparse por Stanton y no tuvo cabeza para pensar en la noticia acerca de la boda de Alastair. Solo pensó en el conde de Carrington, en sus ojos azules chispeando con furia e imaginó si mirarían con igual intensidad cuando estaba loco de pasión. Estaba tan feliz que olvidó el motivo por el que había estado evitando encontrárselo toda la semana.

        

      ―Señor Callum, mi lord quiere que lo acompañe en el comedor esta noche.

     Hugh agradeció al mayordomo y abandonó la idea de cenar en su habitación para dirigirse a la mesa principal. La invitación se había repetido varias veces, desde que el señor Stanton mencionó que Hugh era un viejo conocido de sus épocas de escolar.
      
      Richard Stanton había hecho un despliegue de habilidad para mentir: todos estaban convencidos de su historia, verdades a medias, mentiras creíbles, tenía convencidos a todos de que Hugh había recibido la educación de un caballero, pero que la desgracia dejó a su familia en la ruina y por eso él, siendo tan joven había terminado aceptando el puesto de preceptor en diferentes casas de buena sociedad, en Escocia. Su historia había logrado conmover a la fría y prepotente Lady Marian de Littleton quien no dudo en proponer a Callum su protección para que se dirigiera a Harrow School, donde la dama tenía conexiones que darían al maestro una plaza permanente.
Hugh declinó la oferta amablemente diciendo que primero cumpliría el compromiso adquirido con el conde. Y Carrington estaba satisfecho.
       
       Desde el recital de piano en el que Hugh demostró su capacidad para destrozar a Bach, no volvió a ser invitado a tocar, pero cada noche al terminar las cenas, era invitado al salón de música donde la señorita Annelise o su prima Christine tocaban algo de hermosa música.
Sin embargo, esa noche, Annelise volvió a insistir en que Hugh tocara en el piano un reel escocés. Ante su amable petición, terminó aceptando.

Apenas tocó los primeros compases, Christine y su prometido decidieron danzar, segundos después se les unió el conde y la insoportable medio hermana de Stanton, la señorita Alissa. Hugh se esforzó por tocar bien los acordes, pero se distraía con facilidad viendo la manera en que la chica le sonreía con coquetería y los errores aunque notables eran rápidamente perdonados por las parejas que danzaban.

―¿Podría tocar otra canción tan alegre como esa? ―dijo Alissa batiendo las pestañas.

―Me inclino a decepcionarla señorita, mis habilidades en el piano son muy pobres y solo puedo tocar este reel ―respondió Hugh consciente de que la dama solo intentaba ser coqueta con él para salirse con la suya, seguir atrayendo a Carrington hacia sus redes. Para Hugh aquella belleza con carita en forma de corazón y hoyuelos en las mejillas al sonreír tenía claramente la palabra “zorra” escrita en la frente.

―¡Oh! ¡Es una pena! ―dijo Christine después de escuchar aquella respuesta.

―¡Ay! ¡Ya sé! ¡Toque de nuevo el mismo reel, mientras haya música el baile continuará, no importa si la melodía es la misma! ―Insistió Alissa acorralando a Hugh, sabiendo que no podía negarse al pedido de la dama.

‹‹¿Así que ese es el plan? Seguir bailando para poder coquetear descaradamente con el conde… Malvada zorrita, has salido lista››, pensó Hugh apretando la mandíbula, tenso porque no podía soportar la manera en que ella lo devoraba con los ojos. La forma en que se contoneaba para que su figura fuera notada. Hugh colocó las manos sobre las teclas.

―Temo que es mi deber poner fin a esta velada improvisada, no quiero ser grosera, pero si el señor Callum toca de nuevo ese horrible reel mi cabeza sin duda alguna explotará. No se ofenda señor, pero la música bien interpretada puede ser un deleite, mientras que una ejecución mediocre como la suya puede provocar vómito ―dijo Lady Marian con su voz autoritaria.

A Hugh no le importó que la mujer dijera esas palabras tan hirientes, la miró con veneración, acababa de convertirse en su santa salvadora.

―Madre, solo una vez más, por favor, una pequeña danza antes de terminar la velada ―suplicó Christine.

―¡Juventud carente de buen gusto! ¡Hagan lo que quieran, prefiero ir a la cama ahora mismo! ―dijo Lady Littleton agitando las manos. La dama que la acompañaba se levantó para acompañarla, antes de retirarse la aristocrática señora dirigió una mirada severa a la señorita Annelise y dijo―: Cuida que se comporten como corresponde al decoro, una o dos canciones más y que Christine vaya a la cama. Si no duerme bien le saldrán esas horribles bolsas bajo los párpados.

Annelise asintió y  las mujeres miraron a Hugh, quien no tuvo más remedio que suspirar cansadamente y comenzar a tocar otra vez para que las dos parejas danzaran.

Hugh se resignó a tocar aquella canción tantas veces como las damas insistieran, para la cuarta vez, ya la tocaba casi de memoria, pero en la quinta dejó de tocar abruptamente y cerró los ojos recostando la cabeza sobre el instrumento.

―¿Se siente bien, señor Callum? ―preguntó Carrington acercándose al piano.

―Es un odioso dolor de cabeza ―respondió sin cambiar la postura de su cuerpo―. Lamento haber arruinado su baile, mi lord.

―Debe ser el calor ―dijo Annelise abanicándose―. Será mejor terminar la velada ahora, para que el señor Callum descanse. Ven conmigo Christine, vamos a descansar.

―Buenas noches ―dijo Carrington a las mujeres.

―¿No va a la cama todavía, mi lord?... Usted también necesita un descanso ―preguntó Alissa sujetando el brazo de su hermano.

―Iré en un momento, después de cerciorarme que el señor Callumha se sienta mejor ―Dejó de ver a las damas y colocó la mano en el hombro de Hugh para ofrecerle ayuda.

Hugh no respondió inmediatamente, sintió el peso de la mano de Carrington y el calor que transmitía sobre la ropa, o posiblemente estaba imaginando eso último. Escuchó las buenas noches de las señoritas y la voz de Stanton preguntando si era necesario llamar a un médico.

―No. Solo es el calor, me recuperaré pronto, quizá solo necesito un poco de aire fresco ―Hugh usó su tono de voz de niño enfermo, el mismo que utilizaba cada vez que deseaba poner fin a la cantaleta de su madre y fingía que le dolía la cabeza.

―Lo acompaño ―Se ofreció el conde ayudándolo a ponerse en pie y guiándolo hacia la salida lateral, rumbo al jardín.

Olía a pino y tierra húmeda, también a rosas. Hugh no había sido consciente de los aromas nocturnos del jardín hasta esa noche, cuando caminó despacio, al lado del conde por un estrecho sendero entre las numerosas plantas ornamentales. No dijeron una palabra hasta adentrarse en el laberinto de setos, donde las luces de la mansión ya no eran perceptibles y todo había quedado en calma.

―¿Se siente mejor? ―preguntó el conde.

―Bastante… Esta calma ha resultado agradable ―Se detuvo levantando la cabeza, las estrellas engalanaban el cielo y aunque no había luna, Hugh lo contempló en silencio―. Es una noche muy bella.

―¿Le parece? ―El conde también levantó la mirada para contemplar el firmamento―. Pensé que era un hombre más práctico y menos romántico. ¿Acaso no dijo la otra noche que le parecía una ridiculez que un enamorado pasara tanto tiempo contemplando las estrellas?

―“Los días noches son, si no te veo, y cuando sueño en ti, días las noches” ―dijo Hugh sonriendo burlonamente.

―Shakespeare.

―No podía ser de otra manera. Tiene razón, carezco de sentido romántico para perderme en contemplaciones vanas y preguntas existenciales, pero no soy tan ciego como para no apreciar la obra del creador que nos engalana con su presencia esta noche.

―Entonces, hicimos bien en salir a dar este corto paseo para tomar aire fresco y despejar la mente. Seré honesto al decirle que me agrada más esta quietud que el sonido imperfecto de su música. Y, a continuación, seré odioso por confesarle que me alegra que le haya dolido la cabeza, juro que si hubiera vuelto a escuchar ese reel hubiera salido huyendo por una de las ventanas.

―De haber supuesto que así sería hubiera seguido tocando hasta verlo saltar por la ventana ―Hugh soltó una risita burlona tan solo de imaginarlo―.Y yo, que me sentía avergonzado por haber interrumpido la velada, ahora me siento profundamente ofendido con su confesión: Sé que toco mal, ya lo ha visto. Pero sus primas insistieron tanto.

―Christne es una malcriada, la próxima vez no dude en negarse a sus caprichos… Pero mi confesión no se debe a su pésima interpretación sino por el esfuerzo de bailar.

―Pensé que disfrutaba bailar. Lo hace bastante bien.

―Cuando se baila con la compañera adecuada, es agradable, pero en este caso…

―Pero si usted era todo sonrisas con la señorita Stanton, pensé que sentía algún tipo de interés y que pronto escucharíamos las campanas de boda ―habló con tono irónico.

―Soy el lunático Conde de Carrington, le hago sonrisitas a todo el mundo para que no me comparen con los ogros anteriores ―Sonrió.

―Entonces no me sonría, prefiero verlo como realmente es y no oculto tras la máscara de las sonrisitas fingidas.

―Por el bien de nuestra amistad, desde el primer día, nunca he fingido ninguna de las sonrisas que le dirijo a usted, mi queridísimo señor Callum.

Hugh hizo un gesto de incredulidad, giró para regresar a la mansión y con voz muy clara dijo: ―Es muy tarde y comienzo a sentir algo de frío. Buenas noches, lord Carrington.

Hugh se estremeció cuando sintió sobre sus hombros el peso de las manos de Carrington sujetándolo. Cerró los ojos cuando sintió la mejilla del conde rozándole la oreja izquierda y por un momento pensó que sus piernas se derretirían, escuchó un susurro grave: ―Por ahí no, señor Callum, aunque ese camino parece ir en dirección a la casa, si lo sigue terminará en el vivero… El camino correcto es el de la izquierda ―dijo girando el cuerpo de Hugh para encaminarlo y después le dio un suave empujón para dejar que caminara solo―. Que tenga buena noche, señor Callum.

Hugh se estremeció cuando el conde se apartó de él. Incapaz de continuar un minuto más cerca de él, echó a andar de forma rápida siguiendo el camino, quería desaparecer, encerrarse y pensar en lo que estaba haciendo.

‹‹No volveré a salir a vagabundear por los jardines cuando sea de noche nunca más››, pensó arrojando todo su cuerpo sobre la cama.



Lady Littleton cabeceó y un ronquido escapó de sus labios. Lawrence tenía un pastelillo en la mano y al ver a la mujer dormitando sonrió con picardía y extendió el brazo, dirigiendo la masa glaseada haca el vestido de la anciana.

Hugh abrió los ojos tanto como pudo y agarró el brazo del chico, pero eso no evitó que el pastelito volara por el aire y cayera contra el pecho de Lady Marian de Littleton, quien movió la cabeza y roncó con más fuerza que antes.

Hugh miró a los otros asistentes a la fiesta del té. Junto a él, la señorita Annelise conversaba con Zachary efusivamente, la señorita Christine no despegaba los ojos de su prometido, la feliz pareja no se preocupaba de nada de lo que ocurría a su alrededor. Al otro lado de la mesa, la señora Wight intentaba enseñar a Marigold la manera correcta de comer pastelillos sin mancharse la cara con migas, ni ensuciar el vestido con crema. El conde estaba concentrado limpiando con un pañuelo blanco su cucharita personal para el azúcar y la señorita Alyssa intentaba llamar su atención ofreciéndose a llenarle la taza de té.

Hugh hizo un gesto reprobador, y le dio a Lawrence un pequeño pellizco para recordarle que debía mantener la etiqueta, aprovechando que, al parecer, nadie se había dado cuenta de la travesura infantil, abrió el abanico de Lady Littleton y lo colocó sobre la mancha de crema para disimular.

―¡Quietas las manos! ―susurró al muchacho cuando comenzó a sobarse el brazo―. ¿Quieres ser considerado con el conde y comportarte? ¡Ah! ¡Cómo te atrape de nuevo, voy a castigarte como lo mereces: usaré la vara de sauce!

―Siempre dice lo mismo y nunca cumple ―respondió Lawrence haciendo un puchero.

―No me tientes, ganas no me han faltado de estrenar esa vara.

Hugh no recurría a los golpes para escarmentar a los chicos ya que consideraba que no era su problema si seguían comportándose como unos salvajes, sin embargo, tras conocer al conde y ver en el brillo de sus ojos que había depositado honestamente en sus manos la educación de los muchachos, comenzó a exigirles mucho más y de vez en cuando los amenazaba con usar la vara de sauce usada por los preceptores anteriores.

Aquella tarde estaba orgulloso del progreso de los chicos cuando fueron invitados a tomar el té. Zachary había hecho gala de unos modales muy apropiados para su posición y edad. En cuanto a Lawrence, hizo bien en revisarle todos los bolsillos para decomisar cualquier objeto que pudiera echar a perder la reunión. Todavía sentía escalofrío al recordar el frasco lleno de cucarachas y el calcetín apestoso que llevaba consigo el muchacho.

Lady Littleton volvió a roncar justo cuando uno de los lacayos se presentaba de manera cortés y entregaba un recado al señor Stanton.

―¿Son malas noticias, querido Richard? ―preguntó Christine arrugando la frente al ver la palidez en el rostro de su prometido.

―No te preocupes, Ángel mío, no es nada que no pueda solucionarse, excepto que, tendremos que posponer nuestra boda un poco más.

―¡Posponer la boda! ¡Oh, por Dios! ―Christine sacudió la cabeza y tomando un pañuelo comenzó a enjugar las lágrimas. Hugh pensó que era bastante ridícula la manera en que las mujeres tendían al dramatismo exagerado y puso los ojos en blanco cuando escuchó a la joven llamando a su madre.

―Mi buen amigo y socio, el coronel Markwell, me ha escrito para informarme que el barco proveniente de las Indias Orientales ha naufragado y no podrá acompañarnos el día más dichoso de nuestras vidas, además del capital invertido que acabamos de perder ―explicó Stanton con rostro lleno de pesar―. No solo he perdido importantes ganancias para asegurar mucha felicidad a mi querida Christine, sino que mi buen amigo no podrá ser el testigo de mi boda, justo como se lo prometí. Siento dejarlos antes de que el verano concluya, pero es mi deber dirigirme a York para hablar con mi padre y pedir la otra parte de mi herencia…

―Esa no es excusa para aplazar una boda que está planeada desde hace semanas ―dijo Lady Littleton con tono de indignación en la voz―. El dinero puede recuperarse después, el honor familiar no. Hemos acordado que la boda será en otoño, y así será. Tenemos invitaciones entregadas y amonestaciones realizadas. Las habladurías echaran a perder todo cuando comience a esparcirse la noticia de un aplazamiento, van a pensar que Christine ha cometido alguna imprudencia.

―Aunque no se trate de dinero, Lady Littleton, mi hermano tendrá que viajar a York donde vive la mayoría de sus amigos para buscar un nuevo testigo para la boda. Es tradición en nuestra familia que el acta legal siempre sea firmada por un buen amigo.

―¡Qué cosa más ridícula! Señor Stanton, ¿No insistió en que el señor Callum era un viejo amigo suyo? ¡Aquí está presente! ¡Qué él se presente a firmar como testigo y no se diga más! ―dijo la mujer de manera autoritaria, enojada porque la señorita Alyssa intentó llevarle la contraria. Tenía el rostro enrojecido y los ojos muy abiertos. Cuando se levantó del asiento el abanico cayó revelando la mancha en el vestido, pero ella, se paró con firmeza manteniendo el mentón en alto y con pose de reina avanzó por el salón del té―: Iré a contarle a Theodore lo que ha ocurrido, seguro que se le ocurrirá algo para que Stanton recupere sus ganancias…

Hugh entreabrió los labios, había visto a Theodore una sola vez desde que se instalaron en Faerie Manor, era un hombre pequeño, delgado y tullido. Siempre estaba de mal humor y evitaba las actividades sociales, la condesa había dicho que venir al campo favorecería su salud, pero el hombre no salía de la habitación para nada.

Hugh dirigió una mirada a Carrington quien simplemente levantó los hombros y continuó bebiendo el té como si lo ocurrido nada tuviera que ver con él. El conde lo sorprendió mirándolo y sonriendo susurró algo que pudo descifrar cuando leyó sus labios: ―Mejor usted que yo.

‹‹¿Se está burlando?››, Hugh lo miró con irritación y prefirió terminar el té mientras escuchaba a Christine agradecerle por estar ahí para ayudar a su futuro marido.

La sensación de que algo no estaba bien acompañó a Hugh el resto de aquel día y el siguiente. El que Stanton hubiera hablado directamente del naufragio, y la prisa por marcharse a York, además de mencionar el nombre de Markwell, que le era extrañamente familiar. Por más que pensara en ese asunto, no lograba recordar qué era lo que estaba mal en todo ese asunto.

Dejó a los niños ocupados con los deberes de aritmética y salió del aula de clase para echar un vistazo en los establos, pues Phillips le informó que su caballo no se sentía bien.

―Posiblemente comió alguna hierba en mal estado y le ha dado cólico ―informó el hombre rascándose la barba―. Es algo común en esta época del año, le he dado un purgante que lo pondrá a cagar en un santiamén, le sacará lo que quiera que se haya comido. Puede estar tranquilo, señor Callum, su caballo está en buenas manos.

Hugh acarició la crin del animal que se encontraba respirando con dificultad, susurró algunas palabras tiernas y sin poder hacer nada por él dejó al mozo de cuadra para que se hiciera cargo. No sin antes advertirle que si algo le pasaba al caballo lo haría pagar.

Cuando salió del establo la brisa del viento se llevó el pañuelo con el que se iba a limpiar el sudor de la frente. Hugh bufó siguiendo el trozo de tela hasta que logró atraparlo entre los brezos. Entonces escuchó la risita tonta de una mujer. Curioso, dio un paso para rodear la plantas y vio a la señora Wight besándose con Richard Stanton.

Y ellos lo vieron a él.

La institutriz alisó con rapidez la falda, acomodó la papalina en su cabeza y salió corriendo avergonzada hacia la casa. Hugh y Stanton se miraron por más de un minuto. Entonces Hugh recordó lo que estaba mal en la historia del naufragio de Markwell y levantando las cejas dijo:

―Nunca existió el barco que naufragó, ¿verdad?

―¡Es un tipo listo, mi lord! Me preguntaba cuánto tiempo tardaría en descubrirlo.

―¡Qué cínico es señor Stanton!

―No tanto como usted. No soy quien ha usurpado el nombre de otro para acercarse a Carrington. ¿Cuándo le dará la puñalada por la espalda?

―Ese no es su problema.

―Ahora lo es. Por cosas del destino, los dos estamos al tanto de ciertos asuntos del pasado.

―Dilapidó su herencia y está a punto de atrapar una heredera muy rica. Finge que ha perdido sus ganancias para ser acogido en la casa de su suegra y así poder continuar derrochando. Dudo que Lady Littleton que arruine de esa manera el buen nombre de su familia.

―Lady Littleton ya es una vieja que en cualquier momento estira la pata, y ese hijo inútil que tiene no durará mucho. Es un tullido que solo hace estorbo, además está viendo el árbol, mi lord, pero no el paisaje completo. Si arruino el nombre de los Littleton, Carrington no tendrá benefactores que le ayuden a alternar en un círculo social más amplio y se quedará en el completo ostracismo, lo que hará que la condesa de Arden, se sienta muy feliz. ¿No está de acuerdo conmigo? Podemos ser aliados… Y ahora hablemos de cosas más alegres: ¿Qué va a regalarme con ocasión de este maravilloso día?

―Nada.

―Parece que ha olvidado que sé quién es usted, vizconde… ¿Qué le parece dos mil libras para comenzar?


Hugh apretó los dientes e hizo un esfuerzo enorme para no romperle la cara al sinvergüenza.

8 comentarios:

  1. Hola Anne!!!
    No me había caído mal Stanton pero resultó ser una fichita y quién lo diría de la Señora Wight! muchas gracias por el capítulo :)

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  2. Holaaa Anne!!!!
    Meee re gustooo!!! quiero leerr maasss!!!! yy quedoo muy buenoo!!!!!
    gracias por compartir tu historia con nosotros!! beso!!!!!!!

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  3. definitivamente casi revisaba todo los das por esperar lo que continuaba ahora voy a estar peor me he quedado ohohohoh ya quiero el siguiente
    besos Anne esta cada vez mejor

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  4. Cada vez mas y mas interesante. Me encanta!

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  5. Cada vez mas y mas interesante. Me encanta!

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  6. Muchisimas gracias, estaba esperando la continuacion y no me ha defraudado. Sigue asi. un saludo

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  7. Muchas gracias por el capitulo me ha gustado pero me ha sabido a poco espero impaciente el siguiente besos

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