lunes, 12 de diciembre de 2016

Parte 1_ Una sonrisa para Navidad









Parte 1

                Tras el vidrio de la ventana Nicolás podía ver como las gotas de lluvia se estrellaban contra ella, el sonido era hipnótico  y la vista era digna de ser llamada mágica. La luz del sol solo unos minutos antes terminaba de extinguirse tras el horizonte, en esa hora donde todavía la noche no reinaba y el día es solo era recuerdo. En ese momento el mundo presentaba un estado suspendido, como aguantar la respiración sabiendo que es solo capricho, así se sentía Nico, las ganas de llorar formaba un nudo en su garganta que al menos le recordaba que estaba vivo.
            Un disco de acetato giraba mientras era acariciado por la aguja, la melodía era una canción que le era más que conocida. Casi esperaba sentir la calidez de unos brazos rodeándole, casi, ya que el pasado no acostumbraba regresar. Con las luces apagadas estaba de pie observando el mundo a través de la ventana, una copa de vino en la mano y un dolor acostumbrado estrujándole el corazón. A los veintidós años se era demasiado joven para cargar con tantos recuerdos, tantos pesares. Esa noche se sentía tan viejo que si se mirara en el espejo le sorprendería no encontrarse a un hombre de sesenta años en el reflejo. Quién diría que la vida pudiera ser tan cruel ensañándose con una sola persona.
            Cansado de hacer el tonto con reflexiones inútiles, se apartó de la ventana para dejar la copa sobre la encimera. Tenía que terminar de colocar las luces del árbol, esa navidad él no estaría allí para acomodar la estrella, cosa que ocurría desde hacía tres años, así que todo el trabajo tendría que ser hecho por Nico. Dando un paso atrás observo su obra, de seguro a él le hubiera gustado ver la hermosa decoración. La navidad siempre había sido una de sus fiestas favoritas, al crecer con tantas carencias los había hecho más sensibles a esas pequeñas cosas.
            Contento con la distribución de las luces en el árbol, termino de colocar un angelito que se negaba a quedarse en su lugar, los adornos eran preciosos. Alejándose dos pasos superviso que todo estuviera perfecto antes de ir por la estrella. En una caja sobre la mesita de la sala estaba la joya más preciada, una vieja estrella que habían comprado juntos en su primera navidad como pareja. Siempre unidos, esa era su consigna, lo fue en el albergue para niños sin hogar, lo fue al escapar de mil casas de acogida solo para encontrarse otra vez. No eran hermanos, pero en su infancia se querían como si lo fueran, al crecer las hormonas hicieron el trabajo y los niños se convirtieron en adolescentes traviesos que acabaron probando maneras nuevas de jugar.
            Al sostener la estrella entre sus manos no pudo evitar que un tropel de recuerdos le llegara en avalancha. Cuando el estigma de incorregibles ya pesaba sobre ellos, llego Marieta, una señora entrada en años que quiso hacerse cargo de ese par de mocosos insufribles. Jamás hicieron mención de nada referente al cariño mutuo que se profesaban, no hubo preguntas de parte de la mujer y ellos por su lado se prometieron pagar el gesto portándose como dos hermanos mientras vivieran bajo su techo. Él había sido su único amante, después de su muerte perdió todo interés en el sexo, lo intento una par de veces, pero al final no pudo evitar sentirse sucio.
            A Nico le hubiera gustado reírse de su situación de muerto en vida, sino fuera porque perdió esa capacidad desde hace tiempo, la habría usado ahora. A sus veintidós años estaba demasiado joven para estar en un estado de soledad tan profundo. Usando una pequeña escalera que tenía prevista en una esquina, subió hasta quedar en la copa del coqueto árbol. La estrella se veía algo sobre utilizada, el cristal que antes fuera trasparente, ahora tenía un cierto tono amarillejo que delataba su antigüedad. Podía haber cambiado muchas cosas en su vida, pero esa estrella era algo de lo que no se desharía fácilmente.
            La estrella estaba colocada en su sitio reinando sobre las bonitas banalidades que colgaba del follaje verde del ciprés recién cortado. En la pequeña sala de su cabaña dejo que las titilantes luces bañaran su cuerpo delgado, la verdad es que había perdido kilos que no debía perder, pero en ocasiones solo el pintar lo mantenía cuerdo. Era demasiado cruel que lograra alcanzar el éxito cuando ya él no estaba allí para compartirlo, por eso sus cuentas bancarias estaba subutilizadas, solo en navidad gastaba en cosas sin sentido aparente.
            Cansado por todo el ajetreo con la decoración, decidió que era el momento de irse a dormir con la esperanza de qué mañana sería otro día. El primer día del mes de diciembre y todo estaba justo en su lugar, las decoraciones sobre la chimenea, el árbol con sus luces, el adorno sobre la mesa, los cojines a tono con las fiestas, solo debía comprar unas cuentas cosillas y su refugio estaría listo.
Un mes antes todo esto le hubiera parecido imposible, pero es que desde que vio la fotografía de la cabaña en la inmobiliaria sintió un llamado, una fuerza que lo hizo querer comprarla y darle nueva vida. El lugar era perfecto, estaba cerca del poblado sin tener que ver a nadie si no lo deseaba, la vista al bosque era increíblemente hermosa, la misma construcción tenía un ambiente reconfortante que le hacía sentir algo de consuelo. Después de tres años todavía no se acostumbraba a la idea de que él no regresaría, así de simple. A veces tenía la sensación de estar en una espera eterna.
La mañana siguiente lo hizo despertar, estaba tirado en el sillón con la ropa puesta y abrazando una botella de vino vacía, el fuerte dolor de cabeza le hizo saber que era su penitencia por dejarse llevar por el momento de nostalgia. De pie a duras llego hasta el baño que estaba al fondo, vomitar hasta el alma era algo esperable si se tomaba en cuenta lo delicado que era su cuerpo con el tema del licor. Un baño, cepillada de dientes y un café, justo en ese orden era lo que necesitaba. Al atreverse a levantar el rostro vio justo encima del lavado su pobre reflejo en el espejo. Era una lástima sobre dos piernas, su incorregible cabello negro estaba revuelto, su rostro tenía el mismo color de un recién muerto, las ojeras le mataban el encanto a los enrojecidos ojos verdes, eso sin contar el dolor en el cuello por dormir de una manera antinatural.
Maldiciendo la hora en que se le ocurrió acompañar con vino tinto su momento de autocompasión, salió del baño, las luces del árbol estaba encendidas y el aroma a ciprés perfumaba el aire. Al acercarse a desconectar las bombillas, descubrió que sobre la alfombra estaba tirado el angelito que la noche anterior tuvo que acomodar como diez veces en el árbol.
—Realmente eres una mierda terca— le habló a la figurilla mientras la recogía del piso— Será mejor que te quedes donde te voy a dejar o en una de tantas voy a acabar pisándote sin querer— Colocándola nuevamente en una rama  no pudo más que esbozar algo parecido a una sonrisa.
—Si fueras un ángel de verdad— se sentó sobre la alfombra— ¿Qué te pediría? — Encogiéndose de hombros acepto que era algo loco estar allí hablándole a un ángel de porcelana. Extrañamente el objeto resbalo de la rama cayendo nuevamente sobre la alfombra— ¡Diablos! — chilló algo asustado poniéndose de pie.
Pasando la mano sobre su desordenado cabello, trató de acomodarse las ideas— Me estoy volviendo loco— dejo escapar una sonrisa nerviosa. Acercándose hasta al lugar donde el ángel estaba tirado, decidió dejarse de payasadas y recogerlo— Creo que de castigo por el susto que me has dado— hablo mientras  volvía a colgar la figurilla en el árbol— tendrás que concederme un deseo— como si lo pensará uno o dos segundos, continuo— tendrás que encontrar la manera de hacer que sonría como cuando él estaba vivo—Sus propias palabras hicieron que su corazón herido se apretujara en su pecho, sin importar que hubiera pasado tres años desde entonces, aquello era algo que no cambiaba— Te va a tocar difícil— se encogió de hombros.
Dejando de lado tanto drama, decidió que tomaría un desayuno ligero y bajaría al pueblo a buscar suministros, la idea de morir de hambre en medio de la nada no era su manera preferida de suicidio. Tocándose las muñecas sintió la fina herida que la navaja había dejado en ellas, la desesperación estuvo a punto de hacerlo faltar a una de las promesas que se hicieron mutuamente, jamás darse por vencidos. Marieta en ese día oscuro, salvó su vida por segunda vez haciéndole ver que ahora debía seguir viviendo por los dos.
Dejando la taza en el lavado, se dirigió a la puerta que daba al corredor que le servía de garaje, allí estaba su suv esperándole, realmente amaba su cuatro por cuatro gris perlado. Cerciorándose de llevar su llave electrónica se acercó al vehículo y lo abrió, más que ir a comprar, era el simple hecho de manejar lo que lo hacía sentir algo animado.
Fuera de su propiedad, el camino de graba era empinado y la lluvia no lo hacía más fácil. Con cuidado de no maltratar el carro, se concentró en esquivar los agujeros para no dañar la suspensión. En veinte minutos se encontró en la autopista, otros diez minutos sobre la vía y ya estaba en la desviación que llevaba al pueblito al que sus habitantes se aventuraban a llamar ciudad.  Al ver el reloj en el tablero vio que ya pasaban de las nueve de la mañana, así que las tiendas deberían estar abiertas para ese momento.
Lo primero que hizo al llegar al centro fue dirigirse a la gasolinera, una vez allí lleno del tanque para ir hasta el supermercado. Le sorprendió notar que hasta en Villa Robles la cercanía de las fiestas causaba cierto revuelo en las compras, el estacionamiento estaba tan lleno que el guarda de la casetilla estaba regulando el tránsito. Una vez estacionado se dirigió hasta el interior del local. Dentro había madres con sus niños, hombres revisando la sección donde estaban colocadas las herramientas que después de comprar nunca usaban, el ambiente estaba amenizado por música de villancicos clásicos. Sin poderlo evitar Nico se sintió animado, lo natural en su caso sería que estas fechas lo deprimieran, pero contrariamente algo en todo eso lo hacía sentir como si fuera a recibir una buena noticia en cualquier momento.
En el pasillo de las golosinas hecho al carrito varios paquetes de galletas, sin olvidar los chocolates, paso por donde estaban los cereales y tomo dos cajas de los que tienen frutas secas. Algo de leche y queso, carnes para nutrir la despensa, algo de verduras, frutas frescas, llegado al pasillo de los licores pensó en comprar un ponche para brindar con su soledad en la noche de navidad. Al pagar en la caja dio una última revisión a su compra, satisfecho con lo que llevaba empujo el carrito a la salida.
En el estacionamiento vehículos entraban y salían. Era apenas la primera semana de diciembre, todos parecían estar algo estresados como si desde ahora temieran haber olvidado algo que era de vida o muerte. Con cuidado de no chocar con nadie logro llegar hasta su suv que lo esperaba como una niña buena. Guardando la compra en la parte de atrás se dio cuenta que ya no tenía una excusa para estar en la civilización. Cerrando la puerta del maletero camino hasta la parte de enfrente de su vehículo, lo único que le quedaba por hacer era pasar a la farmacia por algunos analgésicos.
Al sentarse en el asiento del piloto noto como otra vez comenzaba a llover, el radiante sol de la mañana fue escondido por espesas nubes negras en lo que había entrado y salido del supermercado. Dispuesto a regresar a su cabaña lo más pronto posible condujo fuera del estacionamiento. La lluvia caía tan fuerte que el golpe en el techo del carro era difícil de ignorar. Cuando en Villa Robles hacía mal tiempo era algo perfeccionista en eso.  La suv tenía buen agarre en carretera, estaba diseñada para transitar en caminos difíciles, así que recorrer la pequeña ciudad bajo un aguacero no representaba mayor problema. Parqueando frente a la farmacia bajo corriendo para comprar algunos medicamentos, agregaría a la lista analgésicos contra el resfrió que de seguro tendría.
Después de un saludo a la joven que atendía con una sonrisa pegada a la cara, siempre que venía a ese lugar ella no dejaba de coquetearle. Al parecer era de las mujeres a las que les gustaba el tipo bohemio, bien podía ser gay, pero no era de los que pasaban horas en el espejo. Su aspecto era casual, pantalón holgado negro, camiseta blanca con una guitarra estampada al frente, chamarra de mezclilla del mismo color del pantalón, cabello peinado al estilo “después de que pasa el huracán”, nada como para llamar la atención.
Al subir de nuevo a la suv se sintió aliviado, no era como que ocultara su sexualidad, al contrario, le daba igual. Se consideraba a sí mismo como una persona reservada. ¿A quién le importaba si le iba a eso de “métela o tela meto”?. Todo ese asunto era muy suyo y de nadie más, peor si se tomaba en cuenta que no quería entablar una relación con nadie. Si la vida quería que  estuviera solo, que así fuera, el pintar le daba consuelo, era una vía de escape, no un medio para ganarse la vida.
La lluvia no parecía querer amainar, con la escobillas al máximo y apenas si podía ver lo que tenía en frente. Tomando la calle que le llevaría a salir del pueblo, condujo a cuarenta kilómetros por hora, no era hora de jugar a las carreritas con la calle tan mojada. Estaba en esos pensamientos cuando sintió un fuerte golpe del lado derecho del vehículo, las luces se apagaron de pronto, ni siquiera pudo darse cuenta de sí estaba herido o no.
Alejandro estaba terminando de firmar la multa para la mujer que se negaba a usar el cinturón de seguridad, esta era la segunda ocasión en que la atrapaba conduciendo sin tomar en cuenta su seguridad. Lo que minutos antes había sido una hermosa mañana de diciembre, ahora parecía el diluvio bíblico.
—Termina eso y vámonos — fue lo último que escucho Alejandro de su compañero antes de verlo correr como una mujer con el cabello recién planchado a buscar refugio a la patrulla.
Arrancando la boleta se la entregó a la señora, le sorprendió notar que la mujer ya no parecía molesta, es más, hasta se notaba más que complacida. Al bajar la mirada a su dorso, noto por qué era, la fuerte lluvia había transparentado su camisa blanca del uniforme dejando ver sus bien trabajados músculos. —Si la vuelvo a descubrir sin cinturón me voy a asegurar que le quiten la licencia de conducir— a veces le molestaba ser poco menos que un pedazo de carne para las mujeres.
Habiendo terminado con la señora pervertida, como la llamaría secretamente desde entonces, entro a la patrulla del lado del conductor— ¿Cómoda la señorita? —  se mofó de su compañero que se secaba el cabello con una toalla.
—Vete a la mierda— refunfuño el otro mientras se aseguraba de no guardar más agua en el pelo— A ti no te ha dado gripe ni una sola vez en todo el año, a mí ya van dos veces.
—Eso te pasa por no hacerle caso a tu mamá— se burló mientras observaba a través  de las ventanas el movimiento de los vehículos— yo como todas las verduras que ella me sirve.
Alberto estaba a punto de patearle el culo a Alejandro cuando se escuchó un fuerte impacto, un automóvil había derrapado golpeando a una suv sacándola de la carretera y haciéndola chocar contra un poste telefónico. Aunque ninguno de los vehículos volcó, si se notaba que debía de haber heridos por lo aparatoso del accidente.
—¡Demonios! — exclamó Alejandro saliendo de la patrulla— Llama a emergencias— ordenó a su compañero— Esto se ve serio.
Alberto se quedó dentro de la patrulla llamando a una ambulancia y dando el reporte al hospital, conocía el automóvil que había chocado con la suv, acostumbraba haber niños como pasajeros y eso siempre hacía que las cosas fueran mucho peor.
Alejandro llego primero hasta el automóvil que había causado el accidente por ser el que estaba más cerca de su posición, el conductor era un hombre de unos cuarenta años.
—¿Se encuentra bien? — Le pregunto mientras intentaba abrir la puerta del pasajero para llegar hasta el hombre.
—Me duelen las costillas— se quejó el conductor llevando sus manos al pecho.
—Tuvo suerte de llevar el cinturón— Alejandro no pudo evitar recordar a la señora pervertida, si hubiera sido ella, de seguro estaría muerta al chocar contra el parabrisas.
—Siempre lo hago, oficial— el hombre parecía estar conmocionado.
—Yo me haré cargo de este— hablo Alberto al llegar junto con su compañero— revisa al otro conductor.
Alejandro se dirigió hasta la suv, sabía que Alberto detestaba ver sangre y esas cosas, así que le dejó a él revisar al otro conductor. 
—Hola— trato de llamar la atención del muchacho mientras abría la puerta izquierda de la parte de atrás del suv— ¿Estas bien?
El herido abrió los ojos lentamente, Alejandro estaba seguro de no haber visto un verde tan intenso en toda su vida, de seguro eran lentillas— Soy el oficial de tránsito Alejandro Baldelomar— se identificó así mismo— estoy aquí para ayudarlo.
—Duele— se quejó el chico antes de caer en la inconciencia nuevamente.
Alejandro estaba dentro del vehículo, así que para facilitar el trabajo con los de emergencias acostó el asiento del copiloto para que los paramédicos tuvieran más espacio.  Apenas terminaba la faena cuando escucho las sirenas de dos ambulancias llegar al lugar— Estarás bien, muchacho.
Nico abrió los ojos lentamente, la luz en el techo blanco le molestaba, estaba acostado en un lugar cómodo. La noción de no estar en su cabaña le llego de golpe, para luego ser invadido por los recuerdos del accidente— Mi suv— gimió más que hablar— ¿Dónde está?
Una risa ronca hizo que Nicolás girara lentamente la cabeza para encontrarse lo que a sus ojos no podía ser verdad en una tan ciudad pequeña como esa. Había un oficial de tránsito de al menos metro ochenta, cabello castaño muy claro, los brazos cruzados sobre su pecho apenas si podían ser contenidos por las mangas de la camisa blanca del uniforme. Unos ojos color miel que le miraban vigilantes como si buscaran una respuesta en el pobre chico sobre la cama. Nico no recordaba tener un amigo que le apreciara lo suficiente como para pagarle a uno de esos bailarines exóticos como aliciente para que se recuperara pronto.
—Increíble— hablo el bailarín exótico disfrazado de oficial de tránsito— acabas de despertar y por lo primero que preguntas es por el auto.
Nico no puede evitar hacer una mueca muy parecida a una sonrisa— Hasta hablas como un oficial de tránsito— y como para hundirse más, agregó— el uniforme se ve real.
Alejandro arrugo el ceño, abriendo la boca quiso decirle al chico unas cuantas verdades, una lástima que se quedara dormido nuevamente dejándolo a él con la palabra en la boca. El sonido de la puerta al ser abierta llamó la atención del oficial.
—Sigue dormido— se acercó la doctora encargada del chico— revisando la tabla que estaba al pie de la cama, se explicó— este jovencito tiene suerte de tener todas sus partes enteras.
—El accidente fue aparatoso— se encogió de hombros Alejandro— ambos vehículos quedaron muy dañados.
—Me contaron los de la ambulancia—, respondió mientras escribía algo en los papeles que estaban prensados en la tablilla— que hasta un poste telefónico salió herido.
—Hace tiempo no teníamos un accidente de esa clase en pleno centro de la ciudad— se sentó en la silla que había junto a la pared— No sé si sea importante— creyó necesario decirle a la doctora—Despertó por algunos minutos, dijo algunas incoherencia y volvió a quedarse dormido.
—Es por los sedantes— se encogió de hombros restándole importancia a la situación— en algunas horas estará más consciente de lo que ocurre a su alrededor.
—¿Encontraron a alguien que se interese por el chico? — pregunto la doctora después de tomarle la presión al paciente.
—Nadie— hablo Alejandro— por lo visto tiene solo unas cuantas semanas de haberse mudado aquí.
—En sus documentos de salud no tiene a nadie a quién avisar en caso de emergencia— se quejó la doctora— Es increíble que alguien tan joven este tan solo.
—Me quedaré aquí hasta que despierte otra vez— estiró sus piernas, preparándose para estar allí durante un largo tiempo— ya terminé mi turno por hoy.
La doctora le dedico una mirada curiosa al oficial— Supongo que no hay inconveniente— le sonrió—Supongo que su madre y usted se parecen mucho.
—Hablando de ella— quiso saber que tan seguro se encontraba en esa habitación— ¿Todavía está por aquí?
—Se fue una hora antes de que usted llegara— explico—Estuvo casi todo el día en el Ala infantil.
Alejandro no pudo evitar sonreír, su madre era un caso excepcional, después de haber criado una tropa de hijos, ahora que todos estaban crecidos, dedicaba su tiempo como voluntaria en el hospital.
—Lo veré luego— se despidió la doctora al salir de la habitación. 

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Gracias a todos por darme sus opiniones acerca de si esta historia debía publicarse aquí o no…

Ya saben cuál es la política de la casa: “El cliente manda”

Compartan conmigo al menos


20 opiniones acerca de por qué les gusta el relato, así sabré si vale la pena el esfuerzo de continuar publicando.


Con el cariño de siempre:
Milagro Gabriel Evans




23 comentarios:

  1. Weno...weno...weno...dele no más mi Milagros..que ya me enganche.. Siempre encantas con tus inicios..bss

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  2. Hola Milagros, como siempre un gusto leerte de nuevo, y que puedo decir más que me ha enganchado la historia, quiero ver si Nico sigue pensando en lo del bailarín y quiero conocer a la mami de Alejandro sospecho que la señora ha de ser un torbellino en el buen sentido o no? jaja, besos enormes y mil gracias oor seguir compartiendo tus historias con nosotros.

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  3. hola milagros me encanta lo que escribes y ya me tiene enganchada sigue asi

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  4. Hola Milagro. Me encanta lo que llevas escrito. Siempre eres refrescante con la trama de tus relatos. No te enganchas con una sola idea.
    Besos.

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  5. Hola Milagro muy bonito el capitulo estoy deseando leer mas.Besosss

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  6. Me encanta por cómo logras transmitir los dentimientos de los personajes,que hace que quieras saber todo lo que les ocurra...por supuesto que quiero seguir la historia.

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  7. Hola Milagros!!! excelentee comienzoo!!
    ya me enganchaste jajajaja!!!
    quiero seguir leyendoo mas !!!!!
    Besos!!!
    Gracias!!

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  8. Por ahora, interesante ¡¡¡
    Sigue así.
    como siempre...
    Muxus

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  9. hola me gusta mucho espero el proximo capi y gracias

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  10. Que tal Milagro gracias por esta nueva historia

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  11. hola chica muy bueno este capi espero q la sigas

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  12. Oh Milagros, me ha encantado, espero la segunda parte, esperando el final feliz. Adoro las historias navideñas. Saludos.

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  13. hola chica me gusta la historia espero el nuevo capitulo

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  14. muchas felicidades por esta nueva historia se ve muy interesante

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  15. hola me gusto el capitulo

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  16. gracias por volver a dedicarnos esta historia

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  17. Me gustaría que continuaras con la historia aquí y al final poder bajarla, sino es mucha molestia, besos, bye.

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  18. muchas gracias excelente capitulo siguela

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  19. hola aqui pasando a saludarte despues de esta buena lectura

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  20. Waaaa!! Si lo publicastee! Que emocionnn!

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  21. me encanta!!!!!! me he leido todos tus libros espero a proxima publicacion con ansias!!

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  22. Hola darte las gracias por esta lectura se ve que va a estar emocionante la trama de esta novela.

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