martes, 6 de febrero de 2018

Capítulo 2





Capítulo 2

Escondido en el baño de empleados, como el dueño de este cabaret llamaba a este agujero entre la cocina y el infierno, me miré en el espejo. El chico que me observaba en la imagen tenía los ojos grandes y una expresión de susto en el rostro que si no fuera se trataba de mí, me habría dado risa.
El golpe en la puerta me sacó de mis lamentaciones, al parecer se me necesitaba nuevamente en el salón. Un miedo nacido de la ansiedad se anudó en mi estómago, si salía de este escondrijo tendría que enfrentarme con su mirada oscura otra vez. Sabiendo que no tenía otra opción, lavé mi cara con el agua fría que salía del grifo, tomé aire y me preparé para lo inevitable. De todos modos no era como que pudiera dejar este empleo, por culpa de la maldita guerra no había mucho trabajo decente que te diera para comer tres veces al día.
—El pedido de la mesa nueve ya está listo —me gritó una de las mujeres que trabajaba en la cocina— apenas le sirvas, ven por la sopa de la diez.
Tomando aire comencé con la carrera contra reloj, esta noche el cabaret estaba lleno, la bella Lola cantaba hoy, era su debut y al parecer a muchos les gustaba lo suficiente como para dejar aquí sus ahorros. Con una bandeja en cada mano me fui primero a servir el pedido de un par de hombres que por su ropa y maneras parecían ser de la naciente mafia de la ciudad. Al servirles los platos guardaron silencio, no era tan tonto como para quedarme allí más de lo necesario.
Con cuidado de no chocar con las parejas que se dirigían a la pista de baile, logré servir los platos de la otra bandeja que llevaba. En todo momento sentí la mirada oscura del extraño hombre que solo bebía copa a copa el contenido de la puta botella de vino más cara que había en existencia.
Es increíble lo motivante que el miedo puede llegar a ser, la noche fue pasando y logré no dedicarle más de una o dos miradas al guapo caballero que desde la esquina no dejaba de seguirme con la mirada. Soy un hombre, no debería hacer que me sudaran las manos y tiemble mi pulso, tengo miedo de que todo esto sean ideas mías. En esta época donde todos están asustados, la desesperación hace que las personas hagan cosas estúpidas de las que luego se arrepienten.
Estaba terminando de servirle a una pareja de amantes, que ocultos desde su mesa donde la luz de las lámparas casi no llegaba, se creían a salvo de las inclemencias de la realidad, cuando me atreví a verlo nuevamente. El extraño hombre hablaba por segunda vez con Ana. La conocía desde poco menos de una semana, pero según escuché tenía una caja registradora bajo su falda. Sin poder evitarlo sentí celos, la idea llegó como una gran roca de cantera cayendo sobre mi cabeza. ¿Quién era yo para pensar que ese hombre era de mi propiedad?
Mis pies se movieron solos hasta llegar a donde estaba el hombre, el miedo se había ido al diablo y ahora estaba enojado más allá de lo que la lógica dictaría. Le pregunté si deseaba algo, al hacerlo sentí cómo sus ojos oscuros le daban un lento recorrido a mi cuerpo. La tentación fue grande, me empujó hacia ese desconocido que no dejaba de estudiarme como si fuera la cartilla del menú.
Si alguien me preguntara, no sé ni qué le dije cuando él me habló. Ese hombre me confundía. En mi mente no dejaba de martillar la idea de: soy un hombre. A un hombre no se le seca la garganta cuando otro se le insinúa.
Esta noche se me hará eterna.
Para colmo de males, Lola no deja de cantar esa melodía triste que te hace querer envolverte en los brazos de alguien para llorar.
Las parejas en la pista de baile se pegaban una a la otra de manera que ni el aire circulaba entre ellas; el humo del cigarro, la música dulzona, la tenue luz de las lámparas, todo se confabulaba para hacerme sentir más solo que nunca. Ni el recuerdo de mi madre que me esperaba en casa era suficiente para darme ánimos esa noche. Solo rezo para que las horas pasen volando.
Por el rabillo del ojo observé cómo el extraño hombre se disponía a marcharse. Un impulso me hizo querer ir hasta él y tomarlo del brazo y suplicarle que me llevara lejos de ahí, que me mostrara aunque sea por una noche, eso de lo que todos hablan como si fuera lo más increíble que te ha pasado en la vida. Estaba por dejar el trapo con que estaba limpiando la barra, sucia de tanta cerveza regada y babas de borrachos inconscientes, pero el miedo nuevamente me detuvo. Para hombres como yo hay un nombre, sé lo que soy, aunque nunca haya actuado en consecuencia con lo que deseo.
Le veo marcharse, como quien ve a su última oportunidad partir mar adentro en un viejo barco. Trato de convencerme de que todo son ideas mías, un hombre como ese debe de tener una esposa e hijos en casa, un perro moviendo la cola en la entrada y hasta una cerca blanca limitando su propiedad. Aunque he escuchado rumores de hombres que bajo los efectos del alcohol se meten mano uno a otro, no creo que este sea de esos. Se ha bebido una botella entera y camina con la espalda recta, los hombros derechos y el paso firme, es demasiado hombre como para jugar de este lado.
—¡Apúrate! —me grita el barman. No lo puedo culpar, todos estamos cansados y no falta mucho para el amanecer. Lo peor de todo es que no puedo dejar de pensar en esos ojos negros, en esas manos grandes que sostenían una copa rebosante de vino tinto. Me pregunto cómo se sentirá enredar los dedos en ese cabello negro, soltar la coleta baja con la que ata su cabello y hundir mi nariz en él.
Desde la cocina se escuchan algunas maldiciones dignas de un marinero de la naval, los clientes se han ido y todos terminamos a la carrera los últimos detalles antes de marcharnos. El sonido de la puerta de salida al cerrarse a mi espalda me hace respirar aliviado, metiendo las manos en los bolsillos de mi abrigo trato de apurar el paso por entre esas calles vacías. En unas dos horas la luz del amanecer llenara de vida a la ciudad, mi madre pronto despertará, solo espero que hoy su salud sea mejor que la de ayer.
Es todavía de madrugada, todo está en silencio, de no ser por uno o dos borrachos que andan dando tumbos buscan donde dormir, podría uno pensar fácilmente que ese es el último habitante en la tierra. Encogiéndome dentro del abrigo trato de mantenerme caliente, aunque no estamos en invierno. En la madrugada, la temperatura son bajas en esta ciudad. Mirando al cielo trato de calcular si va a llover o no… pescar un resfriado es lo último que necesito en estos días.
El sonido de un auto me hace apurar el paso, nadie decente transita a estas horas de la noche. Lo único que quiero es regresar a casa y ver como esta mi madre, estos últimos días la fiebre no le deja más que por breves lapsos de tiempo.
Como si el universo se burlara de mí, un auto se detiene justo al lado de la acera. Poniendo todo mi empeño en ignorarlo sigo mi camino, a menos de dos horas del amanecer ni las prostitutas se refugian en las esquinas. Conforme camino el automóvil se mueve al mismo paso que el mío. Trato de imaginar qué tipo de persona conduciría en estos tiempos un vehículo de lujo como ese; ninguna idea me tranquiliza.
—Sube y te llevo a tu casa —me habla un hombre desde el interior del coche.
Sin poder evitarlo me detengo de golpe, reconozco esa voz perfectamente.
—¿Es usted? —No se puede pedir que sea coherente cuando el hombre que ha invadido mis pensamientos esta noche está allí.
—Sube —el tono en que me habla no me deja lugar para negaciones.
Al ver que tardo en reaccionar el hombre abre la puerta y sale del automóvil. De pie, allí, en la soledad de la calle, me doy cuenta que es un hombre alto, mucho más alto que yo.
—Vivo algo lejos —balbuceo como un tonto—, a dos cuadras de aquí está mi parada de autobús.
En lugar de retirarse enfadado, lo que hace es dar un paso más cerca, invadiendo mi espacio vital.
—Si ofrezco llevarte —su voz tiene un tono bajo, tan profundo como los abismos del mar—, estoy dispuesto a dar un largo paseo.
Cuando las personas hablan de mariposas en el estómago, de sentir que falta el aire y el corazón se desboca, siempre había pensado que solo eran estúpidas exageraciones. En buena hora me vengo a dar cuenta de que se quedaron cortos con la descripción.
—Es solo que no quiero molestar —estoy seguro que estoy sonrojado, el ardor en mi rostro no puede ser otra cosa. Con el dorso de su mano grande toca mi mejilla, lo que hace que mis traidoras rodillas quieran doblarse al no sostener mi peso— ¿Qué pretende usted de mí? —logro preguntar dando un paso atrás. Estoy seguro que de seguir allí con él tan cerca mío, voy a acabar haciendo alguna estupidez.
—Todavía no lo sé —me habla sin delatar ninguna emoción, sus ojos negros son imposibles de leer.
—Es mejor que me vaya a casa —bajo el rostro para que él no vea el cúmulo de emociones que ahogan mi alma.
Su mano toma la mía, es un hombre acostumbrado a ser obedecido, eso resalta a la vista.
—Compláceme —me susurra al oído causando que un escalofrío recorra mi espina dorsal. ¿Cómo negarme? En silencio ruego a cualquier Dios que esté dispuesto a escuchar que me ayude a no caer de cabeza en el vacío. El olor de su colonia, una que no puedo identificar, el tono de su voz, la mano grande que sostiene la mía… no logro recordar una razón para negarme.
—Ni siquiera sé su nombre —mi voz tiembla.
El hombre acaricia el dorso de mi mano con el dedo índice con movimientos circulares que hacen que mi vientre se encoja.
—Gregorius Kaelo —me responde, como si su nombre fuera un conjuro me hace caer en su hechizo. Es un hombre extraño.
—Está bien —sonrío tratando de disimular mi miedo—. Tengo que regresar a casa antes del amanecer, mi madre es una mujer enferma y necesita cuidados.
El hombre más alto me observa, siento que él es un depredador y yo su desprevenida presa.
—Entonces es mejor que subas ya —me abre la puerta en clara invitación.
Yo subo, eso es lo que hago. El hombre da la vuelta y se sienta del lado del conductor, juro que jamás había estado sentado sobre asientos de cuero legítimo, de seguro es el legendario trabajo de los italianos.
—¿Dónde vives? —me pregunta mientras el motor ronronea respondiendo al encendido.
Respiro profundo, en ese momento me doy cuenta que había dejado de respirar. Le doy mi dirección, solo espero no me haga bajar después de saber que tendrá que cruzar la ciudad. Él no parece molestarse después de escuchar mi explicación.
—Trabajas lejos de tu casa —habla el hombre mientras sigue conduciendo por las calles desiertas—. En caso de bombardeo…
—Lo sé —me encojo de hombros—, todos dependemos de la suerte en estos días.
Él asiente, nadie es ajeno a las amenazas del alemán con ínfulas de Dios. En los últimos dos años las cosas se han deteriorado mucho: no hay trabajos, la comida escasea, cuesta un mundo conseguir tela para hacer ropa, el metal, todo va a parar a la milicia. Son pocos los privilegiados que se jactan de tener dinero para malgastar.
—¿Vives con tu madre? —pregunta el señor Kaelo dedicándome una mirada enigmática— ¿Qué edad tienes?
Me muerdo los labios, nervioso.
—Acabo de cumplir los dieciocho —no quiero parecer un niño perdido.
—Me dijiste que no tienes padre —continuó el extraño hombre como si decir aquello fuera pan diario en una época donde una mujer soltera con un hijo a cuestas es casi una blasfemia—. Eso quiere decir que tú la cuidas solo.
—Es mi deber —traté de no dejar ver que por primera vez en mucho tiempo siento que el sacrificio de mi madre al tenerme tal vez no fue un error tan grande.
—Es mucha responsabilidad —en la frente del señor Kaelo se dibuja una arruga entre sus cejas—, deberías estar estudiando y no trabajando en cabaret de dudosa reputación.
La risa que se me escapó no es de alegría. La vida es una broma y a veces no queda más remedio que reírse de ella.
—Yo soy como muchos en esta ciudad, al menos yo pude conseguir un trabajo que paga lo suficiente para no morir de hambre.
El hombre sentado junto a mí solo asintió en silencio. Al cabo de unos minutos, habló:
—Creo que ya estamos llegando —al ver hacia afuera me di cuenta que un coche es mucho más rápido que el autobús, ya estábamos a unas cuantas cuadras de mi departamento.
—Gracias —le dije cuando aparcaba en la cera frente al maltrecho edificio. Con suerte los aviones bombarderos pensarían que este ya había sido víctima de la metralla y le dejarían tranquilo.
El hombre bajó del coche cuando ya estaba yo con los pies en la calle.
—Ten una buena noche —dijo sacando algo de dinero de su billetera y me los puso en la mano.
En lugar de agradecer el gesto, sentí como si aquello fuera una ofensa, como si él me tratara como a Ana. Yo soy un maldito hombre, puede que no me sintiera atraído por las mujeres, que fuera otro hombre el que me hiciera trastabillar, pero de allí a ser el mantenido de un tipo con trajecito de niño rico, eso jamás.
—Le agradezco su gesto —traté de ser lo más educado que pude—, pero usted me confunde… no me puede entregar un dinero que no he ganado.
La mirada oscura del hombre me observó detenidamente sin apartar la vista de la mía, era como un soldado buscando el punto débil de su enemigo.
—Un hombre con su madre enferma no debe despreciar la ayuda que se le ofrece.
Sin saber que hacer o qué decir, me di la vuelta y le dejé allí solo en la acera. A estas horas de la madrugada ni los maleantes están despiertos.
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4 comentarios:

  1. Gracias por los capítulos estoy en suspenso pero esperare pacientemente para mañana seguir leyendo el otro capitulo.

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  2. Veo venir un relación llena de sexo y desacuerdos.
    Me gusta, también me gusta la época en la que está ambientada, lo hace aún más interesante y angustiante.

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  3. Me ecanto el capitulo,muchas gracias

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  4. Cada vez se pone más buena está historia, ya veo desacuerdos entre estos dos! Jajaja me muero por seguir leyendo así q nos vemos en el siguiente y mil gracias por publicar y por tu trabajo eres genial.

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