lunes, 5 de febrero de 2018

Capítulo 1





Capítulo 1


Es de noche, como la ha sido para mí desde hace siglos. Las estrellas brillan en lo alto del cielo y la brisa nocturna mueve la tela de mi gabardina negra. El sombrero acomodado de medio lado y un cigarro en la boca, me acompañan. Cosa necesaria en este año de 1940 si deseas pasar sin llamar demasiado la atención.
La molesta sensación en mi garganta me recuerda que pronto me será imposible negarme a la alimentación. El solo hecho de beber de un cuerpo tibio, en lugar de excitarme como le ocurre a otros vampiros, me asquea. Es increíble como a pesar de los años la sigo extrañando tanto que mis brazos duelen al ser conscientes de que nunca más la tendré conmigo.
—¡Señor! —una mujer enfundada en un vestido, de esas que usan las damas para bailar Charleston en los clubes nocturnos, me habla apenas doblé la esquina— ¿Necesita compañía…?
—No, señora —recalqué mis palabras con un leve movimiento de cabeza. Como esta mujer, hay muchas por esta ciudad, en los últimos dos años han aumentado tanto como los niños hambrientos. Si esta guerra dura un poco más el mundo entero se vendrá abajo.
Un automóvil negro, un elegante mercedes, se detuvo justo en la esquina que yo acababa de dejar. La mujer joven subió apenas después de intercambiar algunas palabras con el chofer, para luego perderse entre las calles de la ciudad complaciente de los pecados que se viven bajo sus faldas.
Mi caminar por la ciudad no tenía un rumbo fijo, simplemente quería estirar las piernas, fingir que era otro humano más hundido en la desesperanza que da el ver cómo Gran Bretaña sufre en carne propia los bombardeos de los enemigos. En una o dos semanas mi hijo y yo nos trasladaremos a América, el viejo mundo no soportará durante mucho tiempo y no me apetece acabar bajo la autoridad de Adolfo.
Unas cuantas calles más y logré llegar a uno de esos lugares donde las cosas definitivamente no son lo que parecen. Al acercarme, el portero me observa de arriba abajo, quizás extrañado de que un hombre con mi porte y mi ropa de calidad ande deambulando por su propio pie a esas horas de la noche. No lo puedo culpar, la ciudad se ha vuelto un lugar peligroso, si no te mata un bombardeo, lo hará algún hambriento desesperado por algo de dinero para alimentar a su familia, eso sin contar a los maleantes que, desde tiempos inmemoriales, han existido en este mundo.
Con un leve movimiento de cabeza, se retira y me deja libre la entrada. Una vez pasada la puerta, el pesado olor a tabaco satura el aire confundiendo mis finos sentidos. La música de un grupo en vivo hace bailar a la gente que habla y ríe como si todo fuera vino y rosas, como si la destrucción de ciudades enteras solo fuera un cuento para asustar a niños traviesos.
Un joven mesero llega hasta mí vestido con una camisa blanca y corbatín, me sonríe aunque el gesto no llega a sus ojos. Algo en él llama mi atención lo suficiente como para darle una segunda mirada. Es demasiado bien parecido para ser un hombre, tiene el cabello rojo recogido en una coleta corta, los ojos tristes y una manera de moverse pausada. Al darse la vuelta para guiarme a mi mesa, descubro que su esbelta espalda termina en un culo redondito y respingón.
—Yo seré su mesero —la voz suave me llega clara a pesar de la música bailable que llena el lugar—, espero que esta mesa sea de su gusto.
Una de las grandes cosas que tiene el dinero es que te asegura siempre un buen lugar, me imagino que hasta en el infierno eso ha de hacer alguna diferencia. Había venido en varias ocasiones a beber unas copas y a conseguir alguna dama dispuesta a compartir su tiempo conmigo.
—No te había visto aquí antes —no pude evitar comentarle a mi mesero.
El joven esperó que me pusiera cómodo en la silla, abriendo la cartilla del menú la puso frente a mí.
—Tengo apenas una semana de estar aquí.
—Es extraño que un muchacho joven como tú no esté defendiendo su país —comenté sin ningún espíritu patrio, era simple curiosidad. El país que llamé mío alguna vez, ni siquiera existe más que como leyenda.
—No tengo la salud necesaria para ser un soldado —su pálida piel se tiñó de un adorable sonrojo—. Tengo pulmones débiles.
La sed que resecaba mi garganta me exigió alimento.
—¿Cómo te llamas? —quise saber.
—Dimitry —esperé que me dijera su apellido, pero esto nunca sucedió—. Puedo recomendarle un buen vino —su voz adquirió un tono profesional, que tengo que admitir, no me agradó— Es de una cava que apenas logró salvarse del último bombardeo y su dueño nos la vendió al restaurant antes de marcharse.
Con cierta parsimonia le dije lo que deseaba, una copa de buen vino nunca está demás. Vi como el joven se alejaba en busca de lo que ordené, su culo oculto bajo las telas del pantalón se movía a un ritmo que me pareció provocador. Una desacostumbrada sonrisa se adueñó de mi cara, ese mocoso sin duda era uno de esos pajaritos que revoloteaban en la cama de hombres adinerados. Aunque esta generación lo niegue a muerte, muchos de los respetables ciudadanos masculinos disfrutan de las gracias de un buen culo apretado. Llaman a esos chicos dispuestos mariquitas o cosas peores, eso justo después de dejar su semen bien enterrado hasta el alma en ellos.
Dirigiendo una mirada aburrida, veo como hombres y mujeres se divierten en el centro de la pista de baile, un jazz dulzón invitaba a los cuerpos a moverse, yo encendí mi segundo cigarrillo desde que había llegado allí. No es que a mi cuerpo inmortal le haga falta la nicotina, pero al menos me entretiene en las largas horas sin nada interesante que hacer.
—Si desea algo más —la voz del mesero llamó mi atención.
—Deja la botella —le ordené. Los ojos del joven eran una mezcla curiosa entre gris y verde, todo dependía del ángulo en que le diera la luz.
—¿Supongo que sabe cuánto cuesta? —el chico no pudo contenerse en preguntar.
—Puedo permitírmelo —le sonreí sin planearlo. El gesto fue hecho sin mostrar mis dientes, ya que la sed estaba causando que mis colmillos salieran de mis encías en toda su gloria.
—Lo siento —trató de disculparse, su sonrojo era adorable, la piel de su rostro tomaba el mismo color que el de su cabello— yo no quise poner en duda el que usted…
—Tranquilo —aún a mí mismo me pareció extraño que me preocupara por el bienestar de este humano, por lo general evitaba tener contacto amistoso con criaturas perecederas— sé que en estos tiempos de crisis ya nadie tiene para derrochar.
El muchacho me mostró sus blancos y parejos dientes en una sonrisa apenada.
—Usted es muy amable —se encogió de hombros—, espero seguir viéndolo por aquí.
  Sin darme tiempo para decir nada, el joven pelirrojo de mirada triste navegó entre las mesas, su culo respingón me hizo pensar que tal vez había cosas de las que me estaba perdiendo. Una trompeta ronca rasgó el aire, me recordó el gemido de un amante al llegar al cielo acompañado de su pareja. Apuré la copa de vino, esto me hizo sentir más solo que nunca.
  Los vampiros somos seres extraños. No lo digo solo por la necesidad de beber sangre, la inmortalidad o el temor bien fundado a la luz del sol, sino por nuestras manías. La botella de vino se fue vaciando, copa tras copa, el líquido carmesí recorrió mi garganta aumentando mi sed. Una dama de cuerpo esbelto, piel color chocolate, ojos negros como la noche que me da resguardo, todo acompañado de una voz sensual, me trajo viejos recuerdos. Su canción hablaba de un amor triste, rasgado por la indiferencia y el miedo, de una partida a la guerra y de una mujer que eternamente esperaba. ¿Cómo pretenden levantar el ánimo de sus congéneres con letras así?
  —¿Desea cigarros, señor? —una cigarrera se me acercó con la bandeja con cajetillas.
El busto que parecía saltar del escote fue lo primero que noté de la joven, pero fue la imagen del dulce camarero la que me hizo suspirar realmente.
—Deme una caja del más caro que tenga y un encendedor.
Los ojos aburridos de la chica se abrieron embelesados al ver los billetes que puse como propina justo en el valle entre sus senos.
—Averigua dónde vive y a qué hora termina su turno ese camarero de allí —señalé con un movimiento disimulado el lugar donde el pelirrojo servía mesas—. Si lo haces antes de que me marche, te daré el doble.
—Como usted guste, señor —respondió de una manera bien ensayada.
Cuando menos, era lo suficientemente inteligente como para saber que algo era de su entera conveniencia. La mayoría de personas, aun los que trabajaban en cabaret de mala muerte, señalan con el dedo a quien se relaciona con su mismo sexo. En los burdeles eran putos mal pagados y maltratados por ser hombres y por ende aguantaban lo que viniera; olvidando que también eran seres humanos.
Apenas pasaron unos minutos cuando llegó mi camarero, una fina arruguita entre sus cejas me dejó saber que algo no le tenía para nada contento.
—¿Desea que le traiga algo para cenar? —sus palabras, aunque corteses, carecían de esa delicada deferencia que antes me dedicara.
Estuve tentado a decirle que él sería mi cena ideal, el mejor de los vinos debía ser aquello que recorría sus venas e hinchaba su corazón latido a latido.
—Algo de conversación estaría bien —señalé la silla vacía frente a mí.
Los ojos grises parecieron confundidos, durante una respiración o dos guardó silencio.
—No sirvo de esa manera —los labios carnosos formaron una línea terca.
Una carcajada como no podía recordar haber tenido antes, brotó de mi pecho hasta desbordarse en mi boca.
—De seguro tienes sangre irlandesa —comenté cuando logré calmarme— esa enciende como yesca.
—Si hubiera tenido padre —se enderezó tanto como su pequeña estatura se lo permitió— tal vez podría darle alguna razón, pero de seguro él era un tipo como usted, que piensa que todo tiene precio, hasta la dignidad de una persona.
De inmediato mi buen humor se esfumó.
—No quise ofenderte, mocoso —yo había nacido en una época donde los plebeyos conocían su lugar. Hay viejas costumbres que no pueden perderse fácilmente—, así que vete a atender a otros clientes y déjame solo con mi botella, que bastante cara me ha costado como para no tomarla con gusto.
El chiquillo se giró furioso, de no ser por mi vista vampírica quizás hubiera pasado por alto el brillo de lágrimas que vi en esos ojos gris verdoso. Caminando entre las mesas nuevamente, él me dejó solo, la única diferencia es que esta vez me sentía como un auténtico imbécil.
La joven cigarrera llegó cuando ya estaba pensando en marcharme cansado de que el diablillo de cabello rojo me ignorara, a mí, a Gregorius Kaelo.
Entregándome un papelillo doblado, me dedicó un guiño mientras masticaba chicle de una manera que pretendía ser sensual.
—Al jefe le gusta que si algún negocio se realiza en su cabaret, él tenga parte de las ganancias. —Entregándome una nueva caja de cigarros agregó—: Si no quiere meter al chico en problemas debe de ser discreto.
Como pago a sus servicios le entregué una buena propina, cosa que hizo sonreír al tipo gordo que nos vigilaba desde una de las mesas cerca del escenario. Al parecer la cigarrera tenía razón, esa sabandija tenía puesta la marca de la avaricia en su frente, de la misma manera que Caín tuvo la suya.
La chica se marchó contoneando las caderas, aceptando con aires de aburrimiento los pellizcos y nalgadas de los que se llaman a sí mismos caballeros. Tomando mi sombrero me lo acomodé sobre la cabeza, arropándome en mi gabardina me enfrenté a otra noche más en esa vieja ciudad. El papelito que la cigarrera me había entregado seguía firmemente custodiado en la palma de mi mano cerrada. No había caminado más de dos cuadras cuando bajo la luz de una farola, leí su contenido.
Harto de vagar pensé en marchar hacia mi mansión. En unas cuantas noches más, sería nuestra despedida, el nuevo mundo nos esperaba a mi hijo y a mí. Dejando de lado el paseo, noté como mi cuerpo me advertía de la pronta llegada del amanecer, era hora de beber algo antes de irme a dormir.
Según el papelito que me había entregado la mujer, el joven pelirrojo vivía en una mala zona de la ciudad, de seguro ya debía ir camino a su departamento. El solo pensar en probarlo hizo que mis colmillos emergieran y la sed volviera a patearme la boca del estómago, quizás… beber un poco de sangre ardiente ayudaría con mi mal genio de esa noche.

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¡Hola!
Diviertete leyendo...

Con cariño:
Milagro Gabriel Evans



















4 comentarios:

  1. Muchas gracias por el capitulo.Besos

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  2. Precioso!
    Dimitry destila sensualidad.

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  3. Me encantó! Gracias me gustó Dimitri pero veo que el Vampiro no es de mal corazón ya quiero conocer más de estos dos personajes y mil gracias por publicar

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