jueves, 8 de febrero de 2018

Capítulo 4





Capítulo 4

  —Es un excelente vino —dijo Darakne al terminar el contenido de su copa.
Una ventaja de ser inmortal es que tienes tiempo de sobra para perder, así que dejé que los minutos pasaran. Al terminar las mujeres se dedicaron una rápida mirada, como si una decisión hubiera sido tomada en la silenciosa conversación, ella comenzó a hablar nuevamente— Ellos no nos persiguen para matarnos— una sonrisa irónica se dibujó en su rostro— al parecer nos quieren para usarnos como una arma en la guerra.
La expresión en el rostro de mi hijo fue de franca sorpresa, las dos mujeres solo asintieron y yo… yo no sabía muy bien qué pensar. Poniéndome de pie ya no me molesté en ocultar mi preocupación, ahora era yo el que necesitaba algo para bajar la noticia. Era como si los más grandes temores de los ciudadanos de la noche se materializaran frente a mis ojos.
—¿Tienen certeza de nuestra existencia? —Decidí ir justo al punto.
—Ellos nos buscan —habló por primera vez la bruja más joven— pero todavía no tienen seguridad de nada… Ese hombre, Adolfo, se deja llevar por historias, por relatos antiguos, tiene unos deseos desesperados por creer. Él no solo quiere a Europa, él también persigue la inmortalidad.
La mayor de las brujas se puso de pie, llegando hasta el lugar donde yo me servía la copa de vino, me habló dejando saber lo impactada que estaba por todo ese asunto— Atrapó a dos brujas, las hermanas de esta jovencita. Ellas murieron sin dejarle saber qué eran… En algún momento nos va a descubrir. Hasta ahora lo que hace no es más que prueba y error.
—Pero cuando tenga certeza… —para estas alturas ya me sentía viejo, no creí que llegara la noche en que algo me sorprendiera. Por lo que escuchaba de labios de esa mujer, me había equivocado terriblemente.
—A lo que he venido —puso la copa vacía sobre la barra del pequeño bar que había entre nosotros— es a pedirte que nos preste esta casa. Es una edificación antigua, viejos hechizos la protegen, quiero traer aquí a mi aquelarre. La excusa será que vinimos aquí como voluntarios para ayudar en la confección de equipo para los soldados que luchan en el frente.
Dante seguía de pie, la joven hechicera mantenía la mirada dirigida al piso de mármol, de seguro le gustaba mi hijo.
—¿Qué ganaremos con todo esto? —Con las brujas era mejor dejar las cosas en claro.
—Enviaremos a una bruja a tu hogar en el Nuevo Mundo, ella asegurará la propiedad de manera que sea prácticamente inexpugnable.
Cruzándome de brazos le dediqué una mirada desconfiada.
—¿Por qué no marcharte con tu aquelarre a América? —La increpé— ¿por qué quedarse en este lado del mundo?
La mirada de la bruja se endureció.
—Tenemos nuestras razones… así que piénsalo bien… un pacto con nosotros te sería beneficioso. Eres Gregorius Kaelo, no eres conocido por ser un tonto.
—Mi hijo y yo analizaremos la propuesta, déjanos tu número de teléfono y te informaremos cuál fue nuestra decisión —le aclaré.
La dama enderezó su espalda, no había que engañarse por su constitución pequeña y delicada. Era una mujer poderosa, podía sentirlo. Aunque de las dos, la más joven era quién más me preocupaba, era como si su magia fuera inexistente. Solo los más poderosos son capaces de ocultarse a ese nivel, no creía que esa bruja perdiera el tiempo con alguien que no estuviera a su altura.
—Eres de las pocas personas en este mundo que son capaces de rechazar un pacto con las brujas —la dama no parecía contenta.
Me encogí de hombros, sé que no era un acto muy maduro de mi parte, pero no había más.
—No me estoy negando —le dije—, lo que ocurre es que me tomo muy en serio toda esta situación.
El humor de la bruja pareció aplacarse un poco.
—Será como dices… esperaremos una respuesta, solo pido que no llegue demasiado tarde.
La mayor fue hasta la más joven, que aún se encontraba sentada en el sillón— Creo que todo lo que tenía que hablarse, ya se habló— le dijo a la muchacha— Es hora de irnos.
La joven se puso de pie en silencio, al parecer era tímida o era de las escasas mujeres que había en el mundo que no le gustaba malgastar palabras.
—Acompáñalas a la salida —le ordené a Dante.
—Señora, señorita —les guió en busca de la puerta.
—Señor Dante —la más joven se volvió para encarar a mi hijo—, en América encontrará una parte de usted que está perdida. Sólo debe esperar, sin buscar lo encontrará.
Mi hijo estaba por abrir su gran bocota, lo conocía lo suficiente para saber lo que pensaba del don de la clarividencia, así que mejor lo interrumpí.
—Le agradecemos sus palabras… yo también espero que sus buenos augurios se cumplan.
—Es hora de irnos —le recordó la bruja mayor a Arayme. La chica solo asintió y siguió su camino como si nada.
Al salir ambas mujeres me di cuenta de lo tenso que estaba cuando un peso en mis hombros se alivianó. Muchos de mi especie temen a los hombres lobo, yo en cambio sé de lo que son capaces las brujas. Aunque Darakne no lo dijo, sé que su mayor temor estaba en que un traidor se aliara a ese tal Adolfo, magia negra y un megalómano no era buena combinación.
—¿Qué piensas de todo este asunto? —La voz de mi hijo me sacó de mis pensamientos. Mirando la noche a través del ventanal, me dio cierta melancolía lo que se perdería en un futuro.
Tomando aire me aparte del cristal para mirar a la cara a mi hijo.
—Todo lo que de alguna manera está vivo —le recordé— puede morir.
Él asintió con un leve movimiento de cabeza.
—Eso me lo has dicho muchas veces.
—Y no deja de ser verdad —buscando otra copa de vino me acerqué al pequeño bar—. Lo mejor que podemos hacer es aliarnos con las brujas, darles esta mansión y desearles suerte. Nuestros planes de marchar a América siguen en pie.
Los puños cubiertos por guantes negros se apretaron tan fuerte que pensé se haría daño.
—¿Me vas a decir que crees en esas patrañas de las brujas? Lo mejor que podemos hacer es ir a Alemania y mostrarle a ese ingenuo humano lo que ocurre cuando juegas con lo que no debes.
El sonido del líquido al caer en mi copa fue lo único que se escuchó por algunos segundos, mi hijo era algo terco, por decir poco.
—Sé lo que hago —le reté— gracias a eso seguimos vivos… yo he aprendido de mis errores, errores que me hicieron perder a mi familia. No estoy dispuesto a arriesgar lo único que me queda por algo que otros pueden solucionar.
—No me gusta esto, padre —dio un paso hasta donde me encontraba—. Somos guerreros…
Puse la copa ya vacía sobre la barra del bar, la sed lograba que mi garganta doliera.
—Tú, mi querido hijo, eres de los ingenuos que creen que las brujas son de tomar en broma —me reí al ver la cara de consternación de Dante—. Puedo jurarte que Adolfo firmó su sentencia en el momento que una bruja dejó de respirar por su causa. Por eso les dejaré esta mansión, tengo una idea de por qué están tan interesadas en quedarse dentro de estas paredes.
—A veces realmente no te entiendo, padre —Dante se sirvió otra copa de licor.
—¿Recuerdas a la joven que se suicidó en Alemania, la muy amiga de Adolfo? —sonreí como quién se sabe ganador antes de comenzar la lucha— Según se dice era amante de Adolfo… y si no me equivoco, era nieta de Darakne. Si ese hombre sabe algo de la existencia de los sobrenaturales, fue por causa de una mujer enamorada.
La copa que Dante dirigía a su boca, quedó en el camino.
—¡Mierda! —Fueron sus sabias palabras ante lo escuchado— Ahora te entiendo, es mejor dar espacio. Esto va a reventar y a ponerse feo…
Mi sonrisa fue un gesto cansado.
—Dejado claro este asunto, seguiremos con nuestros planes iníciales. No hay ninguna razón para cambiarlos.
Dante terminó de beber su vino.
—Está bien… por ahora iré a buscar a Jolahus. Tenemos unos asuntos que arreglar antes de tomar el barco.
Le vi marchar, este chico era mi constante preocupación. Lo había convertido demasiado joven, su infancia fue una lucha junto a mí. Estábamos en guerra, a la muerte de su madre y hermanos, decidí que mi hijo moriría en el campo de batalla y no degollado sobre su cama al dormir. Con esa consigna mi muchacho se hizo adulto, ahora era un hombre cínico, tozudo, un guerrero que en tiempos de paz podría convertirse en un peligro para sí mismo y los demás.
La sed me recordó que debía buscar de quien beber, el vino era bueno mientras pasaba por la garganta, aunque después el ardor solo aumentaba. Recordando al bonito pelirrojo, decidí que era bueno idea ir a ver cómo iban las cosas, beber de su sangre me tentaba. Desechando esa idea decidí que si algo me llamaba con tanta fuerza, es que debía evitarlo con la misma insistencia. Por el momento iría a buscar un donante que no amenazara con traerme problemas que no deseaba.
Al salir de la mansión, la noche me abrazó con sus largos brazos teñidos de misterio y oscuridad. Mi hijo prefiere usar esa máquina del demonio, como los humanos más sensatos llaman a las motocicletas, yo por mi parte prefiero una reconfortante caminata. Vestido de negro, mi cabello oscuro peinado en una coleta baja, un sombrero que oculta mis ojos y mi gabardina larga, todo esto me hace parecer una sombra más.
Lo que yo llamo caminata, los humanos apenas si pueden notar como una mancha borrosa que parece estar allí para luego desaparecer. Esta noche la sed guiaba mis pasos, soy una bestia de cacería, mi presa me espera en algún recoveco de la ciudad. Mi hijo caza guiado por la lujuria, yo lo hago por la necesidad, así que busco a alguien que se merezca una mala experiencia.
Unas cuantas calles y logré escuchar a una mujer pidiendo ayuda, por la zona de donde viene sé que se trata de alguna de esas damas que venden sus amores al mejor postor en las esquinas. Aligerando mi paso en segundos llegué hasta el lugar. Un tipo robusto trataba de asfixiar a una chica menuda, apenas si tendría los dieciocho años, estaba por morir.
—La niña ha dicho que no —mi voz era calma, casi aburrida. Esto lo había visto muchas veces, era triste ver cómo la gente se recicla, la misma cosa con diferente cara.
—Esto no es asunto tuyo —el tipo sonrió dirigiéndome una mirada prepotente— mejor vete a comprar vino caro y déjame a mí con mi diversión.
Algunos humanos son idiotas, así de simple. Acercándome deje que percibiera el peligro en el que se encontraba. El callejón estaba oscuro, el olor a basura y otros desechos acompañado por el sonido del llanto de la chica hacía parecer aquello como la antesala del infierno.
—Déjala ir —ordené.
El hombre la soltó, la joven cayó inconsciente sobre el pavimento. Sabía que estaba viva por qué su corazón aún latía.
—Eso te ha ganado una muerte rápida —sonreí mostrándole mis afilados colmillos.
—Voy a partirte el cuello —el tipo era el típico borracho con más músculos que cerebro.
La verdad es que no quería perder el tiempo, ese hombre estaba muerto y no hacía falta alargar el trámite.
—Nos vemos en el infierno —le dije a manera de despedida.
Su sangre calmó mi sed, justo cuando estaba en el límite, me retiré. El sonido del cuello al partirse fue música para mis oídos. Ese hombre no volvería a lastimar a nadie. Un vampiro siempre debía cuidarse de no beber ese último aliento, eso aumentaba la fortaleza, pero con el tiempo consumía como cualquier otra droga a los mortales. Es lo primero que se le advierte a un neófito recién convertido.
Saciada mi bestia interior, una segunda necesidad se adueñó de mí, una que tenía más que ver con la estupidez humana que con la beligerancia de mi raza. En fin, unos ojos tristes se adueñaron de mis pensamientos, mi cuerpo entero vibraba de necesidad, era un cazador en busca de su presa. La joven estaba tirada contra el sucio pavimento del callejón, un cadáver al lado suyo, usualmente soy muy cuidadoso, pero esta noche no estoy de humor para los detalles.
En la oscuridad de la noche me muevo, soy una exhalación. Mi caminar no es humano, me deslizo como los recuerdos en la conciencia de un moribundo. El cabaret está abierto, el mismo matón de cuerpo grande y mirada cansina me mira desde la puerta de entrada. Es curioso como en tiempos de guerra los más beneficiados son estos lugares de perdición, dónde durante algunas horas las personas viven la fantasía de qué todo está bien.
Con una leve inclinación de cabeza saludo al gorila, que abre la puerta para mí sin detenerse a darme una segunda mirada. El lugar se ve justo como lo recordaba, un cabaret con mesas desperdigadas alrededor de una pista de baile, al frente un escenario de donde una banda en vivo acompaña la voz de una bella dama, dando la excusa perfecta para bailar. Un camarero llega hasta mí. Lastimosamente no es mi pelirrojo de mirada triste.
Un prevé intercambio de palabras y me guía hasta una mesa en el fondo. Una lamparita como centro de mesa aunado a la poca luz que irradiaban las luces del techo le daba al lugar la intimidad necesaria. El humo del cigarrillo enturbia el aire, un jazz que nunca pasaba de moda hacía que las parejas se movieran a su ritmo.
Vacié la primera copa de whisky, el calor del alcohol bajó por mi garganta. Soy un ser inmortal, el tiempo para mí no es más que la sucesión de días de sueño profundo y noches de cacería. Encendiendo un cigarro inhalé el tabaco, exhalando bocanadas de humo fumé mi impaciencia.
La joven cigarrera llegó justo como la vez pasada, sus caderas redondeadas se mecían como los barcos en altamar, los pechos como dos duraznos maduros se asomaban por un escote simplemente indecente.
—Señor —su saludo iba acompañado de una sonrisa ambiciosa, de seguro no olvidaba como mis billetes se acomodaban bien en el valle entre sus senos.
—¿Dónde está el mesero de cabello rojo? —Le pregunté sabiendo que esa mujer entendía perfectamente tras qué andaba yo.
La sonrisa en su rostro se cayó como un trasto viejo contra el frío piso.
—No vino hoy —en su respuesta, el nerviosismo era latente.
—¿Cuándo regresará? —Insistí. La copa entre mis manos crujió al ceder a la presión que ejercían mis dedos.
—Le ruego que no me pregunte más —los ojos de la chica se desviaban de cuando en vez hasta una de las esquinas del salón.
Pude sentir como mis ojos se convirtieron en dos pozos oscuros.
—Puedo jurarte que si tu jefe puede lastimarte —le dejé en claro—, yo puedo hacerte un daño que va más allá de lo físico.
El cuerpo entero de la chica tembló.
—Solo sé que el jefe lo golpeó fuerte en la cara y lo envió a casa… le dijo que tenía que estar listo para mañana en la noche.
—¿Listo, para qué? —Mi voz calma solo presagiaba tempestades.
—Yo soy solo una cigarrera —trató de sonreír—. No puedo saberlo todo.
Extendiendo mis labios sonreí sin mostrar mis dientes.
—Sé que te gusta el dinero —le seduje como el demonio que era—. Bien es cierto que puedo lastimarte, pero también es verdad que puedo convertirte en una mujer rica si me conviene hacer negocios contigo.
La chica se inclinó, poniendo a escasos centímetros su busto turgente.
—¿Algo que valga la pena? —ronroneó junto a mi oído.
Sintiéndome observado, supe que el dueño del cabaret no apartaba los ojos de su cigarrera. Mi ropa cara, mis aires de señor con dinero para gastar, todo esto solo excitaba la codicia del hombre. Tal vez hubiera sido inteligente que pensara que yo era un policía metiendo sus narices a donde no le llaman… aunque si se analiza bien, en estos tiempos nadie está para meterse con otra cosa que no sea la gran guerra.
Dándole una nalgada a la chica, puse una jugosa propina con mi otra mano en su escote.
—Quiero saber todo referente al camarero pelirrojo.
—Como usted ordene —dijo mientras me dejaba una cajetilla de cigarros sobre la mesa.
Si alguien me preguntará por qué tanta necedad con el chico, no podría responderle. Mi corazón murió junto a mi esposa, mi lealtad está empeñada con mi hijo. Sé lo que soy: un vampiro sin alma que deambula en la noche. El temor de qué Dante se pierda así mismo y se convierta en un “maldito”, es lo único que hace que no me haya entregado al fuego del sol hace tanto tiempo.
Bebo unas cuantas copas, hoy no estoy de humor para vino, la bebida dorada es lo que me acompaña lo suficiente para marcharme de allí sin que nadie sospeche de mis verdaderas intenciones.

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Con cariño:
Milagro Gabriel Evans








2 comentarios:

  1. Ya estoy intrigada! Que encontrara Dante en América? y que le pasó Dimitri? Ya muero por seguir leyendo. Mil gracias por publicar y compartir besos

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