miércoles, 7 de febrero de 2018

Capi 3




Capítulo 3

Una vez más el mocoso impertinente se marchaba, de no ser porque la luz del sol ya amenazaba por irrumpir entre las nubes, de seguro le habría dado cacería. Mi hijo me espera en la mansión, quedamos en vernos allí, había liberado a su último esclavo hacía algunas décadas, últimamente siento que necesita alguien fijo a quién dedicar su tiempo.
Subí al automóvil, no deseaba perder el tiempo; el amanecer pronto llegaría trayendo consigo el peligro de los rayos del sol. Aprovechando que mi enfurruñado pasajero se había quedado atrás, decidí probar si el motor de este auto era tan rápido como el vendedor insistió que era. No tardé más que unos minutos, mis reflejos superiores a los de un humano me llevaron a las puertas de la mansión a una velocidad de vértigo.
El refugio que conformaba esa construcción era del más puro estilo gótico. Y no, no la construí yo, hasta para un vampiro era demasiado lúgubre. Dejé mi coche en el garaje, al entrar me cercioré de que todas las ventanas estuvieran selladas.
 Era hora de ir a mi estudio, esperar a mi hijo solía llevar mucho de mi tiempo. Al entrar lo encontré sentado en el sillón de mi escritorio, los tobillos cruzados sobre la fina madera de caoba bien pulida.
—Más te vale que no le hayas hecho ninguna rayadura —le advertí. Realmente me gustaba ese viejo mueble.
La sonrisa de comemierda de Dante era legendaria.
—No te preocupes, padre… según escuché, en menos de un mes, todo esto será ceniza.
Me hubiera gustado tener algo que rebatir al respecto, pero la verdad es que a cómo iban las cosas no había otro posible resultado. Europa se destruiría a sí misma en esta gran guerra, como si con la primera no hubiera sido suficiente.
—¿Todo está listo para el traslado? —Le pregunté mientras caminaba hacia mi lugar detrás del escritorio.
Mi hijo podía ser algo cabeza dura, pero no era ningún idiota, al menos no uno del todo, así que al ver que me acercaba, en un ágil movimiento se puso de pie.
—He alquilado un barco completo —se encaminó hacia el pequeño bar que había en la esquina—, fue algo difícil por culpa de tanta escaramuza. Viajar en mar abierto tiene cierto peligro.
Sin decir nada esperé a ver como mi hijo se servía algo de whisky, yo suelo preferir el vino tinto. Somos familia, lo único que nos queda a ambos. Obligado por las circunstancias acabé convirtiendo a mi propia descendencia en un caminante de la noche. En ese tiempo librábamos una guerra que en su momento nos pareció digna de lucharse, ahora pasados los siglos, puedo decir que nada valió la pena si el precio era perder a casi todos mis hijos y a su madre.
—¿Otra vez está relamiéndote en viejas heridas, padre? —su voz me llegó fuerte y clara. Él cree comprender, pero era joven cuando lo convertí, para estas alturas estoy seguro que nunca sabrá lo que es amar tanto a alguien como la amé a ella.
—Metete en tus propios asuntos —traté de silenciarle, es difícil que te digan la verdad a la cara.
—Jolahus dice que viajará con nosotros —decidió cambiar de tema.
—Recuérdale que si desea llevar algo consigo debe llevarlo al puerto un día antes que embarquemos.
Ese vampiro alocado no me molestaba, era de esos para los que la vida era una fiesta eterna. Quién lo convirtió fue un vampiro que fue su amante. Es curioso como para los humanos todo lleva tanto trámite cuando no viven más que un siglo. Para los caminantes de la noche todo se reduce a un cuerpo más una cama, eso es todo lo que se necesita para pasar un buen rato.
—Se lo advertí —los dientes blancos de mi hijo se mostraron en una sonrisa— pero dijo que viajando conmigo no pretendía usar mucha ropa.
Llevando mi mano a mi frente trate de recordarme que a los vampiros no suele dolernos la cabeza.
—Ahórrate los detalles.
La carcajada relajada de mi hijo me dio envidia, me gustaría tener esa capacidad de cambiar de amante con la misma facilidad que cambiaba de zapatos.
—¿Bebiste algo antes de regresar? —todo rastro de sonrisa se borró de sus labios.
La imagen de mi capricho pelirrojo llegó a mi mente perfectamente bien dibujada, la tristeza en sus ojos grises lo hacía ver aún más hermoso.
—Mañana lo haré.
—Cuidado con eso, padre —con un vaso lleno del líquido dorado, caminó hasta quedar frente a mi escritorio—. En estos días muchos de los nuestros se están convirtiendo en “condenados”… al parecer la desesperación se contagia.
—Lo tomaré en cuenta —mi malhumor era característico cuando la sed cruzaba los límites de lo manejable—. Por ahora dormiré el día.
Sentándose en la silla frente mío, se cruzó sus piernas en un gesto relajado.
—Ya quiero marcharme de aquí… en estas tierras no hay nada para nosotros… a Jolahus se le ha metido entre ceja y ceja que tiene que cruzar el mar, esta tan desesperado por ello que hasta podría sentirme celoso.
No pude evitar reírme, la amistad de mi hijo con ese tal Jolahus me recuerda a los niños que jugaban en mi castillo, en un momento eran enemigos acérrimos y minutos después eran aliados probados.
—Tu madre descansará bien donde está —aunque es duro hablar de esas cosas, no deja de ser necesario—. En esas montañas ni los animales salvajes se atreven a subir tan alto.
—Lo que nosotros llamábamos hogar para ellos no es más que zonas agrestes —La tristeza en sus ojos me dio esperanza que él todavía era capaz de sentir algo por su madre—. Ella descansará bien allí. Las ruinas de nuestro viejo castillo la protegerán.
Poniéndome de pie me dirigí a la puerta.
—América es nuestro destino.
En mi habitación todo estaba embalado, listo para el traslado, solo mi cama se mantenía entera. Cansado de una manera que los mortales no podrían entender, la luz del sol que bañaba el mundo exterior, me consumía en una pequeña muerte. Extrañamente mi último pensamiento antes de dormir no fue dedicado a mi esposa, sino a un pelirrojo de ojos tristes que invadió la conciencia que minuto a minuto se apagaba.
Un fuerte ruido en la puerta me despertó, por lo general soy el primero en levantarme al caer la noche. Al sentarme en la cama descubrí que no me había desvestido antes de acostarme.
—¡Ya voy! —Grite molesto. Tenía que buscar pronto a algún donante de sangre, el dolor en mi garganta me lo recordó apenas desperté.
—Tenemos que salir —la voz de mi hijo carecía de su característico tono chulesco—. En cualquier momento tendremos visitas.
Eso hizo que saliera de la cama, poniéndome los zapatos me dirigí al baño, necesitaba refrescarme y cambiarme la ropa antes de ver quienes nos honraban con su visita.
Al salir de mi habitación me dirigí directamente a la escalera, apenas pisar el último escalón vi a mi hijo, la espada en la funda atada a su espalda, dos armas de fuego a sus costados. Orgulloso sonreí, mi hijo era un vampiro temido, mi digno descendiente.
—¿Quién viene? —pregunté apenas llegar a su lado. Dependía de la visita el arma que convocaría.
—Dos brujas —se encogió de hombros como si tal cosa no fuera digna de un segundo pensamiento.
—¿En esta ciudad? —En ese momento supe que tendríamos problemas. Esas criaturas no se muestran al menos que tengan una buena razón. Para los vampiros su sangre es invaluable, ya que potencian habilidades. Mi hijo y yo tenemos ciertas ventajas sobre los demás vampiros, ya que a una bruja con la que hicimos un pacto nos concedió el don de su sangre voluntariamente.
Con la certeza de que aquello era inevitable, abrí las pesadas puertas de la mansión. Para nosotros, este lujoso edificio no era más que un gran mausoleo donde nos refugiábamos del sol. Fuera, el cielo nocturno estaba plagado de estrellas, mi hijo me seguía resguardando mi espalda.
Frente a los intrincados hierros que conformaban la reja que nos separaba de la calle, estaban las figuras de dos mujeres vestidas como cualquier hija de vecino. Una parecía una señora entrada en los cincuenta, falda negra plisada de paletones, una blusa color crema y un abrigo de botones abierto al frente, era la viva imagen de ama de casa actual. La joven junto a ella, llevaba el cabello recogido, su rostro no denotaba más de veinte años. De seguro se trataba de maestra y discípula.
Con un movimiento de la mano de mi hijo, la pesada reja chilló al abrirse.
—Bienvenidas —hice una leve inclinación de cabeza en señal de mutuo respeto. Ella respondió con una sonrisa que dejó ver unos parejos y blancos dientes.
—El gran Gregorius Kaelo —luego refiriéndose a mi hijo, agregó— y el temido Dante Kaelo.
Mi hijo, además de mi heredero había sido mi general, así que sabía cómo comportarse en tales circunstancias. Él era de los que preferían la espada a la diplomacia, pero si era necesario podía mantener su prolija boca cerrada.
—Señora —sonrió dejando ver sus colmillos—. Señorita.
La más joven de las brujas se sonrojó al ver la zalamería de mi hijo, solo esperaba que no le diera por seducir brujas. La ira de una hechicera despechada era legendaria, nadie en su sano juicio querría tener a una de esas criaturas tras sus huesos con sed de venganza.
—¿No nos invita a pasar? —la mayor de las brujas nos miraba con expresión beatífica. No había vivido tantos años por ser estúpido, así que no me dejé engañar por las meras apariencias.
—Creo que lo más justo sería, mi querida señora —le respondí con la galantería propia de cuando era aún humano—, que usted nos compartiera los nombres de ambas.
La sonrisa de las mujeres se borró.
—Me parece justo —aceptó— Mi nombre es Darakne y ella mi pupila, Arayme.
Los verdaderos nombres eran algo sagrado que una bruja no acostumbraba compartir, ya que esto le daba cierto poder a quién lo conocía.
En respuesta me aparté del camino, el portón abierto fue clara muestra de mis intenciones.
—Darakne y Arayme, sean bienvenidas a nuestra humilde morada.
Con paso lento llegamos hasta la entrada de la mansión.
—Por razones notorias —conversé con la mayor de las brujas—, tengo un vino viejo que quizás le resulte reconfortante.
  —Esa es una de las ventajas de vivir tantos siglos —la conversación transcurría relajada— se te olvida algo en alguna esquina y luego se convierte en un objeto invaluable.
  La más joven de las brujas, Arayme caminaba detrás de la mujer, sus grandes ojos curiosos parecían querer abarcar todo en una sola mirada. En realidad no podía culparla, la vieja mansión era un museo en sí misma, era realmente una lástima tener que dejar tantas cosas hermosas para que fueran destruidas por algún bombardeo indiscriminado.
  —Pónganse cómodas —invité a las damas para que se sentaran en uno de los sillones que todavía no estaban acomodados para la mudanza—. Disculpen la falta de modales, pero realmente me sorprende la visita de ustedes.
  La mayor de las brujas se tomó su tiempo antes de responder, su semblante se tornó severo.
—Desde que se supo que ustedes dos abandonarían la ciudad, algunos indeseables se han propuesto venir hasta aquí. Habrá luchas territoriales, lo que traerá consigo a los cazadores humanos. Eso nunca deja nada bueno.
  Con el rabillo del ojo observé como la mandíbula de mi hijo se tensaba, en ese leve movimiento, imperceptible para alguien que no le conociera, supe que él le daba la razón a Darakne.
  —¿Qué propone? —pregunté a la dama. Una mujer con la inteligencia que denotaba sus ojos tranquilos, no era las que se presentaban a la casa de un vampiro solo para tomar el té.
  —Mis hermanas que viven en Alemania y otros países ocupados, están siendo perseguidas —enderezándome en la silla ella tuvo toda mi atención—. El joven Adolfo conoce más del submundo de lo que muchos de nosotros creíamos posible.
  —Solo nos falta que este alborotador se convierta en otro cazador —me crucé de brazos. Las cosas se estaban tornando algo complicadas.
  Mientras la mayor de las brujas hablaba, Arayme le dedicaba miraditas interesadas a mi hijo. Dante estaba demasiado concentrado en las palabras de la otra bruja como para tomarle atención a una párvula.
  —¿Desea algo de vino? —interrumpió mi hijo. Aún con todas esas armas encima, el muchacho podía ser todo un caballero
  —Si no es mucha molestia —la dama sonrió—. Creo que las malas noticias es mejor bajarlas con algo de buen vino.
  —¿Y usted, señorita? —le preguntó a la más joven.
  —Sírvale lo mismo —respondió Darakne sin darle tiempo a la chica de dar su opinión—, es bueno que adquiera el gusto.
  Pacientemente esperé que las copas del viejo vino estuvieran en las manos de las damas. Ambas mujeres bebieron despacio del preciado líquido.

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Espero les guste.

Con amor:
Milagro Gabriel Evans





4 comentarios:

  1. Disfruto cada capítulo, muchas gracias por compartir el libro en el blog, es un privilegio.

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  2. Muchas gracias por compartirlo!!! Me encantó

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  3. Interesante ya quiero leer más! Espero que estas brujas no traigan complicaciones y gracias por publicar

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